En este tercer capítulo del diario carcelario del interno Juan Antonio Flores que Fuentes Informadas viene aflorando, Flores se retuerce de rabia contando cómo empezó a enfermar gravemente en la cárcel de Soto, tras haber entrado sano y deportistas, y cómo nadie dentro le hizo el menor caso cuando una gravísima enfermedad empezó a hacer mella en su cuerpo.
A nadie le preocuparon sus sudores fríos, sus fiebres, su pierna sumamente hinchada, y cómo perdía visión y audición día a día y casi no se tenía en pie.
Tras un mes casi sin aliento, cada día más enfermo, sin saber el motivo, sin la debida atención médica, solo le daban aspirinas, Flores perdió la conciencia, y se despertó en el Hospital Gregorio Marañón, tras haber estado siete días en coma. Entre la vida y la muerte.
En solo un mes, un tumor había ascendido desde la rodilla de una de sus piernas hasta el muslo y casi la cadera. Los médicos del Marañón le pusieron una prótesis de fémur, pues se lo había comido la infección tumorosa que durante un mes creció con rapidez. Además, la más peligrosa de las diabetes, la 1, se había apoderado de él y se lo comía por dentro. Y solo le mandaron aspirinas.
Juan Antonio Flores, hoy de de 44 años, estaba en ese momento en la prisión de Soto del Real, adonde ingresó con una pena de 9 años por un delito económico. Así recuerda aquellos días previos al ingreso urgente en el Hospital Gregorio Marañón. Sobrevivió de milagro.
«Hay un momento exacto en prisión donde uno deja de esperar ayuda. No ocurre de golpe. No hay una escena dramática.
Simplemente un día entiendes que, si caes, la mayoría seguirá caminando por encima de ti. Y yo empecé a entenderlo en el Centro Penitenciario Madrid V, Soto del Real, mucho antes de acabar conectado a máquinas sabitarias.
Porque dentro de prisión los rumores viajan más rápido que cualquier funcionario. Más rápido que los médicos. Más rápido incluso que el miedo. Recuerdo perfectamente aquellas conversaciones en voz baja en el patio. Los corrillos. Las medias sonrisas. Las frases lanzadas como quien comparte un secreto prohibido.
Recursos milagrosos. Contactos. Favores. Resoluciones imposibles que aparecían de repente. Internos que entraban hundidos y desaparecían del módulo poco después sin que nadie entendiera demasiado.
Yo escuchaba todo aquello con distancia. Porque todavía conservaba algo que dentro es peligrosísimo mantener: ingenuidad.
Aún creía en las normas. En los procedimientos. En la lógica.
Qué equivocado estaba.
Porque prisión tiene sus propias reglas no escritas. Y allí dentro, en teoría, hay muchas cosas que no deberías hacer si quieres sobrevivir tranquilo.
No debes preguntar demasiado. No debes denunciar demasiado. No debes escribir demasiado.
Y no deberías generar ruido, tener periodistas cerca. No deberías tener abogados entrando y saliendo constantemente.
Eso es lo que se supone que debes aprender rápido. Pero a mí me daba igual. Y ese fue probablemente mi verdadero problema. Porque yo seguía escribiendo. Seguía denunciando. Seguía preguntando. Seguía removiendo cosas que muchos preferían mantener enterradas.
Nunca aprendí a agachar la cabeza.
Y cuando un interno empieza a convertirse en alguien incómodo, deja de ser tratado como una persona para convertirse en otra cosa: una molestia.

Y las molestias se apartan. A veces con expedientes. A veces con traslados. A veces con aislamiento psicológico.
Y otras veces simplemente dejando que el tiempo haga el trabajo sucio mientras alguien se deteriora delante de todos.
Eso fue lo más duro de asumir después. Que mi grave deterioro físico no ocurrió en una noche. Fue lento. Escandalosamente lento.
Mi cuerpo se iba apagando delante de funcionarios, internos, entrenadores, compañeros de taller y personal del polideportivo. Y aun así, durante semanas, nadie parecía ver nada. Sentía que me estaba muriendo poco a poco, y nadie hacia nada. Ni los médicos.
Recuerdo terminar entrenamientos completamente mareado. Tener fiebre y seguir trabajando. Sudar frío durante horas. Vomitar. No poder estar en pie algunos días. Y aun así seguí adelante. Sin que nadie se preocupara de mi estado. El médico me dio aspirina para el dolor de la pierna inflamada. Luego se vio que tenía un cáncer.
Dentro aprendes rápido que mostrar debilidad puede convertirte en presa.
La cárcel tiene algo perverso: incluso cuando estás destruido, intentas aparentar fortaleza. Hasta que el cuerpo ya no puede más. Cuarenta y cinco kilos.
A veces todavía cierro los ojos y recuerdo mis propias manos. Los huesos marcados. La cara hundida. Las piernas temblando al subir unas escaleras. Parecía un enfermo terminal caminando entre muros de hormigón.
Y mientras tanto, alrededor seguía funcionando la rutina absurda de prisión.
Los recuentos.
Los horarios.
Los gritos.
Las puertas metálicas.
Las órdenes constantes.
La maquinaria nunca se detiene aunque alguien se esté muriendo dentro. Eso es lo verdaderamente aterrador. Que el sistema aprende a convivir con el sufrimiento hasta volverlo invisible.
Especialmente cuando eres preso. Porque entonces dejas de llamarte por tu nombre. Pasas a ser un número. Un expediente. Un coste.
Y cuando finalmente apareció la septicemia, ya era demasiado tarde para evitar el desastre. Más de dos litros de pus dentro del cuerpo. Todavía hoy algunos médicos me han reconocido después, casi en voz baja, que sobrevivir a aquello fue prácticamente un milagro.
Pero lo peor vino después.
Despertar del coma no fue un alivio. Fue otra condena. Desperté rodeado de policías. Vigilado permanentemente. Con hierros atravesándome la pierna como si fuese un animal peligroso.
Y recuerdo pensar algo que jamás olvidaré: “Si hubiera muerto aquí dentro, probablemente todo habría seguido exactamente igual». La sensación de haber estado a centímetros de desaparecer sin que realmente ocurriera nada.
Sin responsables. Sin consecuencias. Sin explicaciones. Después llegó la diabetes. Y con ella empezó la verdadera destrucción silenciosa.
La gente no entiende lo que significa despertarte cada día sabiendo que tu propio cuerpo se va deteriorando poco a poco. La visión. El oído. El cansancio permanente. El miedo constante a otra complicación.
La prisión terminó el día que crucé la puerta hacia fuera (en la actualidad se halla huido de la prisión por desatención médica). Pero la condena física se quedó conmigo.
Y entonces entendí otra cosa. Que la verdadera guerra ya no estaba dentro de Soto del Real. La verdadera guerra empezaba fuera.
En juzgados. En informes médicos. En despachos. En ruedas de prensa. En escritos interminables.
El sistema rara vez responde con autocrítica. Normalmente responde cerrando filas. Y ahí descubrí algo todavía más duro que la propia prisión:
El inmenso poder del silencio institucional. Ese silencio frío donde nadie reconoce nada, nadie vio nada y nadie recuerda nada. Pero yo sí lo recuerdo. Cada puerta. Cada fiebre. Cada noche pensando que no llegaría vivo a la mañana siguiente.
Por eso escribo.
Porque hay historias que algunos necesitan enterrar para seguir fingiendo que nunca ocurrieron.
[28/5, 20:00] Juan Preso Bueno: Capítulo IV – Los directores: “caciques sin caballo” que siguen apretando
[28/5, 20:01] Juan Preso Bueno: Cuando regresé del hospital a Soto del Real entendí algo todavía más peligroso que la propia enfermedad.
El sistema nunca reconoce el daño. Lo maquilla. Lo esconde. Lo administra.
Después de despertar del coma, después de la septicemia, después de sobrevivir con más de dos litros de pus dentro del cuerpo y quedarme físicamente destruido, regresé a prisión esperando encontrarme exactamente lo mismo que había dejado antes de entrar en el hospital.
Pero no. De repente todo era amabilidad.
Funcionarios preocupados. Sonrisas forzadas. Preguntas constantes sobre mi estado. Conversaciones suaves. Un ambiente artificialmente tranquilo que no se parecía en nada a lo vivido semanas atrás mientras mi cuerpo se apagaba lentamente delante de todos.
Y ahí entendí lo que realmente estaba ocurriendo.
Muchos de los médicos anteriores ya no estaban (los echaron a todos). Determinados responsables habían desaparecido del escenario. Y alrededor de mí empezaba a construirse una especie de teatro cuidadosamente diseñado para transmitir normalidad.
Pero yo ya no era ingenuo. Sabía perfectamente que aquello no era humanidad.
Era miedo. Miedo a mis posibles denuncias. Miedo a que todo aquello terminara fuera de los muros. Porque cuando un interno está a punto de morir bajo custodia, el problema deja de ser únicamente el preso.
Y entonces empezó otra guerra mucho más silenciosa. Más sucia. Más difícil de demostrar. Porque la prisión no siempre destruye de forma visible.
A veces destruye lentamente. Desde dentro. Día a día. Con pequeños castigos invisibles. Con órdenes que nunca aparecen escritas en ningún papel.
Con directores convertidos en auténticos caciques sin caballo, capaces de controlar absolutamente cada aspecto de tu vida a través de subordinados, jefes de servicio y funcionarios que terminan ejecutando dinámicas donde el objetivo deja de ser la reinserción y pasa a ser el desgaste.
Cuando te conviertes en un interno incómodo, eso se nota.
Se nota en todo. En cómo te miran. En cómo te hablan. En cómo retrasan cualquier cosa mínima. En cómo convierten cada día en una prueba psicológica.
Es terrible, pero no hace falta pegar a un preso para destruirlo. Basta con hacer que su existencia sea insoportable.
Y eso fue exactamente lo que sentí después.
Antes de trasladarme de Soto a Navalcarnero me enviaron al módulo 5 de Soto del Real. Dentro de prisión todos entienden el mensaje que hay detrás de determinados movimientos.
Los módulos también son castigos encubiertos.
Las clasificaciones internas. Los cambios. Los destinos. Todo forma parte de un lenguaje silencioso que los internos terminan aprendiendo rápidamente».
Enhorabuena, artículos como los de esta serie, en EE UU hubieran sido merecedores del Pulitzer.
Así es.
Es un artículo y una historia de prisiones totalmente muy buena que deja a sgip a pecho decubierto con todas las tropelias que hacen y todos saben y callan pero aun así todo el mundo sabe.
gracias por contarlo.
Es desgarrador la poca humanidad de prisiones
Cuanta verdad es la opacidad legendaria de las prisiones y alguien con cojones que diga la verdad..si todos fueran así.
Pero cojones como Flores hay pocos.
Lo increible es que los jueces y nadia haga nada nunca..que pena de injusticias
Debería ser obligatorio poder publicar todos los presos sus atropellos por IIPP
Es la mejor historia y con tanta verdad que vimos en Soto del Real y como funcionarios jamás pudimos alzar la voz.
Pues cagones hablar y dejar de agachar la cabeza peazo mariconas mascarriles sois mal fin tengas todos los abrepuertas
Así son los funcionafios i directored mala raza
Ojú picha el Flores.
Que fenomeno es y olé el.
Se las hicieron pasar putas que tio mas cojonudo.
Achooo de su colega el murcianico eres el mejor Flores.
Gracias por todo lo que hiciste y haces.
No te olvidamos
Pedro
Flores, te conozco bien. He visto cómo muchos hablan y pocos hacen, pero tú siempre has estado ahí, dando la cara cuando otros se escondían.
Por mucho que algunos lo intenten, no van a apagar la luz que has encendido entre tanta oscuridad. Has dado esperanza a mucha gente cuando más la necesitaba y has peleado por quienes no tenían voz.
Eso no se compra ni se impone. Eso se gana.
Mi respeto, hermano. Sigue igual. Los de verdad sabemos quién eres. La chachi de los mejores.
Tu si que harias el Documental del siglo ni entremuros ni pollas compradas.
Vamos Plas..Eres el mejor lo sabemos
Esta historia me tiene con el cerebro pensando y destrozado en lo que quizas vivió mi padre y jamas me pudo contar.
Que ignorantes somos .
Es vergonzoso que la sociedad permita esto y no salga a la luz en todos los medios y encarcelen a los autores del maltrato
Es la mejor persona y profesional de Automoción pero quizás la gente no tiene ni puta idea.
Juan es el mejor nuestris mejores deseos y sabemos que es capaz de todo.
Ánimo te conocemos de muchos años y siempre contigo.
Eres invencible.
Ese quillo esta para darle poesia por la noche y abrazos a mediodia..guapo oara mojar aceite y amor a ese hombre.
y con taras y virtudes mejor.
Somos fan tuyo ya por tu valor.
Ánimo Flores.
Nosaltres ho tenim clar: si algun dia es crea un club de fans d’en Flores, nosaltres serem les primeres a apuntar-nos.
Per la seva valentia, per no abaixar mai el cap, per dir el que molts callen i per continuar dret quan tot semblava perdut.
Hi ha homes que passen desapercebuts, i després hi ha en Flores. Amb les seves virtuts i els seus defectes, però sempre autèntic. Un paio amb caràcter, dels que ja gairebé no en queden.
Des de Catalunya, tot el nostre suport. I sí, també direm una cosa que moltes pensen: a més de tenir coratge, és un tio ben plantat.
Força, Flores. La fidelitat no es demana, es guanya. I tu te l’has guanyada.
esta informacion es la champions de la prensa que alegria
Flores,
Hemendik, Euskal Herritik, besarkada handi bat bidali nahi dizugu.
Ez dakigu zer etorriko den bihar, baina gauza bat argi daukagu: ez zaude bakarrik. Jende askok ikusten du zure indarra, zure duintasuna eta zutik jarraitzeko duzun kemena.
Eta inoiz atseden hartu behar baduzu, hemen izango gaituzu. Gure atea zabalik duzu beti. Hemen etxea aurkituko duzu, hitz on bat, kafe bero bat eta entzuten dakien jendea.
Bizitzak kolpeak ematen ditu batzuetan, baina badira amore ematen ez duten pertsonak. Zu horietako bat zarela iruditzen zaigu.
Zaindu zeure burua. Euskal Herrian lagunak dituzu.
Muxu handi bat eta animo asko.
Hola, soy Flores.
Quiero aprovechar estas líneas para dar las gracias de corazón a este medio por haberme dado algo que muchas veces se les niega a quienes han vivido determinadas situaciones: la oportunidad de contar su verdad.
También quiero agradecer profundamente cada mensaje, cada comentario y cada palabra de apoyo que estoy recibiendo. A personas que me conocen desde hace años, a quienes coincidieron conmigo entre muros y también a quienes he tenido la suerte de conocer durante este camino. Algunos llegaron a mi vida en los momentos más difíciles y, sin saberlo, dejaron una huella que me acompañará siempre.
La prisión te enseña muchas cosas. Entre ellas, a distinguir quién está cuando todo va bien y quién permanece cuando todo se derrumba. Entre muros conocí dolor, decepciones y momentos que jamás olvidaré, pero también encontré amistad, lealtad y personas extraordinarias que me aportaron mucho más de lo que ellas mismas imaginan.
Por eso, cada muestra de cariño tiene para mí un valor inmenso. Porque sé que nace de gente que conoce la realidad. De personas que saben que la verdad tiene un solo camino y que muchas veces la verdad que se vive dentro de los muros no es la misma que se cuenta fuera de ellos.
Gracias a quienes me apoyan sin pedir nada a cambio. Gracias a quienes han alzado la voz cuando era más fácil callar. Gracias a quienes siguen creyendo que la dignidad, la justicia y la humanidad no deberían quedarse nunca al otro lado de una puerta cerrada.
No sé qué traerá el mañana, pero sí sé una cosa: jamás olvidaré a las personas que caminaron conmigo cuando el camino era más difícil, amigos familia esposa e hijos.
Eso es lo que jamás se olvida de verdad.
el resto son Vaniloquios.
Mi gratitud es infinita.
Un abrazo enorme para todos.
Flores.
Creo sinceramente que, si se publica como respuesta a los lectores, transmite cercanía, agradecimiento y emoción sin caer en exageraciones, y refleja muy bien la idea de que los vínculos creados «entre muros» únicos , reales, verdaderos y suelen ser de los más auténticos que una persona puede encontrar.
Mil gracias estoy emocionado.
Pued no te emociones flores te lo has ganao de verdad ole.vosostros desde sevilla y cordoba.
En foncalent son asesinos igual
Es lo mejor y mas real que leí en años..
Guauu que pasada de artículos.
Son unos putos asesinos a sueldo y sin castigo del gobierno
Sos Ni un Reo menos!!
salud real para los presos