CRISANTO GREGORIO LEÓN
La transformación es rápida y, casi siempre, dolorosa. Ayer era tu compañero, tu aliado en los pasillos, el colega que compartía contigo las frustraciones con los superiores. Exhibía una afabilidad casi calculada, una sonrisa que generaba confianza y un discurso de trabajo en equipo que te hacía pensar: “¡Qué gran persona! Ojalá algún día sea nuestro jefe.” Y un día, lo fue. Ocurrió lo que tanto anhelaba, lo que tanto proclamaba desear para “beneficio de todos”. Pero no se estrenó como un líder, ni como un mentor. Se estrenó como lo que realmente era: un jefe malvado.
En el momento en que recibió el ascenso, se operó una suerte de mutación, una revelación brutal de su verdadera naturaleza. Lo que parecía un “Dr. Jekyll” de modales impecables, se despojó de la máscara y se mostró en todo su esplendor como el “Mr. Hyde” que en realidad es. Su principal característica al “estrenarse” como jefe no es la sabiduría o la humildad, sino el deseo irrefrenable de dar latigazos. Es una necesidad de demostrar que el poder no se negocia, que no tiene amigos en la jerarquía, que se ha olvidado de Dios y de las promesas de bienestar para su equipo. Ha utilizado su antigua camaradería solo como una estratagema para trepar, una astuta maniobra para alcanzar su trono y desde allí, revelar su lado oscuro.
Esta figura no es un líder, sino una perversión de este rol. Nos encontramos frente a una evolución negativa del líder autocrático. Este tipo de jefe ejerce un poder absoluto, sin delegar y sin considerar las opiniones de su equipo. Pero su toxicidad emerge cuando esta autocracia se despoja de toda ética y empatía.
El “jefe malvado” se adhiere a un patrón de liderazgo tóxico. Este estilo de gestión se define por un comportamiento que causa un daño persistente al bienestar de los subordinados y al funcionamiento de la organización. A diferencia de un líder simplemente ineficiente, el líder tóxico busca el control a través de la intimidación, el abuso de poder y la humillación. Sus motivaciones no son la visión compartida, sino el control personal, el miedo y la manipulación para alcanzar sus propios fines. Su objetivo no es guiar, sino dominar.
Para ilustrar este punto, piense en la fiscalía. Es común ver cómo un simple auxiliar, un fiscal encargado o provisorio, se desvive por demostrar su vocación de servicio. Pregona la defensa de los derechos humanos, la justicia para los desamparados, la humanidad que debe prevalecer sobre la ley fría. Condena la rigidez del sistema que pisa al hombre por un error circunstancial, defiende al débil y se muestra como el guardián de la ley. Sin embargo, en el momento en que logra ese puesto tan anhelado y se convierte en titular, ocurre lo impensable. No solo se olvida de sus principios, sino que aplica con fervor la misma rigidez que criticaba. Aquel que pregonaba humanidad, ahora se muestra inflexible, desprovisto de piedad, castigador implacable y tirano en la oficina, todo para demostrar su nuevo poder.
Lo que presenciamos no es solo un cambio de actitud, sino la manifestación del Síndrome de Hubris, una patología del poder. Como bien dice el refrán popular, “dale poder a Juancito y conocerás a Juancito”. Este síndrome se caracteriza por un comportamiento excesivamente arrogante, una confianza desmedida y un desprecio por la opinión y el bienestar de los demás. El poder intoxica la mente, distorsionando la realidad y haciendo que quien lo ostenta se sienta superior a las leyes y a la moral. El nuevo jefe malvado no es solo un tirano, es una víctima de su propio poder, y en su afán por controlarlo todo, termina perdiendo la humanidad que alguna vez fingió tener.
Y en esa dominación, se esconde la gran paradoja del poder: aquel que aspira a mandar sobre todos, se convierte en esclavo de su propia arrogancia. La oficina se convierte en un campo de batalla, la moral se desvanece y el talento busca otras puertas. Porque el verdadero liderazgo no se basa en el poder de dar órdenes, sino en la autoridad moral de inspirar.
“Un líder es mejor cuando la gente apenas sabe que existe. Cuando su trabajo está hecho, su meta cumplida, dirán: lo hicimos nosotros mismos.” – Lao-Tzu
Crisanto Gregorio León – Profesor universitario
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