¿Dónde se graduó de juez? (Parte IV)

14 de febrero de 2026
6 minutos de lectura

«La justicia es una de esas palabras que, como la libertad o la democracia, sirven a veces para ocultar las peores infamias.» Mario Vargas Llosa

El ocaso de la arbitrariedad en el estrado

La «cara de tabla» ante la flagancia judicial. En esta entrega denunciamos el descaro de ese juzgador que, con una «cara de tabla» imperturbable y pétrea, convalida y da el visto bueno a los vicios más nauseabundos de los órganos de prueba. No le importa ser sorprendido en flagrancia; su mirada es la de quien se sabe inmune a cualquier revisión superior. Es el escenario dantesco donde se observa cómo se fabrican testimonios o se alteran actas bajo la mirada complaciente de quien debería ser el garante del proceso. Pero el horror no termina allí: cuando la defensa técnica, en ejercicio de su deber sagrado y constitucional, levanta la voz para señalar la irregularidad o la falsedad evidente, este juzgador no corrige el rumbo. Por el contrario, arremete contra el defensor con una saña desmedida y una soberbia punzante, como si la verdad fuera un enemigo personal al que debe aniquilar para preservar su feudo de impunidad.

Trastornos de la personalidad y casos psiquiátricos en el estrado

Actúa como si la denuncia de la verdad fuera un desacato personal, una ofensa a su autoridad que no debe permitirse, transformando la audiencia en un escenario de inquisición donde el acusado ya está sentenciado por el capricho del estrado. Antes de que se abra el primer folio del debate, el veredicto ya ha sido dictado en las sombras. Lo que presenciamos en estos tribunales no es solo falta de ética, es un verdadero cuadro clínico de trastornos de la personalidad que desfilan con impunidad. Estamos ante individuos que carecen de salud mental; casos psiquiátricos donde la bipolaridad, rasgos de esquizofrenia o la psicopatía funcional dictan sentencia sobre la vida y bienes de los ciudadanos.

Psicopatía y la falacia del desvío

Estos personajes presentan una conciencia cognitiva plenamente desarrollada, pues saben perfectamente cómo torcer la norma y manipular el proceso para sus fines inconfesables. Sin embargo, carecen de la conciencia moral más elemental, siendo incapaces de sentir empatía por el daño causado a las familias y a la fe pública. Se trata de una figura experta en la falacia del desvío: como todo psicópata, posee la habilidad de devolver cualquier argumento de la defensa, por sólido que sea, construyéndolo maliciosamente en contra del propio defensor. Es una maniobra de espejo donde el argumento jurídico es transmutado en una agresión personal, permitiendo que el juzgador victimice su posición mientras ejecuta el atropello procesal más flagrante e infame. Como sucede cuando se asignan psicópatas a la dirección de empresas, estos terminan quebrando la institución de justicia para hacerse de ingentes sumas de dinero producto de la corrupción. Su única brújula es la ambición desmedida y el desprecio absoluto por la norma social y la ética profesional.

La bipolaridad conductual y la sonrisa Duchenne

La conducta de este tipo de magistrado es errática y perturbadora para el profesional del derecho, creando un ambiente de inestabilidad psicológica constante. Unos días de audiencia amanece con un trato aparentemente gentil y saludo sonriente, exhibiendo esa sonrisa Duchenne, forzada y vacía, que busca desarmar al abogado con una falsa cordialidad. Pero al día siguiente, el velo se cae y emerge su verdadera naturaleza amargada, falta de respeto, gritona, mal educada y soez, revelando la ralea que realmente lo habita. Arremete contra el defensor con insultos y descalificaciones, desplazándose por todos los tribunales del palacio como si fuera el dueño absoluto del edificio, con una soberbia que raya en lo patológico.

La jactancia de la mediocridad

Es un personaje al que nadie respeta en su fuero interno; solo se le teme por el poder circunstancial y efímero que ostenta desde el estrado. Parece haber adoptado como manual de vida el pensamiento más oscuro de Maquiavelo: «No quiero que me respeten, sino que me teman». Esta tipología de funcionario camina con una jactancia tal que, como dice el refrán popular, parece creer que puede cagar más arriba del fundillo, sin percatarse de que la gravedad de la historia siempre pone las cosas en su sitio. Su presencia es como la de una entidad hedionda a la que nadie desea acercarse, a menos que sea por un interés absolutamente obligatorio o por la penosa necesidad procesal ineludible.

El amparo de la bota militar y el poder artificial

Este comportamiento temerario no es producto de la ignorancia pura, sino del respaldo oscuro que este juzgador siente a sus espaldas, un apoyo que lo envalentona. Camina con la prepotencia de quien se sabe amparado por el poder de las armas; un militarismo malentendido y distorsionado que sostiene su arbitrariedad diaria. Lo empuja a pisotear la Constitución con cada martillazo, creyendo ciegamente que este poder artificial y prestado le va a durar toda la vida. Ignora que los favores políticos y los apoyos de bota son tan volátiles como el humo en el viento. Se siente un dios omnímodo manejando los hilos de la libertad ajena con una ligereza criminal.

Robespierre y la ley de la paranoia judicial

Esta soberbia devorada por su propia invención tiene un espejo claro en la historia universal. Maximilien Robespierre, apodado sarcásticamente «El Incorruptible», manejaba un poder artificial basado exclusivamente en el terror. Bajo el amparo del Comité de Salvación Pública, impulsó la infame Ley del 22 de Pradial, una aberración jurídica que eliminaba el derecho a la defensa técnica y el interrogatorio. Decía que si había «pruebas morales», no hacían falta pruebas materiales. Es el reflejo exacto del juzgador que hoy decide la culpabilidad sin siquiera revisar las actas del proceso. Pero el sistema de atropello termina devorando a su arquitecto: cuando intentó leer una nueva lista de traidores provocando el miedo general, sus propios aliados se rebelaron contra él. Aquel gran orador del terror terminó en la guillotina con la mandíbula destrozada, muriendo en el mismo silencio absoluto que él impuso a sus víctimas.

El efecto bumerán y el respaldo efímero

La caída de la soberbia en el estrado demuestra que el respaldo de la bota es un castillo de naipes que cae estrepitosamente cuando el protector cae. Esta dinámica de bipolaridad nos recuerda la fábula del pollito que, a punto de morir congelado, fue cubierto por la bosta de una vaca. El calor del estiércol le salvó la vida momentáneamente, tal como esa sonrisa hipócrita del juzgador parece «calentar» el ambiente de la audiencia solo por un día.

La moraleja del pollito: advertencia para el defensor

Sin embargo, el error del pollito fue confiar en ese alivio temporal nacido de la inmundicia, lo que atrajo a un gato que lo «limpió» solo para devorarlo segundos después. La moraleja es tajante para el defensor: no todo el que te sonríe con hipocresía es tu amigo, ni todo el que te agrede frontalmente es tu único obstáculo en el camino. En ese entorno infecto, la amabilidad bipolar es apenas la bosta que precede al zarpazo; una trampa para que el abogado baje la guardia. Es un mecanismo para que sea descalificado y devorado por la arbitrariedad de un sistema psicopático que carece de límites morales y de respeto por la ley.

Clamor por la revisión trimestral de la salud mental

Ante este panorama de psicopatía institucionalizada, surge un clamor imperativo: la exigencia de una revisión trimestral obligatoria de la salud mental de quienes juzgan. No podemos permitir que el destino de los hombres y su patrimonio dependan de individuos con trastornos de la personalidad tolerados por la omisión del sistema. El juez debe ser un individuo equilibrado, pues un psicópata en el estrado es una bomba de tiempo que destruye la paz social y la confianza en la República. Es hora de someter a estos «dioses de barro» al escrutinio clínico para depurar al Poder Judicial de quienes solo ven en el cargo una oportunidad de rapiña y desahogo de traumas.

La soledad final y el juicio de la posteridad

Al igual que Robespierre, estos personajes están condenados a morir civilmente en la más absoluta soledad. Nadie los llorará, porque nadie los respeta en verdad. Han olvidado que la toga es apenas un disfraz, un préstamo temporal que la justicia verdadera siempre termina por arrancar con violencia y desprecio. Han transformado el templo de la ley en un mercado de abastos donde la libertad es una mercancía sujeta a la voluntad del uniformado que los patrocina desde las sombras. Al preguntarnos dónde se graduaron estos personajes, la respuesta es nítida: se graduaron en el desprecio por la dignidad humana y en la ceguera del poder. No comprenden que el juicio de la historia es implacable con los mercaderes de almas que hoy se ocultan tras el estrado, ignorando que su caída será tan alta como su jactancia.

«El poder es un fantasma que se desvanece cuando se le mira de frente con la verdad, dejando solo la desnudez de quien pretendió ser dios.» Mario Vargas Llosa

Doctor Crisanto Gregorio León – Profesor Universitario

Nota técnica: «El presente texto constituye un ejercicio de ficción jurídica y narrativa literaria, diseñado como una hipótesis de trabajo para exponer, mediante la hipérbole y el análisis doctrinario, situaciones que no son correctas y no deberían presentarse en la praxis judicial, con el fin de ilustrar los vicios procesales desde una perspectiva académica y docente.»

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