Es un aviso. Otro más. Donald Trump habla de Groenlandia como si fuera un activo inmobiliario: «comprarla», «asegurarla por razones estratégicas», «protegerla». Palabras propias del siglo XIX, no de la diplomacia actual. El problema, sin embargo, no es solo el lenguaje, sino el contexto: el tablero internacional se juega a golpe de fuerza y Europa sigue comportándose como si estuviera en un seminario de Bruselas.
Groenlandia no es un paisaje remoto cubierto de hielo y osos polares. Es geopolítica en estado puro: rutas marítimas en el Ártico, minerales, bases militares y control territorial. En una palabra, dinero. Cuando Trump habla de la isla no lo hace como socio ni como aliado, sino como dueño, dando por hecho que Europa es su patio trasero.
¿Hasta cuándo va a tolerar la Unión Europea Europa que otros países decidan por ella?
Durante décadas, el proyecto europeo se ha sostenido sobre dos dependencias frágiles y peligrosas: la energía rusa y la protección militar estadounidense. La primera quedó al descubierto cuando el gas se convirtió en un arma de presión política; bastó con que Moscú cerrara el grifo para evidenciar la falta de alternativas europeas. Con la segunda ocurre algo parecido. La OTAN ofrece seguridad, sí. Pero también limita. Sin el paraguas militar de Estados Unidos, Europa no tiene plena autonomía para proteger su espacio aéreo. Y cuando Washington señala a un país como adversario, Bruselas suele alinearse, le convenga o no.
El resultado es un continente de 450 millones de personas, primera potencia comercial del mundo, comportándose como un adolescente que pide permiso para todo. Así es imposible ejercer influencia.
Estados Unidos actúa siempre en función de sus intereses. Con Biden, de forma más educada; y ahora con el republicano, a lo bruto y sin disimulo. Ya lo dejó claro en su primer mandato, aunque muchos prefirieron no tomárselo en serio: Europa no es un socio prioritario, es un mercado y, a menudo, un cliente. Trump ha vuelto y el mensaje es el mismo, solo que con el volumen más alto. Primero América, y después, si queda espacio, también. Ante este escenario, Europa necesita abordar dos emancipaciones urgentes:
Frente al ‘America First’, ‘Europe as a pillar‘. Ya no bastan los comunicados tibios ni las declaraciones de “profunda preocupación” que no intimidan a nadie. Si Europa se sigue dejando tratar como si fuera la casa de Florida de Trump, debe responder como bloque, con herramientas de presión acordes a su peso histórico:
Ese es el lenguaje que entiende Donald Trump: cuando le plantas cara, te escucha; cuando le sonríes, te pisa. El problema no es un presidente que grita, presiona y amenaza. El problema es que puede hacerlo. Porque sabe que, pase lo que pase, Europa protestará en voz baja, pondrá cara de disgusto… y al día siguiente todo seguirá igual: fotos, apretones de manos y sonrisas en las cumbres internacionales.
La Unión Europea no puede estar dirigida por políticos que confunden diplomacia con sumisión. En este escenario, no actuar es más peligroso que equivocarse.
Europa tiene dos caminos: espabilar y empezar a comportarse como la potencia adulta que debería ser —política, energética y militarmente—, con líderes capaces de ejercer y exigir respeto; o resignarse a que otros decidan por ella e impongan sus normas. Mientras continúen las dependencias, Europa seguirá siendo un tablero, no un jugador. Y con dirigentes como Trump, la segunda opción no es prudente: es suicida.