Creíste ser cuando nada eras.
No hubo menciones, títulos u honores. Su vida transcurrió de la misma forma que el agua del arroyo discurre por su cauce; imperceptible, sin apenas ruido. Un transeúnte que deambula por la ciudad descompasado, tan anodino como aquellos que transitan a su lado. Son millares. Sujetos que adornan el vivir de otros, como ornamentos de baratija que fingen con disimulo el valor de la obra maestra.
No fue considerado, ni siquiera menospreciado, por aquellos que le conocieron. Da igual el momento que abandone la estancia ya que su llegada e ida son la misma cosa. Se llaman Nadie. Apresurados trotan hacia el acto final. Telón. Anotados en las agendas de mercadotecnia les llaman para ofrecerles servicios que no necesitan. Solo en ese momento son tenidos en cuenta.
En el adiós los cubren de tierra para ser olvidados, sin flores ni falsos recordatorios que no serán guardados. En el responso, sin asistencia, no habrá quién pregunte si valieron la pena o cual profunda fue el rastro de su huella. El mar desconoce su existencia, pero sus olas ajenas ordenan pacientemente la arena, no importa las veces que fueron pisoteadas ni su desorden.
Estuvieron como piedra levantada, colocada con precisión en el lugar exacto, pero siempre junto a otras semejantes. La roca por sí sola apenas vale. El empuje solidario es tan anónimo como una celebración navideña. El camino serpenteante borró todos los pasos y sus paradas. Nunca creyeron ser algo distinto, pero si ser lo más igual entre los iguales.
El valor del bagaje no importa, y las monedas acumuladas apenas un montón de chatarra. El cambio que resulta se ofrece en otra especie que a nadie importa. Proyectan sombras que los ignoran. En la despedida dejan móviles encendidos sobre el dintel de la puerta por si alguna vez regresan. En la cerrada verja del cementerio se desploma una densa niebla que les cubrirá de la misma forma vivos o irremediablemente ya muertos.