Trasnochadas reacciones y egoístas posturas dejan perplejas las buenas intenciones para quienes la diafanidad de la realidad no deja lugar a dudas sobre las innecesarias justificaciones a ultranza para entronizar una involucionada concepción por la envidia, por el deshonor, por el escozor que provoca el bienestar de los demás, repeliendo toda la razón y justificando conductas propias de las épocas más oscuras de la humanidad. Podemos leer en el evangelio (San Mateo VII, 6), la advertencia de no dar a los perros las cosas santas, ni echar perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y se vuelvan contra nosotros y nos despedacen.
Con la expresión no le des perlas o margaritas a los cerdos, se denota la pérdida de tiempo y de esfuerzo en hacer comprender a alguien cosas, situaciones o la visión del mundo o de la realidad, difícil de digerir y de imposible inteligibilidad para quienes no asumen una postura crítica constructiva o no tienen una visión latitudinaria para asimilar el pragmatismo de la existencia con fundamento en la nobleza de las cosas o en función de la justicia o la equidad. Pues el sentido de la proporción se encuentra distorsionado en el que un estrabismo inconsciente o manifiestamente confeccionado para tal fin, obnubila la percepción, empaña la razón o bifurca el raciocinio de manera acomodaticia para siempre negar aquello que es evidente y tangible.
En ocasiones el ser humano revela lo más sublime y espontáneo de su conciencia, sin malicia, sin premeditación, solo hace brotar de sus labios lo que su corazón siente, con la ingenuidad que le da creer en la buena fe de las demás personas. Pero en repetidas oportunidades, estas consejas son utilizadas por el hombre malicioso para perjudicar a sus congéneres, para justificar su propia malevolencia o para entorpecer la pureza del pensamiento en el encuentro del bien común.
Rechazar una postura autocrítica de nuestros procederes, solo por llevar la contraria, por no aceptar la propia mácula, por no reconocer el progreso de los demás, por no poseer luz propia, es el reflejo de la necrosis del alma, de la descomposición del espíritu y del grado más refinado de un sentimiento de envidia ante la evidente valía de nuestros semejantes. Ganar las posiciones en buena lid, obtener el mérito por esfuerzo propio, sin planear gambetas al hermano, es señal de querer evolucionar a un estadio más avanzado en la filosofía de la vida. Las paredes no tienen sentimientos; cuando nos lanzamos contra ellas lograremos lastimarnos y las caricias no les harán brotar sensibilidad. Alguien escribió alguna vez que “mientras más bondadosamente tratas a quien te odia, más armas le das para que te traicione”. Por eso, debemos ser cautelosos de no hablar a un necio sobre tópicos que será incapaz de apreciar.
“No hay mayor pérdida de tiempo que explicar la virtud a quien ha hecho del vicio su estandarte y de la envidia su único lenguaje.” Francisco de Quevedo
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor universitario