¿Quién teme a la juez Virginia Wolf?(Who’s Afraid of Virginia Woolf?)

15 de febrero de 2026
4 minutos de lectura
Poder. La mano que mece la cuna. / Imagen creada con IA

La mano que mece la cuna

«La esencia de la estrategia es elegir qué no hacer; cuando un coordinador asume funciones que no le corresponden, la estrategia se desvanece en favor del control personalista.» Michael Porter.

Invito al lector a despojarse de etiquetas y cargos para observar con ojo crítico las estructuras de poder que le rodean. Lo que hoy analizamos como una patología gerencial, podría ser el retrato hablado de su propia realidad cotidiana. Allí donde un subordinado nominal captura la voluntad de sus superiores, nace una prisión de voluntades que desvirtúa la esencia misma de cualquier profesión. Esta distorsión no es ajena a ningún campo: se manifiesta en el ámbito judicial, cuando un auxiliar o coordinador administrativo termina dictando el sentido de una sentencia a la magistratura; en la medicina, cuando el criterio clínico del especialista es doblegado por la logística de un administrador de insumos; en la ingeniería, cuando la seguridad de la obra se supedita al capricho presupuestario de un gestor de compras; o en la academia, donde la libertad de cátedra se rinde ante la burocracia de un bedel con poder político. En cualquier esfera, pública o privada, el síntoma es el mismo: el cortocircuito de la jerarquía en favor de la arbitrariedad.

Resulta imperativo advertir al lector que el Poder Judicial, como toda organización de alto desempeño, no es inmune a las leyes universales del management. La eficiencia de la función jurisdiccional depende de una higiene administrativa donde la línea de mando sea clara y la segregación de funciones sea sagrada. Cuando estas reglas de gestión son ignoradas, surge la figura de la «autoridad ubicua»: aquella que juzga en la base operativa, coordina en el nivel intermedio y dicta las pautas en la cúspide a través de terceros. Esta descripción, que prescinde deliberadamente de nombres para elevarse al análisis sistémico, permite que quienes conocen las estructuras de poder identifiquen con claridad meridiana el rostro de «la mano que mece la cuna» tras el telón de una jerarquía que ha dejado de ser funcional para volverse servil, actuando siempre de manera velada y sigilosa.

Dentro de la arquitectura de las grandes corporaciones modernas, la división de funciones es la garantía fundamental para la transparencia y la eficiencia operativa. En teoría, todo sistema de control está diseñado bajo una jerarquía lógica donde las decisiones de un ejecutor de primera línea son revisadas por una instancia superior, dotada de autonomía y visión global para corregir desviaciones. Sin embargo, un análisis de la praxis en ciertas organizaciones contemporáneas revela una patología estructural alarmante: la anulación de la cadena de mando a través de una promiscuidad funcional que desnaturaliza cualquier intento de auditoría interna, convirtiendo la supervisión en un mero trámite de sumisión administrativa que asfixia la ética institucional y la verdadera productividad.

Habitualmente, estas organizaciones dividen sus procesos en fases nítidas para evitar la concentración de influencias: un departamento ejecutor encargado de la operación inicial y una dirección de revisión encargada de evaluar la legalidad y el acierto de dichas acciones. No obstante, se daría el caso de que la realidad operativa muestre zonas de sombra donde la independencia del revisor podría desvanecerse ante una «jerarquía invertida». Resulta aberrante la eventual existencia de figuras que, ocupando un puesto operativo de nivel inferior, ostentarían simultáneamente cargos de coordinación general. Bajo este esquema de control transversal, el ejecutor de base termina siendo, por un artilugio administrativo, el jefe directo de quienes tienen la obligación legal y profesional de supervisarlo, destruyendo el principio de rendición de cuentas.

En este escenario de servidumbre institucional, se observa lo que podríamos denominar como un «celestinaje perverso». Considérese el supuesto de una empresa donde el gerente de una unidad local poseyera, a su vez, la potestad de coordinar los recursos, las vacaciones y la permanencia de los directores regionales. En tal hipótesis, la independencia de estos últimos sería un mito decorativo. Se daría la circunstancia de que el revisor, temeroso de las represalias administrativas de su propio revisado, optaría por una conducta de genuflexión permanente. Así, cualquier error o arbitrariedades cometida en la base operativa sería sistemáticamente ratificada en la cúspide, no por su validez técnica o moral, sino por la obediencia debida a quien maneja los hilos del presupuesto y el mando regional.

Esta figura de la autoridad que todo lo abarca generaría un cortocircuito que incendiaría la integridad de cualquier sistema. Se trataría de un individuo que juzga la operación abajo, coordina la logística en el medio y dicta la aprobación arriba a través de las bocas de sus superiores nominales. En esta perversión, el principio de justicia organizacional es desplazado por una lealtad forzada hacia la «coordinación», obligando a los revisores a cumplir con cuotas de resultados para complacer a quien, siendo técnicamente su inferior en el organigrama de decisiones, es su superior en el ejercicio real del poder. Es un sistema donde el revisado se audita a sí mismo mediante el miedo y la presión que infunde en quienes deberían ser sus jueces internos, vaciando de contenido la función de revisión superior y condenando a la empresa al estancamiento moral.

Es imperativo denunciar estos vicios que, bajo la sombra de tal promiscuidad administrativa, pudren el tuétano de la ética corporativa y sacrifican la verdad en el altar del compadrazgo funcional. El fenómeno de la subordinación moral, donde la base captura la voluntad de la instancia de control, convierte cualquier recurso de revisión en una formalidad estéril destinada únicamente a convalidar el atropello y la indefensión del afectado. Solo mediante la exposición de estas patologías se podrá rescatar la esencia de una estructura que debe servir a la norma y no a las ambiciones de individuos que ocupan todos los peldaños de la escalera simultáneamente, asfixiando la libertad de criterio y la salud de la organización en una danza de sombras alimentada por las conveniencias operativas que nada tienen que ver con el buen management.

Nota técnica: El presente texto constituye un ejercicio de ficción jurídica y narrativa literaria, diseñado como una hipótesis de trabajo para exponer, mediante la hipérbole y el análisis doctrinario, situaciones que no son correctas y no deberían presentarse en la praxis judicial, con el fin de ilustrar los vicios procesales desde una perspectiva académica y docente.

«La organización por dentro debe ser un ecosistema de confianza; cuando el miedo al superior administrativo anula el criterio del experto, la empresa deja de ser una organización para convertirse en una prisión de voluntades.» Charles Handy.

Responder

Your email address will not be published.

No olvides...

La titiritera

La degradación de la justicia de género en los sistemas contemporáneos «Donde termina la ley, empieza la tiranía; y cuando…

¿Dónde se graduó de juez? (Parte III)

"Hay una generación cuyos dientes son espadas, y sus muelas cuchillos, para devorar a los pobres de la tierra, y…

¿Dónde se graduó de juez? (Parte IV)

"La justicia es una de esas palabras que, como la libertad o la democracia, sirven a veces para ocultar las…

¿Dónde se graduó de juez? (Parte I): La renuncia a ser armiño

"La toga no confiere sabiduría; a menudo solo sirve para ocultar la desnudez de un intelecto que jamás comprendió el…