Los bosques, como las personas, como las ideas, tienen su ciclo de ramas poderosas y de hojas muertas. En los bosques hay lobos, zorros, promesas escondidas en el ramaje y lunas que se quedan dormidas. Cada bosque conserva sus propias humedades y queda indefenso cuando el sol aparece. En el bosque, algunos pájaros rematan sus nidos en la noche.
Si no llega a ser porque en las inmediaciones de El Pardo se vieron el expresidente Zapatero con el amigo al que dos días después encarcelaron, aquellos Reales Sitios gozarían de la quietud de la lluvia que les amansa en los inviernos.
Dentro de sus anchas arboledas se construían Pabellones de Caza que luego los Reyes disfrutaban casi a diario, como Carlos III. Algunos, como el de El Pardo o en Segovia el de Riofrío, terminaron en palacios. En el segundo se guareció Alfonso XII para espantar el sufrimiento de su pronta viudedad; en el primero, murió él mismo con 27 años mientras la Reina Cristina, para disimular, asistía a un concierto embarazada…
Desde los bosques de El Pardo organizó Franco sus cacerías políticas y, en el 75, aseguran que doña Carmen, ya señora de Meirás, pidió al Rey Juan Carlos que la dejara en el palacio donde tanto había vivido hasta que Dios la llamara porque, a edades como la suya, era complicado encontrar un piso que le sustituyera. No le fue concedido y hoy es museo de ingratitudes y reclamo infinito de sorpresas.
En el siglo XXI no se construyen Pabellones de Caza porque, entre otras cosas, las piezas ya no se dejan sorprender tan fácilmente.
Y ESPESURAS… SIN TRANSPARENCIA
Como los Gobiernos tienen en sus manos las más refinadas tecnologías (en estos tiempos conceden una medalla al mérito que sea y la llenan de microchips para controlar las voces o los pasos del homenajeado), el Nuestro decidió vallar determinadas espesuras de los Bosques de El Pardo para que el expresidente Zapatero descargara allí sus rifles preparados sin que nadie escuchase los ruidos. Y ya que estamos con San Juan de la Cruz en sus bosques y espesuras, insistamos que entre encinas impenetrables se citó el expresidente con su presunto testaferro para darle “aquello que me diste el otro día” y que está consignado en las últimas estrofas del Cántico Espiritual sanjuanista: “Y luego a las subidas cavernas de la piedra nos iremos, que están bien escondidas… Allí me mostrarías aquello que mi alma pretendía, y luego me darías allí tú, vida mía, aquello que me diste el otro día”… Es de suponer que el insigne mediador iba ya con la mano preparada.
Los diferentes negociados reclaman el escondite de las espesuras y sofisticadas escopetas de silencio y, si por un casual, alguien se queja o sospecha en este caso concreto, asegurar que se trataba de dos conejos de Plus Ultra que pasaban por allí con pretensiones de vuelo, sin dejar antes una huella de complacencia generosa.
Ellos y otros se preguntan ¿para qué es preciso tener cobertura en estas cacerías tan bien organizadas?, que luego vienen los judíos, marroquíes o entrometidos comisarios y se enteran de lo que no deben, espantando los vuelos de las perdices o el salto inverosímil de las liebres. De esta manera, no es necesario luego borrar a toda prisa los mensajes.
MANO… GRANDE PARA QUE TODO QUEPA
Zapatero tuvo la desgracia de que le mataran a su abuelo socialista los nacionales. Aunque el materno, médico y franquista, no le marcó tanto como aquella injusticia perpetrada sobre las estrellas del capitán Rodriguez, rojo como el rubí que brota de la sangre. Con su ley de Memoria Histórica dejó al abuelo materno descalificado y Zapatero se echó al monte (entre otros al de El Pardo) para que su inocencia de Bambi, como le calificó generosamente Alfonso Guerra, se desarrollara en la cornamenta que a su clase de ”ciervo vulnerado” le correspondía.
“¡Oh bosques y espesuras / plantados por la mano del Amado!”, escribió San Juan de la Cruz en su mejor libro de refinamiento místico. Zapatero, en el furtivo encuentro con el amigo escondido, no olvidó lo de “la mano del Amado” y puso la suya en las espesuras de El Pardo, sin cobertura y sin testigos molestos, porque las cacerías, ya lo advertí, requieren silencios impenetrables, vientos callados, teléfonos inútiles… no vaya a ser que por una tos inoportuna, vuelen los pájaros. Y digan que “ellos no han sido” los presidentes de los bancos u otros presidentes.
…Desde entonces, Caperucita, que por allí paseaba, ya no se atreve con los bosques de El Pardo. Y mucho menos sabiendo que no le sirve el GPS.
Pedro Villarejo