La isla de los proscritos

8 de febrero de 2026
7 minutos de lectura

La mano del hombre es muy necesaria, la mente de los dirigentes debe ser brillante, tienen nuestra seguridad en sus manos y están fallando demasiado, y esto no se arregla con parches

Existe un dicho que dice: Todos los caminos llevan a Roma. Pero otro avisa de que si eliges mal tu camino, puede ser tu camino de perdición.

La corrupción había llegado a límites insuperables en aquellos países donde los gobernantes y sus adeptos vivían con toda clase de lujos, sin privarse de nada, a costa de los altos impuestos que pagaban los ciudadanos.

Eran individuos sin ningún tipo de conciencia moral, que estando marcados con imputaciones graves se jactaban ante los asombrados ciudadanos sin el menor arrepentimiento, siendo desertores de los valores históricos de la patria en la que nacieron, crecieron, estudiaron y se formaron.

Muchos de ellos no eran aficionados a trabajar en absoluto y se las ingeniaban para lograr convertirse en auténticos trepadores de posición, todo gracias a rodearse de una panda de asesores desalmados que eran capaces de venderse por dinero y posición, lo peor de todo era que al carecer de cualquier tipo de dignidad y vergüenza, eran capaces de venderse a sí mismos.

Con trampas, al carecer de vergüenza, llegaron a los puestos más altos ejercitando sus mentes perversas en los países donde les dieron «bola», formándose en el conocimiento de la mejor manera de extraer lo más preciado, riqueza para ellos sin ser detectados.

Dominaron a la perfección la mentira, pusieron en práctica el mejor de los sistemas para crecer económicamente, poseer fama, aliarse con enemigos y vender parte del tesoro más preciado, vender a su propio país, primero esquilmando y consecuentemente empobreciéndolo.

Esto ocurría en varios países, pero cuando se produjeron desgracias por falta de protección a los ciudadanos es cuando se percataron claramente de que la gente ya no confiaba en ellos.

Muchos ciudadanos vivían alterados, y todo por las injusticias que se estaban cometiendo contra todos, algunos con bajos sueldos tenían que luchar con dos trabajos, dejándose la piel en el intento.

Las maledicencias, tapujos, mentiras y desprecios hacia los ciudadanos llegaron a cotas insoportables, ellos podían delinquir y no ser castigados, robaban y no les obligaban a devolver lo robado, siempre disimulaban el saqueo, envolviéndolos en falsos proyectos.

Por fin, con jueces no comprados, fueron juzgados, las evidencias eran muy claras y la culpabilidad les condenó a la expulsión, acompañados de sus fieles siervos, esos que se beneficiaron con ellos, logrando un enriquecimiento rápido y muy sustancioso gracias al saqueo continuado de las arcas del Estado. ¡Y por fin la condena los sentenció y se procedió a su ejecución!

Se había construido, en una isla muy lejana, la cárcel más segura para delincuentes políticos por saqueo y con resultados de muertes por falta de atención y seguridad a sus ciudadanos.

Estaba destinada a todos los altos cargos políticos que tenían que ver con el manejo del preciado, amado y reverenciado dinero que no era suyo, apropiándoselo. Todo porque ellos gobernaron para beneficio propio y no para los ciudadanos.

Ahora debían pagar con su condena en una isla inexpugnable y perdida, donde las aguas estaban infectadas de tiburones siendo imposible llegar por mar. Además las fuertes corrientes te arrastraban hacia los afilados arrecifes que rodeaban aquel grupo de pequeñas islas, así que los condenados eran trasladados por aire.

Los diferentes gobiernos contribuyeron a la construcción de esas cárceles en diferentes islas, con viviendas mínimas y precarias. Todos los condenados eran catalogados como corruptos y arrastraban casos muy detestables y aborrecibles para cualquier ser humano.

Solo la muerte, en su trance final, les concedería la dignidad que despreciaron durante la vida despreciable que llevaron llena de engaños, mentiras y excesos en todos los campos.

Las llegadas a la primera isla fueron constantes durante los primeros años, después se fueron añadiendo más islas a ese sistema penitenciario, y una vez colapsadas, se cerraban a la extracción hasta que cumplían sus condenas.

Recibían los alimentos por aire cada dos días, no tenían guardianes y ellos mismos debían gestionarse solos o llegar a acuerdos con otros condenados.

La primera isla fue un ejemplo para las siguientes, se instalaron familias solo de adultos, con hijos beneficiados como los testaferros por sus corruptos padres, así que al ser mayores de edad padecerían el doloroso castigo por haberse beneficiado del inmenso poder de sus «papaítos».

Actuaban como una auténtica mafia, con una cadena de favores tapándose los unos a los otros. Los muertos que les podían encausar desaparecían y así ellos gozaban del inmenso poder que les daba el dinero, que siempre tapaba bocas.

Los muertos siempre hablan y en muchas ocasiones ponen en bandeja a los forenses la verdad de esas muertes, sean del tipo que sean, incluso esos casos que pretendían pasar como suicidios, tapados por los detestables y malditos «intocables».

Esa condena les quitaba toda posición social, todos en la isla eran iguales, esta vez sí. No existían jerarquías entre miserables, eran los proscritos de los países donde practicaron sus repugnantes actuaciones, gracias a jugar con la política sin ser políticos, con total impunidad durante años.

Había que castigar de una manera implacable a esos seres detestables que tanto daño habían hecho a sus propios países y a sus ciudadanos.

No estaban en jaulas, estaban libres para recorrer la isla y poder sembrar las semillas proporcionadas. Para lograr alimentos tenían que autogestionarse en todo. Eran vigilados desde los centros de control de sus países y no necesitaban carceleros.

Los condenados por delitos, de infundios, por sus malos edictos, por sus arengas, creando mentiras de todo tipo, con la fama de personas conocidas para desviar la atención, debían permanecer callados durante 12 horas diarias, así que permanecían en silencio y se comunicaban con gestos.

Los que con su firma habían condenado a muchos por salvar a los auténticos culpables, debían mantener el cuidado de los corrales donde los cerdos vivían en sus pocilgas. Ellos debían estar atentos para que no enfermasen, pues animal perdido, animal no repuesto, y eso perjudicaría a toda esa comunidad.

Pasaba igual con las gallinas y las vacas, según el número de condenados, se les proporcionaban los animales. Era la maldita isla de los Proscritos.

Aquello era un verdadero infierno y sus cuerpos, mentes y fuerzas ya no eran las mismas de antes, pasados solo los seis primeros meses su aspecto los recordaba vagamente.

El castigo a los que delinquen en grado superlativo, con muertes a sus espaldas, deben vivir el amargo castigo por el dolor causado, creando víctimas con su inoperancia, siendo su deber cuidar y proteger a los ciudadanos.

Esto es solo una historia imaginaria. Surgió a partir de esas charlas que llegan a nuestros oídos y que muchos desearían para quienes consideran los verdugos de sus vidas, vidas a menudo empobrecidas por la falta de trabajo, que se ven abocadas al cierre de sus pequeñas empresas y, por tanto, a la imposibilidad de encontrar empleo en su propia tierra, lo que les lleva a plantearse marcharse a otros países.

Cuando existe la falta de seguridad en quienes nos dirigen, es la demostración de que no se está pensando en los ciudadanos.

Y esto es lo más sangrante y doloroso, las muertes de esos 46 hermanos que no debían de haberse producido, y todo por la falta de responsabilidad de los que estaban nombrados con puestos de relevancia.

Buenos sueldos pagados para darnos esa seguridad que nos estaban negando a todos. Y que esos 46 hermanos pagaron esta vez, además de los impuestos, con sus propias vidas.

El castigo a los culpables siempre es una cura a los dolores más intensos del corazón, de los que siempre serán las víctimas supervivientes de esas muertes con denominación.

Seamos fríos de mente, a pesar del dolor, y actuemos con justicia para que quienes con sus actos no sean conscientes de la responsabilidad que tienen en sus manos, se queden en su casa y piensen en las sillas vacías de los hogares donde se instaló el dolor ese fatídico día.

Debemos exigir ser tratados todos por igual ante la ley, es nuestro derecho cuando se cumple con la democracia consensuada por todos.

Todos nos beneficiaremos y agradeceremos esos nuevos vientos cálidos que nos sacarán de la frialdad mortal de los infiernos helados, producidos por esos malos tiempos que nos sumieron a todos un país en el dolor y la incertidumbre.

Unos personajes nefastos, sin honor, ni piedad, y lo más importante, sin pensar que dirigen la seguridad de todos los ciudadanos. Nunca más gente incompetente por no estar acreditados fehaciente sus conocimientos y preparación convenientemente.

Los amigos, en la calle, en los puestos de responsabilidad, solo los mejores, para que jamás ocurran casos irremediables. No todo lo arregla el dinero, tapa bocas por un tiempo ante el castigo, pero… Todos cantarán, tarde o temprano.

El amor a nuestros hermanos es la llave que abre nuestros corazones a los que sufren, y ante el juego de los indeseables, consultar vuestro entendimiento como ser humano. Los muertos siempre hablan, mientras los vivos piden justicia.

Ese proceder tiene un nombre: maltrato a la ciudadanía. Pero cuando viene de los que nos representan ante el mundo, ¿como se llama?

Dicen que está castigado por ley… Pero cuando dejas las huellas de tus zapatos en el barro por ayudar a los tuyos, es que las alarmas no funcionan, a pesar de estar pagadas y bien pagadas con los impuestos.

Esas 46 víctimas nos han salvado entregando sus vidas ese fatídico día, avisándonos de más posibles víctimas que se podrían producir al no asumir los deterioros que se están descubriendo.

Los castigos por la inactividad y por la pasividad deben ser ejemplares.
La mano del hombre es muy necesaria, la mente de los dirigentes debe ser brillante, tienen nuestra seguridad en sus manos y están fallando demasiado, y esto no se arregla con parches.

No dejemos todo en las manos de Dios. Y menos los que se jactaron ante todos de su laicismo. Lo mostraron cuando en la tierra de María Santísima la sangre de nuestros hermanos cubrió las vías de esos trenes en los que todos acudían seguros a sus hogares.

Pero no existió la seguridad que les vendieron al comprar los billetes, no se imaginaron que ese sería su último viaje. ¡Qué descansen todos, en la Paz de Dios!

Que este recuerdo nos ayude a todos a no olvidar jamás la desidia de quienes debían cuidar, guardar, mantener y proteger la seguridad.

Que el amor reine entre las gentes de bien y nos haga ser conscientes de nuestras responsabilidades.

¡Qué no se repita nunca más!

Responder

Your email address will not be published.

No olvides...

España y la izquierda hispanoamericana rechazan la apropiación de los recursos de Venezuela e "injerencias" en su futuro

La constitucionalización de Venezuela

Un análisis minucioso y normativo que plantea reflexiones y tiene en cuenta los dictámenes de la historia…

Inmigrantes

Muchos estadounidenses viven con la impresión de que su país ha sido objeto de una invasión de otros pueblos…

La lista, los presos y el petróleo

Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión…

¿Venderías balas a quien te apunta? La gran disputa de los cerebros digitales

El argumento que más convence a los expertos en seguridad establece que el dinero se puede recuperar, pero la ventaja…