En la década de los cuarenta, con racionamiento y hambre aún, no se atrevían los matrimonios a tener familia numerosa porque, si los hijos duelen, duelen más cuando no se les pude colmar de lo que uno ha carecido: con tal criterio se defendían. Se sorteaba la escasez con lo poco que se encontraba entre los miembros de la familia más pudientes o gracias a generosos amigos que, sin humillar y aprovechando disimulos, cooperaban con pan, con aceite o con naranjas. En las casas donde había patio, se cuadriculaba un rincón con alambres con cuatro o cinco gallinas para el gasto.
A la distancia de ahora agradecemos el ejemplo de aquellas familias numerosas que criaron a sus hijos en el esfuerzo y el despojo frente a los melindres hijos únicos que escasamente lucharon y que más tarde reconocieron su falta de músculo en los contratiempos… A una señora rica de entonces se le oyó gritar en los dolores de su parto quejándose de que ese sufrimiento debían soportarlo únicamente los pobres. Cuando se supo en Veraluz aquella exclamación, dolió a todos por igual, como si el pueblo entero hubiese parido.
Se nace y se crece con los hijos. La excusa de no tenerlos enmascara los egoísmos.