Seis meses después del inicio de la guerra contra Irán, Donald Trump ha cambiado el rumbo de su estrategia. Washington ha intensificado la presión económica sobre Teherán con nuevas sanciones mientras el conflicto permanece estancado y ninguna de las dos partes consigue imponer sus condiciones.
La nueva fase llega después de una campaña militar que no ha logrado alcanzar los objetivos con los que Estados Unidos justificó inicialmente su intervención. Irán mantiene capacidad de respuesta y el pulso por el control del estrecho de Ormuz continúa bloqueando cualquier salida definitiva al conflicto.
La Administración Trump ha bautizado su nueva ofensiva económica como un «Día D» contra Irán. El objetivo es aumentar el aislamiento internacional del país y castigar también a empresas y entidades extranjeras que mantengan relaciones comerciales con Teherán. Washington ha empezado a aplicar sanciones secundarias y a ampliar la presión sobre las redes financieras que permiten a Irán mantener su actividad exterior.
El giro supone un cambio significativo respecto a los primeros meses de la guerra. La Casa Blanca apostó entonces por una intervención militar contundente que debía debilitar al régimen iraní y reducir su capacidad militar. Sin embargo, medio año después, Teherán continúa en pie y las negociaciones permanecen bloqueadas.
El estrecho de Ormuz se ha convertido en la principal baza estratégica de Irán. Por esta vía marítima circulaba antes del conflicto aproximadamente una quinta parte del petróleo comercializado en el mundo, por lo que cualquier interrupción tiene consecuencias directas sobre los mercados energéticos.
Washington asegura que sus fuerzas han recuperado progresivamente el control de la navegación, mientras Teherán sostiene que no permitirá la reapertura normal del estrecho mientras Estados Unidos mantenga el bloqueo y las sanciones.
Irán ha planteado precisamente esas condiciones para recuperar el tráfico marítimo: el levantamiento de las sanciones, el fin del bloqueo estadounidense y la liberación de activos iraníes congelados.
La disputa ha reducido considerablemente el tráfico comercial. Según datos citados por Reuters, en los últimos días apenas siete buques atravesaban diariamente el estrecho, frente a una media habitual de unos quince.
Mientras el frente militar pierde intensidad, la presión económica comienza a hacerse más visible. El presidente iraní, Masud Pezeshkian, ha reconocido un fuerte deterioro de la situación económica, con una caída del comercio exterior y una inflación que ha alcanzado niveles extraordinariamente elevados.
La estrategia de Washington pretende precisamente explotar esa debilidad. La Casa Blanca busca que el coste económico termine obligando a Teherán a regresar a la mesa de negociación y aceptar unas condiciones que hasta ahora ha rechazado.
Irán, sin embargo, ha respondido calificando las nuevas medidas estadounidenses de «terrorismo económico» y ha advertido de que la presión no hará desaparecer sus exigencias.
El problema para Trump es que la guerra también empieza a tener un coste político dentro de Estados Unidos. El conflicto ha disparado la preocupación por la energía y ha colocado el precio del petróleo y de los combustibles entre las cuestiones sensibles de cara a las elecciones de medio mandato de noviembre.
El presidente había prometido una campaña rápida y decisiva. Seis meses después, la guerra continúa sin un acuerdo definitivo y con Ormuz convertido en un pulso estratégico que ninguna de las dos partes parece dispuesta a perder.
La diplomacia tampoco ha conseguido romper el bloqueo. Estados Unidos e Irán alcanzaron acuerdos de alto el fuego en abril y junio, pero ambos terminaron fracasando. Las negociaciones impulsadas con ayuda de países como Qatar y Pakistán no han conseguido establecer todavía una solución duradera.
Ahora Trump apuesta por otra vía: menos bombas y más presión económica. La incógnita es si las sanciones conseguirán lo que no logró la ofensiva militar: obligar a Irán a ceder y abrir una salida al conflicto.
Mientras tanto, Teherán conserva su principal carta de negociación en Ormuz y Washington mantiene todas las opciones abiertas. La guerra entra así en su séptimo mes sin vencedor claro y con una economía iraní cada vez más castigada, pero también con Estados Unidos enfrentado al riesgo de que el conflicto termine prolongándose mucho más de lo previsto.