ANAMNESIS
Al concluir este viaje profundo, necesario y descarnado por los laberintos de la psicopatía y el narcisismo bajo el arquetipo de María Elena Merengue, la conclusión para cualquier analista serio de la conducta humana y del derecho es ineludible: la maldad institucional no es un accidente geográfico, ni una circunstancia del azar, ni un error de procedimiento administrativo; es una estructura de la personalidad corrompida que encuentra en las mieles del poder el combustible perfecto para su expansión depredadora. Como expuse en mi obra «Aunque arda Troya», utilizar la toga, el estrado y la investidura pública como un trono de impunidad personal es la manifestación más peligrosa de la tríada oscura de la personalidad (narcisismo, psicopatía y maquiavelismo).
A lo largo de estas entregas, hemos analizado con rigor clínico cómo el narcisismo se transmuta en tiranía doméstica y judicial, y cómo la psicopatía instrumental despoja a la justicia de su esencia divina para convertirla en un vulgar mercado de voluntades vendidas al mejor postor. Este fenómeno no es exclusivo de una latitud; es una patología global que acecha los cimientos de la civilización. La caída estrepitosa de estas figuras —que hoy habitan en el fango de la ignominia pública o tras las frías rejas de prisiones de alta seguridad— no debe ser vista solo como un triunfo circunstancial de la ley, sino como un llamado urgente a la vigilancia ciudadana. Nos obliga como sociedad civil y como gremio jurídico a exigir filtros de integridad, ética probada y, sobre todo, una rigurosa evaluación de la salud mental y la estabilidad emocional en el ejercicio de cualquier forma de poder sobre la vida y la libertad de los demás.
El psicópata funcional es un depredador social que carece estructuralmente de la capacidad de arrepentimiento. No tiene cura conocida en los anales de la psiquiatría moderna porque su cerebro procesa el mundo de forma distinta: para estos seres, el dolor ajeno es un dato estadístico sin valor emocional y la manipulación es simplemente una herramienta de supervivencia y ascenso. Por ello, la única defensa eficaz y duradera contra el arquetipo de María Elena Merengue es la transparencia absoluta y la memoria histórica. No podemos permitir que el «encanto superficial» de estos perfiles vuelva a seducir a las instituciones, permitiéndoles escalar hasta posiciones donde su falta de empatía puede costar libertades, patrimonios y vidas humanas. La vigilancia debe ser eterna y el compromiso con la verdad debe ser inquebrantable, pues el silencio ante el abuso es la alfombra roja por la que camina la injusticia.
Nuestra labor irrenunciable, desde la tribuna del pensamiento crítico y la investigación forense, es la denuncia constante, la luz sobre las sombras y la preservación de una memoria que impida la repetición de estos ciclos de abuso narcisista. La verdadera justicia es la única garantía de que la civilización no retroceda ante el embate de los egos tiranos que se creen por encima de la ley de Dios y de los hombres. Sigamos trabajando incansablemente por una sociedad donde el derecho sea el escudo del débil y no la espada del prepotente. Que este análisis sirva de advertencia severa y de guía ética para las futuras generaciones de juristas, académicos y ciudadanos de bien. La luz de la verdad siempre prevalecerá sobre el ego ciego de los tiranos, aunque arda Troya.
«La justicia es la verdad en acción, y la verdad es el único suelo firme sobre el cual la humanidad puede caminar con seguridad hacia su destino de libertad.» — BENJAMIN DISRAELI.
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario