‘Salvar al rey’: obituarios prematuros o seguir con el encubrimiento por otros medios

Mario Conde y Juan Carlos I
Mario Conde y el Rey Juan Carlos I.

El documental ‘Salvar al Rey’ se posiciona en la tradición de los tabloides sensacionalistas y continúa la labor de difuminar los verdaderos escándalos del emérito

Ernesto Ekaizer/ El Periódico de Catalunya

En junio de 1996, el suplemento del domingo del diario El País publicó un anticipo de mi libro Vendetta, obra en la que desvelaba, después de confirmar los datos con fuentes oficiales del Palacio de la Zarzuela, los números de las cuentas bancarias del rey Juan Carlos I en el Banco Español de Crédito (Banesto), la 148677-172, con un saldo negativo de 150 millones de pesetas (901.500 euros) el 29 de diciembre de 1993 que los servicios del banco, deprisa y corriendo, un día después de la intervención de la entidad el 28 de diciembre de 1993, se aplicaron a «arreglar» y cerrar. Esa cuenta se sumaba a otra, la 8317-172, renovable cada seis meses y cuyo dinero se utilizó para comprar acciones de Asturiana del Zinc, la antigua Real Compañía Asturiana de Minas, donde mandaba el amigo de Juan Carlos I, Francisco Javier Sitges.

Con la tinta todavía fresca, como suele decirse, la periodista Pilar Urbano, nada más salir la información, publicó una columna en el diario El Mundo en la cual se ofrecía a la Casa Real para desmentir las revelaciones del «periodista económico argentino».

Se ofrecía, pues, a cuestionar unos hechos que yo había confirmado con una fuente muy próxima a Juan Carlos I, oferta que debió parecer ridícula a quienes estaban debidamente informados. Pero he aquí que veintiséis años más tarde, Pilar Urbano forma parte del equipo que en Salvar al Rey nos cuenta que el rey hizo lo que hizo porque hubo durante su reinado un cover-up, vamos, un encubrimiento practicado, entre otros, por los medios de comunicación.

El hecho es que en España en los años ochenta y noventa hubo una pléyade de publicaciones, especialmente, semanarios que con la larga crisis de Cambio 16 captaron un mercado muy peculiar, inspirado en los medios diarios sensacionalistas del Reino Unido: los tabloides. Medios que mezclaban noticias de famosos, política, sexo y, claro, cómo no, dado su falta total de transparencia, la monarquía.

Las portadas de esas revistas -desaparecidas en su mayor parte hace tiempo – destacan no por casualidad, vaya, lo copan todo, en el documental.     

Y algunos de los periodistas que sobrevivieron al hundimiento de tales medios se reinsertaron en otros medios y, ahora, han creado sus propias cabeceras digitales. En este país se sigue gastando mucho dinero en mantenerlas.

Es que el mercado descrito era un mercado rentable. Porque los llamados medios de calidad, los nuevos y grandes periódicos, y la radio y televisión, no cubrían, o lo hacían de modo muy lateral, la satisfacción de las apetencias de chismes. Ello no quita para que muchas veces esos medios publicaran noticias exclusivas que podían llegar a marcar la agenda. O actuaban como buzones, con fines inconfesables de sus fuentes. O no tanto. Esto es: transmitían determinados mensajes dirigidos a destinatarios muy concretos.

Por no aparecer en el documental de HBO ni siquiera, en lo tocante a la primera y segunda parte de la historia, no se informa al público que el rey Juan Carlos I presidió el acto del doctorado Honoris Causa concedido -o más bien comprado- por Mario Conde, presidente de Banesto, uno de las siete grandes entidades financieras españolas, por la Universidad Complutense de Madrid. Fue uno de los grandes encuentros sociales. en el que se dio cita el tout Madrid. Una orgía de poder.

Baste decir que la fiesta del Doctorado Honoris Causa, con la laudatio del embajador de Israel, Schlomo Ben Ami, todo ello presidido por el rey, no ha existido para la narración de los antecedentes, a los que tanto se ventila. Lo mismo que omite que cuando seis meses después del doctorado tuvo lugar la intervención de Banesto del día de los Santos Inocentes de 1993, los temores del presidente de Gobierno, Felipe González, en aquellas horas se centraban en la relación entre Juan Carlos I y Conde. Aquello que González sintetizó, refiriéndose a Conde, en esta frase: «No tiene la bomba atómica, pero puede hacer daño».

Pues allí l, en lo que parece la sala de investigación del FBI en el documental, aparece Conde para hablar de «lo suyo» y culpar a un medio de comunicación, donde yo trabajaba, por su desgracia. Yo más relevante: de alcahueterías en las que el periodista con el cual trabajaba y en parte financiaba terminaron con el cese del entonces jefe de la Casa de Su Majestad el Rey Juan Carlos I, general Sabino Fernández Campo.

En el «paquete» estaban primero, después de echar a Conde y a su grupo, las cuentas bancarias del rey y posibles negocios ocultos, pero también, ya en 1994, los «papeles de Perote», el agente del CESID, origen del actual CNI (Centro Nacional de Inteligencia) el coronel Alberto Perote.

Tanto las cuentas bancarias del rey en Banesto como los papeles conferían capacidad de fuego al banquero derrocado para chantajear al Gobierno llamado socialista. Y chantajes, como las meigas, de eso sabe Conde, haberlos haylos. No con las cuentas del rey, que se sepa. Un chantaje agradable, sencillo, me dáis los 14.000 millones de pesetas, total los paga Emilio Boltín, que había comprado Banesto, y os devuelvo las microfichas de Perote. El gobierno no cedió y las fichas se publicaron.

Para hacer una información documentada no se requería grandes investigaciones. Están los libros publicados. Pero este es un país donde el odio entre pretendidos profesionales es más fuerte que la necesidad de esclarecer la realidad. Es un odio que anula.

Por no informar, en ningún momento aparece la gran noticia que abrió a cuatro columnas el periódico Tribune de Genève, primero en la web la tarde-noche del 3 de marzo de 2020, a las 19:34 horas, y luego en la edición del periódico ginebrino del 4 de marzo: «Juan Carlos I esconde 100 millones de dólares en Ginebra». Seguía el titular: «Revelaciones: Juan Carlos I ha recibido cien millones de dólares en una cuenta del banco privado Mirabaud. Regalo o corrupción. El fiscal Yves Bertossa investiga indicios de blanqueo de capitales».

En el documental se omite la transferencia de 100 millones de dólares (65,4 millones de euros de la época) del Ministerio de Finanzas de Arabia Saudí a Juan Carlos I.      

De golpe, en una elipsis, para decirlo delicadamente, absolutamente surrealista, aparece en el telediario de Telecinco la noticia: «Hay más novedades sobre los movimientos de Juan Carlos I. Lo más destacado es un documento por el cual el rey Juan Carlos donó los 65 milllones de euros a Corinna Larsen de forma voluntaria». ¡Toma castaña! Y digiéretela como puedas. Por no nombrar ni el nombre de Bertossa ni la investigación de tres años y medio en la Fiscalía suiza asoman en el documental.     

Algunos de los testimonios de las amantes de Juan Carlos I han estado en el mercado de este tipo de grabaciones durante meses esperando comprador. Y finalmente lo ha habido.

Y puede ser divertido o estrafalario, según se vea, como se lo ha parecido, por ejemplo, al corresponsal en Madrid del diario The Times de Londres, David Sharrock, cuando tituló su noticia el pasado martes, en medio del temblor provocado por la muerte de la reina Isabel: «El rey español disfrutaba de citas en la parte trasera de una furgoneta». Y añadia con flema británica: «La parte trasera de una furgoneta detrás del palacio no es el lugar más romántico para un encuentro amoroso con una amante real pero fue la preferida por Juan Carlos I, ex rey de España». Menuda bienvenida en Londres al emérito al funeral de la reina.

El guión y los periodistas han optado por hacer exactamente lo que dicen que se hizo en el pasado, es decir, encubrir la realidad en la narración de los hechos que son nuevos y que, precisamente, son oscurecidos en la narración.     

La «caída» de los 64, 8 millones de euros del cielo que presentan tiene, como se ha apuntado, su origen en Arabia Saudí, cuyo rey, según Juan Carlos I, le envió un regalo sin contrapartidas. Pero lo que hizo a continuación Juan Carlos I es ocultar el dinero a la Hacienda de España.

Como bien dice el juez José Castro, que instruyó contra viento y marea el caso Nóos Juan Carlos I se sentía por encima de la ley, él no se aplicaba aquello que predicaba en su discurso de Nochebuena de 2011 («La justicia es igual para todos») ni se sentía aludido por las obligaciones fiscales («Hacienda somos todos»).

En el documental aparece un extracto de segundos donde la periodista británica Selina Scott le pregunta si como el resto de los españoles intenta no pagar impuestos. Juan Carlos I la mira: «No puedo decirlo», ríe incómodo. Selina vuelve a la carga: «¿Es importante que un rey pague impuestos? Creo que sí», dice el rey no muy convencido. Y se acaba lo que cita el documental. 

Pero aquella pregunta tenía su miga. Y seguí el diálogo.  Porque Selina Scott señala a Juan Carlos I: «Podría haberse librado diciendo que no». Y él cierra: «Sí. Pero después habría sufrido las consecuencias».

Eso fue en 1992 dieciséis años antes de recibir el 8 de agosto de 2008 -una fecha clave omitida- cuando Juan Carlos I recibió en su cuenta de la fundación Lucum en el banco Mirabaud los 100 millones de dólares desde Arabia Saudí.

Por no aparecer ni se escuchan las grabaciones donde Corinna zu Sayn-Wittgenstein la examante, habla de laa cuentas bancarias en Suiza y de sus testaferros. Esas filtraciones, producto del escándalo de José Manuel Villarejo, brillan por su ausencia.     

Pero, además, el documental omite la batalla encarnizada por la apropiación de los 100 millones de dólares o 64,8 millones de euros entre Juan Carlos I y Corinna.

Y es que la donación es una farsa desde el punto de vista de los objetivos de Juan Carlos I. Porque empieza a perseguir enseguida a Corinna para que le devuelva el dinero. Y para ello consigue convertir al núcleo duro del CNI capitaneado por el general Félix Sanz Roldán en un instrumento personal. Privado, vaya.

Porque, como se pregunta retóricamente el juez Matthew Nicklin, a cargo de la demanda civil de Corinna en el Tribunal Superior de Justicia de Inglaterra y Gales -por acoso, seguimiento ilegal y difamación- en su sentencia del 24 de marzo de 2022 ¿es posible que las entradas y registros en el domicilio y oficina de Corinna en Mónaco sean actos oficiales del Estado español, como sostienen los abogados de Juan Carlos I? En ese caso, según señala el juez, el Gobierno español «tendrá la oportunidad de dar un paso adelante y pedir al tribunal que aplique la inmunidad de Estado y declare que Juan Carlos I tiene inmunidad ante esos actos realizados entre 2012 y 2014».

Eso, lógicamente, no va a ocurrir. Tampoco operaciones como el intento de la petrolera rusa Lukoil en hacerse con el control de la española Repsol merece una descripción correcta en la versión que se ofrece.

En noviembre de 2008, cuatro meses después de recibir los 100 millones de dólares de Arabia Saudí, y empezar a gastárselos, Juan Carlos pierde los complejos y hace una campaña para que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero abandere la operación, aun cuando el ministro de Industria Miguel Sebastián se opone. Juan Carlos I persuade a Rodríguez Zapatero y hace campaña abierta a favor de la entrada de Lukoil. 

Pero ¿por qué? Es que Juan Carlos I es parte del triángulo que espera sacar tajada de la operación: él es el vértice y Corinna (asesora de Lukoil) y Allen Sanginés-Krause el amigo hispano-mexicano de Corinna (responsable del banco Goldman Sachs en Rusia), son sus socios. Y tienen expectativas en hacer grandes beneficios por intermediar en la jugada. Que fracasa. Pero nuestro rey se desmelena.

Los rumores sobre su muerte real que rezuma el documental, parafraseando al escritor norteamericano Mark Twain, son «demasiado» exageradas. Porque habrá que esperar a conocer lo que salga del juicio de Londres, sobre el cual la prensa en este país no ha dado un duro… hasta que se ha enfrentado al elefante.     

Y hablando de elefantes, ya es hora de saber que la foto de la noticia de la caza de elefantes que se asume fue filtrada por el general Sanz Roldán en abril de 2012 -y que el documental exhibe- no es de esa fecha sino de 2006. Y aunque el noviazgo iba viento en popa Corinna no fue a ese safari.

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