Editar las erratas más sonadas del Periodismo nacional podría llegar a ser un considerable éxito editorial. Y ello no solo por el divertimento que procurarían muchas de ellas. Contribuirían también de manera eficaz a bajar los humos a aquellos escritores de periódicos o periodistas -que los hay-, que creen que el mundo les debe una explicación y que, por el hecho de publicar sus escritos, sus textos se convierten en verdades científicas. No. Los juicios de valor son una cosa y las verdades científicas son otra. Con todo, resulta divertido averiguar las trampas en las que el lenguaje, merced al descuido, la prisa o el azogue, puede enredarte y llevarte de cabeza hacia el error cuando escribes en distintos medios.
Es conocida aquella errata publicada por un diario nacional, el primero que incluyó rectificación como sección fija en sus páginas, en la cual, mientras presentaba la nueva sección, publicó algo así como “en este periódico no hay erritas y si las hay, se corrigen”.
Con el debido respeto a otros medios, cabe decir que alguna de las erratas más sonadas fue la que mostró una primera página en la edición madrileña del diario Ya. Era un medio escrito editado por la Acción Católica Nacional de Propagandistas, ACNDP) al frente de la cual figuraba un orondo caballero sentado siempre sobre una silla de ruedas, con tanto mando como para ser apodado “el secretario de Dios”. Por mor de aquella vinculación religiosa, el Ya, por los tiempos que corrían entonces, los años 60 del siglo XX, era obligadamente franquista, con más o menos deseos de serlo. El caso fue que un buen día, en su portada figuraba una fotografía muy amplia en la que se mostraba a doña Carmen Polo de Franco, esposa del dictador y a su hija Carmencita. Al pie de la foto surgía un anuncio publicitario de un matarratas, donde podía leerse el eslogan: “No lo dude, mátelas”. Las consecuencias de aquella errata cabe imaginarlas, dado el carácter represivo del régimen franquista.
Otrosí, en el mismo diario, un Domingo de Ramos, la portada del periódico publicaba un grabado de Jesús de Nazaret cabalgando sobre un borriquito rodeado de palmas a su entrada en Jerusalén. En otro infortunado anuncio publicitario en grandes caracteres y situado a los pies de la fotografía con el grabado de Cristo, podía leerse: “Con Iberia, ya habría llegado”. El presumible enojo del Obispado debió de ser épico.
Otra errata, de las más inconcebibles, fue aquella en la cual se correspondían dos páginas, imaginemos la 16 y la 48 del mismo diario Ya, páginas correlativas que se imprimen simultáneamente. La página 16 recogía la información Nacional. Y la 48, era la página de Sucesos. Hay que precisar que, entonces, vivía y regía el país el dictador Francisco Franco. Así pues, en la agitada hechura del periódico, surgió lo que los impresores denominan “un pastel”, que consiste en que frases de una información se mezclan –de manera supuestamente involuntaria- con las correspondientes a otro texto.
Se produjo el salto de unas líneas de plomo de la linotipia (la imprenta funcionaba con caracteres de esta aleación), desde una página a la otra correlativa y lo publicado quedó de esta guisa: en la página 16 “Audiencia militar de su Excelencia el Jefe del Estado. Su Excelencia el Jefe del Estado, Don Francisco Franco Bahamonde, recibió ayer en el palacio de El Pardo, en audiencia militar, a los siguientes Jefes y Oficiales: (los nombres y apellidos son ficticios): Capitán General de la Primera Región Militar, don Saturnino Pérez López; Teniente General don Arcediano Menéndez Gómez; general de División, don Enrique Diéguez González y otros dos más, borrachos, que entraron pegando tiros”. Por otra parte, en la página 48 de Sucesos, la información que salió publicada decía así: “La Guardia Civil de Algete ha detenido en una taberna local a los delincuentes El Patillas, El Tumengui, la perista Loli Veneno y el Coronel de Estado Mayor, don Severiano González Benítez; el teniente coronel Facundo Suárez Fernández y el Comandante de Ingenieros don Marcelino Juárez Blázquez”…
Los primeros ejemplares de la edición, ya en marcha, iban siempre a la Dirección General de Prensa. Y algunos de ellos, llegaban inmediatamente al palacio de El Pardo, sede de la Jefatura del Estado. En la Redacción se recibió el timbrazo de una inesperada llamada: -aquí el redactor de Cierre, ¿dígame? –“Soy el Conde de Casa Loja, Jefe de la Casa Civil de su Excelencia el Jefe del Estado”. –Buenas noches, señor conde, respondió asustado el redactor de cierre. ¿En qué puedo ayudarle? –“Lo que estamos viendo en las páginas 16 y 48 de su edición de hoy es tan grave, tan grave, que no pensamos que pueda existir dolo (intencionalidad). Supongo que ya sabe Usted lo que hay que hacer”. Aquella noche, 16.000 ejemplares que ya había sido imprimidos y estaban dispuestos en camiones rumbo a los kioscos, fueron enviados a la guillotina. Solo se conservó un ejemplar, que retuvo un confeccionador de nombre Pedro.
Es muy frecuente la dislexia entre algunos redactores, que cuando escriben la proyectan sobre el texto y suelen incurrir en erratas como esta, de un diario de Murcia: “El Joder pudicial contempla….”.
Mi padre, que fue periodista, dirigió décadas antes un diario donostiarra. En los denominados Ecos de Sociedad, se produjo otro pastel entre la información correspondiente a un natalicio, el nacimiento de un niño en el seno de una familia de gentes acomodadas, socialmente muy distinguidas y la lista de testigos de una boda. De tal forma que la información publicada quedaba así: “Doña María…, marquesa de…, ha dado a luz al primero de sus hijos, que llevará el nombre de su padre…”. Y a continuación se enunciaba la lista completa de hasta 20 nombres de varones, testigos de una boda de la que se informaba en un lugar contiguo de la misma página. Publicada la errata, el marqués se personó en el diario dispuesto a exigir una rectificación, provisto de un considerable pistolón. Mi padre, me contaba que se le dijo: “le rogamos disculpas, señor marqués. Vamos a corregirlo inmediatamente. Le propongo este texto rectificador: “contrariamente a lo escrito en nuestra edición de ayer, el hijo de la marquesa de… tiene un solo padre y no los 20 que por error se le atribuían…”. -¡¡¡Déjelo, déjelo!!! gritó el encolerizado padre.
Y ha de saberse que no solo hay erratas en medios escritos. Se recuerda la lectura de una información leída por una redactora, presumiblemente becaria, relativa a un hallazgo arqueológico en el entorno del Monasterio carolino de Yuste. Con voz entrecortada al conocer que estaba en el aire, es decir, emitiendo, dijo…: “el hallazgo corresponde a la etapa del reinado de Carlos Palote de España y Ustedes de Alemania…”
A veces, enmendar un error resulta más desastroso que lo que se pretende enmendar. Sepa el lector que las erratas, entre periodistas, son consideradas “la sal del Periodismo”; eso sí, siempre y cuando no causen daños irreparables en la fama y nombradía de las personas concernidas.