El ególatra

12 de enero de 2025
1 minuto de lectura
Un hombre.

A veces uno se tiene en tan alta estima que no es consciente de que para los demás no significa ni es el que pretende. Lo sustancial para estos sujetos no es el ser sino que los demás piensen o crean que efectivamente ellos son.

Que esa visión se ajuste o no a la realidad, muchas veces aderezada por el propio interesado, resulta inocua para el que ejerce el título. Nadie más necio que el que procura impresionar al interlocutor. A este le basta ir confirmando las cualidades del que habla para desembarazarse burlonamente del narcisista de turno. Nada peor que la auto-apreciación.

Es un esfuerzo inútil e innecesario intentar convencer a los demás sobre lo que uno sobre sí mismo ya está convencido. Pretender que a los demás les importe lo que a todas luces les trae sin cuidado. Pertenecer a esa clase de individuos que si se les hiciera el mejor de los ofrecimientos, por razones de amistad y no por sus cualidades, pensarían que el favor te lo hacen ellos y, por lo tanto, se le debería estar agradecido.

Están plenamente convencidos, y así lo creen por encima de cualquier otro tipo de consideración, que valen lo que marca el mercado que ha sido valorado por sí mismos. La realidad, empecinada en demostrar que no somos lo que creemos, nos sitúa en situaciones que tienden a contrariar nuestras expectativas.

No hay mayor frustración que encontrar a alguien apreciado de casualidad, dirigirse raudo al mismo con sonrisa no velada y gestos de saludo, y que este (en el mejor de los casos) nos mire azarosamente y nos diga que no nos recuerda.

Nos vemos en la ingrata posición de rellenar su laguna mencionando patéticamente aquella ocasión con la que compartimos con el interlocutor cualquier nimiedad. Este no pronunciará nuestro nombre porque no solo no lo recuerda sino porque además le importa un carajo.

Su amabilidad se irá desgastando conforme el momento va transcurriendo, y estallará si no tenemos la deferencia de volver sobre nuestros pasos. ¡Váyase a la mierda, exclamaba aquel famoso actor, director, escritor y contertulio ante el sujeto con derecho a molestar solamente porque lo admiraba.

Me han contado como actrices de primer nivel han tenido que soportar a individuos de esta especie en situaciones nada oportunas. Deberíamos todos conformarnos con ser quienes somos y dejar a los demás en paz ya que con toda seguridad no tienen ningún interés en conocer cómo va transcurriendo nuestra dramática vida. Tampoco se impresionarán lo más mínimo ya que de sobra conocen el lugar del que procedemos y hacía donde nos dirigimos.

Sujetos
Un hombre leyendo un libro.

3 Comments Responder

  1. Muy ilustrativo de nuestra sociedad. Me pregunto si no hemos caido todos en esta trampa narcisista en algun momento de nuestra vida… Estamos a,tiempo, no?

Responder

Your email address will not be published.

No olvides...

Las raíces, la cultura y el apego a nuestra gente

El mar es el fiel reflejo plateado, con azules y verdes brillantes, que, con su embrujo y seducción, condujo a…
Ceuta.

«Quiero volver borracha y sola a mi casa de Ceuta. Mis hijos no van a la escuela. Tengo miedo, y no es subjetivo. Me estáis quitando todo: las playas, los parques…».

Marina tira de la propia agenda gubernamental para denunciar la inseguridad que hay en las calles de la ciudad «La…
Sánchez y su esposa Begoña Gómez

«Si Sánchez y Begoña eluden la cárcel, no será por falta de una clamorosa evidencia moral. Es inverosímil que un cónyuge opere sin el otro» [parte 1ª]

El autor, doctor en Derecho y profesor, sostiene que si la pareja lograra evitar las rejas sería porque «el Estado…
Perdones

«Para ser buenos hijos, primero hay que ser padres…»; reflexiones sobre la misericordia y el comportamiento cristiano dentro y fuera de la familia

La misericordia debe convertirse en una forma de vivir, esparciendo el perdón y la ayuda entre los demás…