Durante los últimos lustros, los más de 8.000 presos que albergan las cárceles de Madrid han tenido un referente dentro de la justicia penitenciaria. Los presos, incluso los nuevos, han oído a los más veteranos hablar de ‘san Beltrán’.
Es un juez atípico, muy inteligente, podía ponerse temerosamente serio y, las más de las veces, muy comprensivo, buena gente… Es religioso.
Dijo de él un ministro juez de Zapatero que, aun siendo de Derechas, en sus resoluciones se pasaba «por la izquierda a los más izquierdosos».
Como máximo jefe judicial penitenciario de Madrid, san Arturo, también le llaman así los presos, ha creado jurisprudencia penitenciaria. Él fue el que casi absolvió al Dioni hace muchos años y quien llevó la organización del juicio del 23F. Su origen es militar, y de ahí saltó a la judicatura.
El famoso juez Marchena ha confesado que antes de resolver lo del tercer grado que se les había dado en Barcelona a los presos de procés catalán, leyó abundantes resoluciones del juez Arturo Beltrán.
Sus decisiones son alegadas como jurisprudencia por abogados de toda España ante sus respectivos jueces de vigilancia.
Apenas hay jurisprudencia del Supremo en temas de esta índole. ‘San Beltrán’ era la avanzadilla. Y valiente en sus decisiones.
Tras la en general consabida negativa de las prisiones y miméticamente después de los jueces de vigilancia a estimar las quejas o peticiones de los internos, estos sabían que arriba, en la Audiencia de Madrid, estaba «san Beltrán».
Beltrán no tenía empacho en dar permisos de salida a internos que llegaban vetados por la cárcel, por el juez de vigilancia y hasta por el fiscal. Decía que todos los internos merecían una oportunidad. Y que de ellos dependía suavizar la pena, permisos, o endurecerla, no permisos.
Muchos días, el despacho de Arturo Beltrán se convertía en una sucesión de madres o esposas de presos que se atrevían a visitarle en el tribunal para pedir por sus hijos. Habían oído de él que no echaba a nadie a patadas de su despacho.
Las recibía. Pocos jueces hacen eso.
Y las oía. «Le voy a dar el permiso a su hijo, pero dígale, que si se porta bien, vendrán uno tras otro… pero que no habrá más si actúa mal en la calle, y a usted le encargo que esté atenta a él «. Esto lo presenció quien suscribe esta información.
En las cárceles le llamaban, y aún le llaman, recientemente se jubiló, «don Beltrán» o «san Arturo».
Su nombre en realidad es Arturo Beltrán Núñez, quien hasta hace poco era el presidente de la sección de la Audiencia de Madrid que tramita las quejas y peticiones de los internos, la 5ª. Los superiores de los jueces de vigilancia.
Es el tribunal que sin recurso ulterior revoca o ratifica las resoluciones de los seis jueces de vigilancia que hay en Madrid.
En más de una ocasión, el magistrado Arturo Beltrán, cabreado, revocó decisiones de juzgados de vigilancia penitenciaria que negaban pretensiones a internos con meros formularios fotocopiados de resoluciones sin motivación alguna en las que sólo se cambiaba el nombre del preso.
Este periódico tiene en su poder, a título de simple ejemplo, resoluciones de fotocopia del juzgado de vigilancia 6 de Madrid, cuya titular es Gracia Paracuellos.
Y otras muchas, de este y otros juzgados, en las que sin motivación alguna el único análisis que se hace de las quejas o aspiración del interno es nada de riesgo y en todo sí a lo que diga el centro penitenciario.
Esto lo saben y lo sufren los presos, como también conocen y padecen que los jueces de vigilancia, la inmensa mayoría, no se mojan. Es lo fácil. Dar un permiso contra el fiscal o la cárcel hay que motivarlo bien. Y eso es trabajo.
Una de las certidumbres del magistrado Beltrán, o san Arturo, es que en su sueldo entraba la equivocación y el riesgo razonable, porque de lo contrario (no arriesgarse, decir no a todo) los grandes perjudicados son los internos en su conjunto.
Por miedo se les veta la opción del permiso o progresión de grado y la consiguiente readaptación social.
Por eso, entre otras razones, durante decenas de años lo internos de Madrid sabían que la Sección Quinta siempre era una esperanza (su actual presidente y relevo, Pascual Fabiá Mir, es, también, del sentir humanista de la judicatura, y junto a Arturo Beltrán ha firmado muchas de las resoluciones que sorprendían gratamente a los internos madrileños.
El preso enfermo que se vaya a morir a su casa, con su familia, a morir dignamente… No hay que retenerle en la prisión hasta su agonía. Así piensa la Audiencia de Madrid de Arturo Beltrán y Pascual Fabia Mir.
El interno, en la actualidad fugado, Juan Antonio Flores ha remitido a este periódico una carta sobre el magistrado Beltrán. Asegura que le empezó a gustar el Derecho leyendo resoluciones de «don Beltrán» que necesitaba para hacerles recursos a otros presos que no sabía ni cómo empezar un recurso cuando la prisión le denegaba sus derechos.
A Flores le destrozaron la salud en la cárcel de Soto. Era un deportista. Hoy tiene concedido oficialmente el máximo grado de dependencia. En la cárcel no le llevaban a los médicos por sus muchas patologías, la peor, la diabetes tipo 1 que cosechó en prisión.
Ahora le dan detectado un cáncer fruto del maltrato sanitario que recibió en Soto del Real. Luego vino a empatarla con él el actual director de la cárcel de Meco, el inefable Pepe Comerón.
Esta es la carta al magistrado Beltrán, literal:
«Yo no hablo desde fuera, hablo desde dentro, desde lo que he vivido en Soto del Real, en Valdemoro, en Alcalá Meco, en Navalcarnero. Y en lo que he escuchado en la calle de internos de Aranjuez y Estremera.
Allí aprendes muy rápido que la palabra reinserción muchas veces no se parece a la realidad, donde los días pesan, donde los “no” o los «no procede» se acumulan, y es lo habitual donde hagas lo que hagas parece que nunca es suficiente.

Donde las juntas de tratamiento deciden sobre tu vida sin conocerte de verdad, en ocasiones ni ponen cara a tu expediente y muchas veces de forma arbitraria, mirando solo papeles, y donde después esas decisiones son confirmadas por jueces de vigilancia que ni siquiera te han visto la cara.
Jueces que no te han escuchado, que no te han preguntado quién eres, y así todo se va cerrando poco a poco, sin aire, sin margen, sin esperanza.
Y en medio de todo eso había algo que rompía esa rutina de derrota, algo que se repetía todos los días en los patios, en los módulos, en voz baja y también en voz alta, como si fuera lo único a lo que agarrarse: “Beltrán”.
No era un apellido más, no era un juez más, era otra cosa, era la sensación de que por fin alguien iba a mirar de verdad, de que por fin alguien iba a entender que detrás de un expediente hay una persona, pero también una familia, una pareja, unos hijos, una vida entera que no cabe en un papel.
Yo escuché su nombre tantas veces que dejó de ser un nombre y pasó a ser casi una esperanza, una referencia, algo que cambiaba el ánimo de la gente solo con oírlo.
“A ver si cae en Beltrán (el recurso) ”, y en ese momento algo dentro se encendía, porque sabías que si llegabas a él no ibas a ser un número más.
Arturo Beltrán Núñez no se quedaba en el despacho como otros, escuchaba, atendía, miraba a las familias, a las parejas, a los hijos, algo que dentro parecía inaudito, adelantado a todo, profundamente humano.
Porque entendía que no estaba tratando solo con delitos, estaba tratando con vidas. Y eso dentro se siente como un golpe, porque no es solo una resolución, es alguien que te devuelve la dignidad, alguien que te dice sin decirlo que todavía puedes cambiar, que todavía puedes demostrarlo.
Yo lo he visto, lo he vivido, he visto a gente destrozada empezar a levantarse, he visto a gente empezar a desengancharse de la droga cuando por fin alguien confiaba en ellos, he visto cómo un permiso no era salir unos días, era empezar a salir de verdad.
Era enfrentarte a ti mismo y decidir que no querías volver atrás, y eso no pasa porque sí, eso pasa cuando alguien toma una decisión valiente en el momento justo.
Lo fácil es decir que no, lo fácil es no complicarse, lo fácil es seguir la inercia de un sistema que muchas veces no mira a la persona, pero lo difícil es hacer lo que hacía Beltrán, confiar, arriesgar, decidir con humanidad y con criterio, y eso no es debilidad, eso es justicia de verdad.
Yo no olvido ese nombre repitiéndose cada día dentro, “Beltrán”, como si fuera la única puerta que no estaba cerrada, como si fuera la prueba de que no todo estaba perdido, y a mí me marcó, me marcó de verdad, porque en medio de todo ese ambiente donde lo normal es rendirse, ver que alguien dentro del sistema hacía las cosas bien te cambia por dentro…
Te despierta, te hace querer entender, te hace querer hacer algo distinto con tu vida, y en mi caso fue así, yo estudié Derecho gracias a él, gracias a su forma de decidir, a sus sentencias, a su manera de entender la justicia.
Me enseñó sin conocerme que la ley también puede servir para levantar a alguien y no solo para hundirlo, que se puede aplicar con humanidad sin dejar de ser firme, y eso es algo que no se olvida nunca.
Habrá quien no lo entienda, pero yo lo tengo claro porque lo he vivido, negar por sistema no cambia a nadie, cerrar puertas no arregla nada, mientras que una oportunidad a tiempo puede salvar una vida, y eso no es teoría…
Eso es lo que yo he visto en cada uno de esos centros, en cada persona que consiguió salir adelante cuando alguien decidió no rendirse con ella, por eso cuando hablo de Arturo Beltrán Núñez no hablo de un juez, hablo de algo mucho más grande, hablo de alguien que dentro se convirtió en lo que casi nunca existe allí: una razón para volver a creer».