La visita de Donald Trump a China constituye uno de los acontecimientos geoestratégicos más relevantes del año, hasta ahora. Y, según sus resultados, podrá ser uno de los principales del siglo. ¿Por qué? Porque en su escena se destila cuál va a ser el destino secular de un imperio declinante, pero militarmente muy poderoso, Estados Unidos y el de un imperio emergente, China, tecno-comercialmente insuperado.
¿Qué pide Donald Trump a Xi Jinping? Le pide, sobre toda otra demanda, que rompa su alianza objetiva con Moscú pues el eje chino-ruso ha sido y es la causa de los principales dolores de cabeza del Washington del Deep State, del Estado profundo norteamericano. Eurasia, como bloque chino-ruso, es la superpotencia mundial territorialmente inexpugnable. Puede ser cercada desde el mar, con las 850 instalaciones militares estadounidenses con más de 100 efectivos, pero no puede ser expugnada por tierra. Empero, la erosión de la alianza de rusos y chinos podría, sin duda, prolongar la agonía geoestratégica estadounidense durante algunas décadas más, lapso de tiempo imprescindible para iniciar un proceso de posible resurrección de la superpotencia norteamericana.
¿Por qué necesitaría Estados Unidos resucitar? Porque desde el punto de vista geopolítico, se encuentra en encefalograma plano, en muerte cerebral, ya que, intramuros de la Unión, la ecuación política básica entre legalidad y legitimidad que determina la estabilidad de toda entidad política se ha roto. Y esa rotura ha obedecido al hecho de abandonar Estados Unidos, bajo la Presidencia de Donald Trump (1946), las prácticas políticas y geopolíticas siquiera formalmente democráticas que su liderazgo mundial le exigía; abandono éste extendido a su política exterior, al enrocarse en una pulsión de poder monopólico y despótico con sus vecinos o próximos, como Canadá, México y Venezuela, así como con sus aliados de Europa Occidental, tensión cristalizada en la crisis de la OTAN por el hartazgo de Donald Trump a seguir patroneándola.
Manga por hombro
Habida cuenta de que la política interna y exterior estadounidense se encuentra así manga por hombro, dado el secuestro a mano armada de Nicolás Maduro, presidente constitucional de Venezuela, por parte de fuerzas especiales estadounidenses, tanto como la apertura de la guerra de Israel contra Irán, a la que Trump se avino sin rechistar a participar activamente, China percibe que dos cruciales aliados energéticos con los que contaba, Irán y Venezuela, le han sido arrebatados por su huésped del rubio tupé. La altanería regional del socio hegemónico de Trump, Benjamín Nethanyahu que se enseñorea con el apoyo estadounidense en el Medio Oriente, en el flanco occidental de China con su levantisco Sinkiang musulmán, ha de resultarle altamente incómodo. Y todo ello, necesariamente, ha de disgustar mucho al afable Xi Jinping, que ha recibido a su visitante en Pekín rodeado de niños, con la consabida y untuosa adulación inicial de Donald Trump a su anfitrión. Pero la anfitrionía de Xi no implica olvidar la sabiduría oriental que sentencia “desconfía de quien te adula”.
¿Optará China por soltar amarrar con la Federación Rusa, con la que comparte una frontera siberiana de 4.250 kilómetros? Esta es la cuestión decisiva, porque, ¿qué ofrece Donald Trump a Xi Jinping a cambio? Posiblemente, le ofrece des-arancelizar su errática y punitiva política fiscal; levantar sanciones y transigir ante la expansión tecno-comercial china mediante sus distintas rutas territoriales y navales. La oferta es, desde luego, golosa, dada la impronta, hoy imperial, que el comercio le ha dado a China también a lo largo de su historia. De ser imperio, China sería un imperio comercial. Es el designio que se ha propuesto conquistar a largo plazo.
Pero, siempre hay un pero, la debilidad energética del país oriental es manifiesta: carece de petróleo y el gas ruso, muy barato y muy cercano, resulta ser un activo del que difícilmente Pekín puede, quiere y debe desprenderse. Además, sus oleoductos terrestres son mucho menos vulnerables que las importaciones de hidrocarburos por estrechos marítimos tan angostos como el de Malaca y el de Ormuz, éste medio controlado hoy por la US Navy. De esa energía rusa, al alcance de la mano de China, depende la viabilidad de la industria del gigante oriental y, por ende, la del bienestar de la sociedad china en su conjunto, base económica de la legitimidad del régimen comunista, que implica la saneada exportación y venta, a escala mundial, de sus productos industriales y tecnológicos; es ineludible incluir además las tierras raras –cuya distribución a escala planetaria China casi casi monopoliza- así como los principales componentes farmacológicos –incluidos los de las vacunas- de cuya tenencia China goza holgadamente.
Algunos analistas recuerdan estos días el momento de desesperación del bienintencionado, pero políticamente ingenuo, Mijail Gorbachov dados sus reiterados fracasos políticos, en el que el líder ruso, en mayo de 1989, viajó a Pekín para restañar las heridas que habían alejado a Moscú de Pekín, en un largo proceso de distanciamiento, proceso iniciado en los años 60 y aleccionado, por cierto, por Richard Helms, director de la CIA, del que resultaría principal beneficiario Richard Nixon, visitante de Pekín en loor de multitudes en febrero de 1972. Aquella rotura ruso-china implicaría una victoria geoestratégica norteamericana considerada extraordinaria, precisamente por haberse lucrado Estados Unidos del prolongado malquistamiento entre China y la URSS, que desbarató el temido eje euroasiático. Aquella distancia fue superada a partir de 2001 mediante la Organización de la Conferencia de Shangai, de hegemonía compartida ruso-china, que Trump ahora, por voluntad propia o por imposición de quienes mecen la cuna, ha intentado de nuevo quebrar.
Una casualidad
Pero, ¡qué casualidad!, recuerdan algunos analistas como el escribiente: casi simultáneamente al viaje de Mijail Gorbachov a Pekín en mayo de 1989 pidiendo árnica allí al líder chino Deng Xiaoping y apoyos decisivos para mantener el poder soviético, surgieron los acontecimientos de la plaza de Tiananmen, entre abril y junio de 1989; aquella oleada de manifestaciones, de una virulencia inusitada, distrajo obligadamente a Pekín de atender la petición rusa de ayuda, prólogo ineludible de la inmediata implosión de la Unión Soviética.
El curso político ulterior de China dio un importante bandazo. La política económica de Deng Xiaoping (1904-1997) desató las alarmas sobre una previsible declinación del gigante asiático hacia el capitalismo puro y duro. Entonces, el sentido común histórico vigente en China se impuso: el que le ha llevado a mantener un poder estatal centralizado y un esquema comercial libérrimo pero bajo la advocación estatal. Jian Zeming (1926-2022) y Hu Jintao (1942) más otros líderes chinos como el propio Xi Jinping (nacido en 1953), enmendaron la deriva de Deng y resituaron las cosas “en su sitio”.
Intento fallido
Los intentos de Donald Trump de desafectar a Vladimir Putin de su alianza con Xi Jinping, mediante adulaciones constantes y haciendo la vista gorda sobre la guerra de Ucrania, hasta el momento, no han dado resultado; y ello porque el Kremlin sabe que su proyección euroasiática es, junto con su arsenal nuclear, la principal garantía de su condición de gran potencia. Putin sortea la prohibición de vender su gas a Europa mediante su comercio con China y ambas potencias euroasiáticas salen ganando del mercadeo, crucial para Moscú y desde luego, para Pekín. Ante este fracaso, Trump o sus consejeros del Deep State le han impelido a ensayar ahora un intento de alejar a Xi de Vladimiro.
La baza fundamental de China en este nuevo gran juego es su estatalidad, su configuración como Estado unitario con sus 22 provincias y cinco regiones autónomas estrechamente unidas fiscal, económica y políticamente a Pekín. Con 1.400 millones de moradores previstos en 2050, la socialización de la vida política en China más que una imposición ideológica comunista es un proceso casi natural, dada la distribución demográfica de su población en las cuencas de sus grandes ríos Azul y Amarillo y su determinación de la estructura social y de la propiedad, que propenden al igualitarismo. Una baza de estatalidad semejante esgrime la Federación Rusa, bazas que otorgan a rusos y chinos una profundidad estratégica asimétricamente repicada por Estados Unidos. La estatalidad estadounidense en clave federal, combatida recurrente y ferozmente por el individualismo liberal más extremo, resulta ser cada vez más débil, más aún tras las patochadas del magnate Elon Musk al que su amiguito del alma, ayer disgustados hoy juntos en Pekín, Trump, le encargó “desmantelar” la Administración estatal-federal norteamericana, práctica políticamente suicida, que, curiosamente, con tantos seguidores locales cuenta por nuestros lares.
Demandas estadounidenses a China, no menores, son el apoyo a su reivindicación sobre los equilibrios en el Ártico, dado que Estados Unidos solo tiene 1500 kilómetros de costa hacia ese océano en Alaska, mientras que Rusia dispone allí de 6.500 kilómetros de litoral. Asimismo, Washington desea que China afloje su control comercial y gestor mundial sobre las tierras raras, componentes básicos de las nuevas tecnologías. De igual modo, le pide que modere la expansión de su cada vez más potente flota de guerra.
Pero, ante ambas demandas, China poco puede hacer: el deshielo bimensual del Ártico agilizará y ahorrará semanas decisivas sus imprescindibles exportaciones, Rusia allí le ofrece ventajas de tránsito y, con respecto a las tierras raras, las ha gestionado mucho mejor China que Estados Unidos: por meros problemas bursátiles, desatendió su principal mina de Mountain Pass y abandonó la cultura profesional sobre estos componentes, tan decisivos para la industria. No quedan ya especialistas norteamericanos en esta específica cultura minera. Y en cuanto a su flota de guerra, la reivindicación china de su mar territorial, el Mar de China, parece algo consustancial a las dimensiones de la principal potencia de Asia, circundada por aliados estadounidenses, desde Japón a Filipinas o algo más lejos, por Australia (ojo a Oceanía, vector militar tan importante como desconocido de la anglosfera meridional).
Ahora, ¿qué pide China a Estados Unidos? Que Washington deje de hostigar a aliados suyos como Irán y Venezuela. Que deje su papelón de policía naval el mar de China, por donde la VII Flota estadounidense navega a sus anchas, ejerciendo allí un control marítimo que no le corresponde. Que deje de alentar a Japón, Filipinas y Australia, aliados estratégicos de Washington, a abroncar a Pekín sobre Taiwan. Que le permita comerciar y a competir libremente a escala mundial. Y que le permita estudiar las propuestas sobre Rusia a las que, muy presumiblemente, no podrá acceder, a no ser que China se resigne a perder la condición de superpotencia para devenir en mera gran potencia a la sombra del gigante transatlántico en caída cuasi libre.
Tras los piropos vertido por el presidente estadounidense a su anfitrión chino se esconde, sin duda, la política de la cañonera, tan mimada por Washington desde que se encumbró como potencia mundial tras despojar a España de su imperio colonial a partir de 1898. Hasta el momento, Xi Jinping le ha ofrecido la mantequilla de unas relaciones de concordia y cooperación. Si el presidente estadounidense controla sus brotes disfóricos, esa brusca alternancia de la euforia con la irritabilidad que le caracteriza, regresará con algún resultado tangible de su aún hoy esperanzadora visita pequinesa. Si no…