Guadix me regaló en Nochebuena un sueño reparador.
Esta Nochebuena, mi ánimo estaba demasiado tocado, me sentía sola y desamparada, recordaba a mi único hijo fallecido en julio de este mismo año. Su recuerdo azotaba mi alma de una forma despiadada y me invadían la tristeza y el dolor en el centro de mi pecho, que desde que se fue me acompañaban.
Quería evadirme, pero era imposible, era demasiado fuerte lo que me había pasado, más en estas fechas. Quise pasar esa noche sola en mi casa, llenándome con el recuerdo de la felicidad que mi queridísimo hijo me dio cuando nació y ocupó el lugar más importante en mi vida que continuará ocupando.
Cuando no has estado en los últimos momentos de la vida de un ser tan querido como un hijo, y en mi caso único ya viuda, se rompieron dentro de mi mente todos los esquemas y se crearon en mí esas repetidas preguntas sin respuesta que te hacen querer conocer la auténtica realidad de las 24 horas del día anterior y de sus últimos momentos en aquella madrugada…
Lo único que me dieron fue la hora en que su corazón dejó de latir, y esa hora dada por el forense es la que debe figurar en el informe médico de su muerte.
Él formó su familia en la capital de España, y como es natural, yo, su madre, me quedé en la ciudad donde había formado mi vida desde que me casé y donde nació mi hijo, en el bonito y acogedor sur de España.
Ante un caso semejante, inevitablemente te sientes arrastrada por ese final desgarrador para una madre ya viuda sabiendo que estará sola hasta el final de su tiempo en esta vida. Pues aunque no veas a tu hijo, sabes que está y vive con quien eligió libremente y le convirtió en padre. Y para esa madre, desde el día que nació será siempre su hijo.
Buscas que te den respuestas, pero no te las dan. Pero las madres tenemos un mecanismo de conciencia con nuestros hijos, es un sexto sentido, o ese cordón umbilical invisible que te hace presentir su final repitiéndose en tu mente una y otra vez desde que él se marchó.
Yo solo era su madre, sin opciones a respuestas por parte de la familia que él creó, ni siquiera a conocer los resultados médicos. Parece ser que al estar casado, ser la madre de tu hijo es solo una inscripción en su libro de familia.
Así que llena de angustia y más amargura que pena, me acosté pronto, esperando a que el sueño cubriese el inmenso dolor que aprisionaba mi corazón.
Solo sé que el milagro de la Navidad surgió esa noche en un sueño reparador, y fue de nuevo Guadix, esa ciudad de ensueño que en los días posteriores, terribles y dolorosos a mi gran perdida, me hicieron darme cuenta de que yo merecía vivir para encontrar esa verdad, para poder curar mi espíritu.
Quería y necesitaba poder alabar el regalo de la vida que Dios me dio ante la belleza de esa ciudad que conocí por primera vez y que me abrió la mente y suavizó la sangría que mi corazón experimentaba.
Me había cobijado con todo mi ser en mi fe pidiendo tener más para no sucumbir en mi soledad y renací con fuerza en ese lugar de verdadero ensueño, que casi resulta irreal por la magia que destila al visitante.
Y surgió ese milagro propio de la Navidad, convirtiendo mi descanso en un sueño maravilloso, esa noche de Nochebuena que me sumió en un precioso paseo junto a mi querido hijo cogidos de la mano por sus calles y plazas, siendo yo la guía de mi querido hijo.
Sé que no había conocido Guadix, si lo hubiera hecho, la belleza del lugar le habría llenado de esperanza, junto a la fe transmitida por sus padres.
En ese sueño, lo viví como si estuviera despierta, incluso sintiendo el calor de su mano en la mía. Le fui adentrando en las maravillas que yo ya había vivido cuando conocí esa preciosa ciudad de Guadix, unos días después de su desaparición, que se había llevado mi propia vida junto a la suya.
En ese sueño tan reparador y hermoso, sentía una sensación de calidez y proximidad a mi hijo querido, que me producía un convencimiento total de la existencia de Dios revivida en un lugar totalmente mágico como Guadix.
Me vi junto a él delante de su magnífica catedral, quietos, observando en sus piedras los siglos que rezumaban entre las ranuras selladas de sus piedras, llenas de la grandeza de su historia.
Era como si voláramos, no tocábamos el suelo y pasábamos de un siglo a otro descubriendo la grandiosidad de la ciudad maravillosa que nos acogía reconociendo su grandeza.
El precioso poblado de las cuevas resurgió, con una luz blanca y muy intensa. Percibí el olor a la hierba mojada por el rocío y los dos nos miramos con esa mirada limpia de la paz de los justos.
Surgieron casi de una manera espontánea, abriéndose paso en el terreno arcilloso de la tierra, con orgullo y galadura las bonitas chimeneas surgiendo de la tierra, como jirafas deseosas de contemplar el paisaje y que en mi sueño me parecieron más blancas y más brillantes que cuando las vi de verdad unos meses antes.
Qué suerte vivir en este lugar, pensé, dándome cuenta de que en ese momento estaba soñando.
Todo rebosaba paz, tranquilidad, y su enorme historia de siglos atrás, que subyugaba el entendimiento de cualquier ser humano con sensibilidad.
Recorrimos juntos los lugares en los que mi alma se fue recomponiendo y admitiendo la verdad de la muerte de mi hijo que no viví, al estar lejos de mí.
Fue el mismo recorrido que realicé junto a mi querida hermana, mi guía de aquellos días y que gracias a ella conocí el camino de la admisión de lo ocurrido, gracias a la gran belleza del lugar que hizo sensibilizarme, pero con entereza.
Me sentí muy feliz en mi sueño reparador y viví, esta vez sí, el adiós de mi hijo, con amor y una inmensa dulzura. En ese instante acercó su cara a la mía para darme un beso de despedida y al sentirlo tan próximo me desperté.
Sentí una sensación inmensa de paz, que solo los justos que existen en una dimensión diferente a los vivos, al estar purificados por el paso dado al morir, nos pueden ofrecer a sus seres más queridos por la gracia de Dios.
Ese fue mi sueño, la noche en que la gente celebraba su familiar y hermosa Nochebuena, yo recibí a través de mi sueño el milagro de ver y estar junto a mi hijo, paseando por las calles de esa ciudad que me dio consuelo y esperanza en su muerte y el regalo de un bello sueño en una noche muy especial.
Desde ese día tan crucial para mí, fue conocer Guadix y en ese mismo momento me sentí atraída por ella y comencé a amarla, una ciudad que me embrujó desde entonces y que se ha ido enraizando en mi corazón para siempre.
Es la ciudad de la historia grande de España y de muchas historias de gentes que al descubrirla quedan ligados a ella para el resto de sus vidas.
Es la revelación palpable de toda la historia que guarda esta mágica y grandiosa ciudad, que recibe a sus visitantes con todo el encanto propio de quienes son los guardianes de los sueños.
Solo por visitarla te sentirás bendecido por su encanto, y no la olvidarás jamás, gracias también a que abunda en ella la buena gente que le da un toque muy personal y característico de esa preciosa zona.
La amo porque ella me acogió y abrazó, me impregnó de buenas vibraciones con esa visión que me ofreció. No existe toxicidad alguna y es porque Guadix es una ciudad mágica que destila belleza y paz.
El arte que existe en cualquier rincón hace que quieras conocer toda su historia y al conocerla te impregnaras de los acontecimientos vividos a través de su existencia de siglos.
Cultura y saber vivir van de la mano, el arte les acompaña y la afición por la música, les ayuda a ser seres sensibles. Saben interpretar muy bien su gran papel en la historia de España. Su catedral habla por si sola con su enorme presencia.
Quienes tenéis la dicha de poseer una de esas preciosas cuevas, tenéis un trozo de esa magia ancestral que vivíamos en nuestros cuentos de niños.
Pero lo más importante es que disponéis de un trocito de esa paz tan necesaria en nuestros momentos de infortunio.
¡Grande Guadix! ¡Gracias por existir!
Cuidad y respetad vuestra ciudad, vivís en un verdadero edén.
Preciosa y emotiva crónica de Mertxe.
Bonita ciudad andaluza, cargada de historia y culturas.