La sonrisa de Laia Sanz al regresar del Rally Dakar lo dice todo. En su primer año con Ebro, la piloto catalana cerró la prueba dentro del top 20, un resultado que valora como muy positivo teniendo en cuenta el contexto. Proyecto nuevo, coche nuevo y un equipo que empezó a construirse con poco margen. Aun así, todo encajó. Y eso, en el Dakar, no es poca cosa.
Sanz reconoce que llegaba a Arabia Saudí sin referencias claras. “No sabíamos dónde estábamos”, admite. Por eso, terminar vigésima supone un paso firme en la dirección correcta. Especialmente después del duro golpe del año anterior, cuando tuvo que abandonar por un problema con la jaula de seguridad. Acabar el Dakar volvió a ser una prioridad emocional y deportiva. Esta vez, lo logró con solvencia.
La experiencia también refuerza una de sus grandes virtudes: la regularidad. En 16 participaciones, ha terminado 15 Dakares. Un dato que respalda su discurso cuando habla de fiabilidad y compromiso. Para Laia, acabar no es solo llegar a meta; es demostrar que el trabajo serio y constante sigue dando frutos, incluso cuando el reto cambia de categoría y de dinámica.
Ahora, con ese primer examen superado, la piloto no se conforma. “Hay que mejorar”, repite. Se define como competitiva y convencida de que el proyecto puede crecer. El coche ha respondido bien, el equipo ha funcionado y las bases están puestas. Lo importante, subraya, es saber dónde apretar y hacerlo con tiempo.
Más allá de su rendimiento personal, Laia Sanz ofrece una lectura clara del Dakar actual. En coches, asegura, la prueba vive “el mejor momento de salud de su historia”. Nunca había visto tanto nivel, tantos equipos fuertes y tanta igualdad. Las diferencias se han comprimido al máximo y cualquier error se paga caro, según Europa Press.
Eso sí, también echa de menos parte de la esencia clásica del Dakar. Considera que esta edición ha sido más rápida, casi un esprint continuo, con menos margen para la épica. Hubo menos arena, menos etapas decisivas y demasiados tramos de transición. “Me ha faltado un poco de dureza, de salsa”, confiesa, sin restar mérito al espectáculo.
Sanz también reflexiona sobre el espíritu del ‘off-road’. Lo demostró al ayudar a Nani Roma cuando lo necesitó, aunque eso le costara posiciones. Para ella, ayudar forma parte del ADN del Dakar. “Cuando puedes, ayudas”, resume. Una filosofía que aprendió en motos y que sigue intacta.
Precisamente, la catalana lanza un deseo final: volver a ver más mujeres en motos en el Dakar. En coches, el nivel femenino crece. En motos, no tanto. “Echo de menos una Laia Sanz en motos”, admite con sinceridad.
Con ambición, autocrítica y la ilusión intacta, Laia Sanz mira al futuro con claridad. El camino es largo, pero el rumbo parece el correcto. Y en el Dakar, eso ya es mucho.