Los griegos escribían en los capiteles de sus columnas frases lapidarias que luego nos han servido para pensar y crecer en los diferentes avatares de la vida. A veces son simples o pueden parecerlo, como ésta: “Nada en demasía”. Sin embargo el equilibrio en todo armoniza los comportamientos y nos hace fiables y comprometidos con la parte de historia que nos toca atravesar, no de cualquier manera, sino desde una libertad responsable.
La disciplina es indispensable para la libertad. Prescindir o abusar de ella desemboca en un desequilibrio proporcionado a la falta o al exceso de su ejercicio. Los poetas y artistas en general tienden a la anarquía que destruye los límites de su creatividad. Los dictadores o muy poderosos también: creen que son ellos la ley y desprecian cualquier encuadramiento social que no les pertenezca. Se equivocan. Sólo deja de ser peligrosa la anarquía cuando es consecuencia de un asentamiento disciplinario, de un ejercicio de voluntad dirigida al bien común. Lo contrario es un caos en lento suicidio que concluye con la desesperación de lo vano. Un don Guido machadiano que únicamente en el azar se arriesga, sabiendo que todo lo demás ya lo ha perdido.
En estos días se cumplen los 90 años del fusilamiento de Federico García Lorca. También fusilaron en Paracuellos a don Pedro Muñoz Seca y en muchos otros sitios a una multitud de frailes, monjas o sencillamente cristianos que tenían “la mala costumbre” de ir a misa. A éstos nadie oficialmente los celebra porque “bien merecido se lo tenían”, según escuché a un progresista hablando con “objetividad” de la guerra civil española, que el presidente de la ceja y los collares sacó a relucir a su sesgada manera.
Los poetas no tienen ideología. Van a su aire. En lo personal, en lo político y en lo religioso. Su obra es hija de las muchas sensibilidades que se cruzaron en su camino y no pueden detenerse en concreciones filosóficas. El mismo Federico que escribió la genial ocurrencia de un Antoñito Camborio, que se murió de perfil, también supo expresar que:
“Vuestras músicas vienen del alma
de los pájaros,
de los ojos de Dios, de la pasión perfecta”.
El mismo García Lorca que mató en Yerma al hijo que no pudo tener, dedicó a don Manuel de Falla un autosacramental significando a Cristo-eucaristía como “un panderito de harina” que al maestro, algo timorato en su sentir religioso, le pareció irreverente y ofensivo.
García Lorca son muchos García Lorca, según viniera de sofocar pasiones o de compartir con sus amigos del 27 conciertos de piano o lectura de poemas sorprendentes. En todos ellos Dios nunca estuvo ausente, sólo dormido. Prueba de esto lo refieren testigos del tristísimo día de su ejecución, en Víznar, cuando se le vino toda la vieja disciplina a la memoria y pidió un sacerdote mientras rezaba en voz alta con sus compañeros el padrenuestro de su infancia, que le había enseñado su madre y La Colorines en la Huerta de San Vicente.
No. Los poetas no son de nadie. Ni siquiera de ellos mismos. Escriben con acierto o extravió según el aire que les lleva o la pasión que les ciega. San Juan de la Cruz, vecino de paisaje y ansias de Federico García Lorca, escribió frente a la Alhambra, en sólo quince días, La Llama de Amor Viva, cuatro estrofas de amor inalcanzables que fueron admiración y propósito de aquella Generación extraordinaria. Miguel Hernández llevaba en su mochila de pastor las obras del santo carmelita como la mejor reliquia de su pensamiento.
… Ahora, los aprovechados de siempre, han elaborado una imagen de Federico García Lorca para pasearlo por las calles de Madrid, como si procesionara un santo milagroso. Ni santo ni milagroso fue el poeta granadino, mártir si de la ignominia vencedora que acabó con él, como la ignominia de los vencidos asesinó también a los de enfrente. Una tragedia común que los políticos usaron aviesamente en la fatal memoria colectiva. Pessoa lo había advertido con sensatez: “No debimos hacer más ruido que las hojas de los árboles en los pasos del viento”.