El adensamiento de episodios adversos para la España que razona y delibera en términos de empatía social, genera una especial forma de angustia. Adopta un perfil culposo que lleva a preguntarse qué es lo que ha hecho mal esa España para merecer el castigo que desde tiempo atrás recibe. El castigo es el de un desdén teleguiado, rampante, intencional y ajeno contra todo lo que implica serenidad, diálogo, sensatez y contención, que atribuye a esa otra España que se mantiene intolerantemente enriscada en su tarea de zapa de toda posibilidad de concordia, de toda viabilidad de entendimiento en clave de democracia. Brotes de esta clase los hay, desde luego. Basta con observar la doble vara de medir que cierta institución togada, a través de algunos de sus principales exponentes, aplica a sus instrucciones, procesos y sentencias según se trate de la primera o de la segunda España.
Pero, mal invento ese de atribuir los males solo a los otros antagonistas; y peor aún, el de derivar hacia la culpa lo que es en sí misma una necesaria autocrítica, que sí ha lugar. Es hora ya de que examinemos dónde se hallan las causas y las razones, propias, que inducen también esa angustia tan dañina y desanimante, en un país temperamentalmente expresivo y emocional como el nuestro: aquí, si el ánimo desaparece, si esa suerte de energía que brota de nuestra específica relación con la Naturaleza y con la vida se esfuma y desvanece, todos los males imaginables comparecen sombríamente y la desmoralización toma aquí aposento.
Centremos el foco en quienes se creen más afectados por la angustia. Se concentra en un par de generaciones, 25 años de duración cada una, que protagonizaron uno de los cambios más relevantes que España ha vivido en la era contemporánea. Naturalmente, los y las protagonistas, las denominadas vanguardias de ambas generaciones fueron minoritarias; pero cada una de ellas se benefició plenamente de los logros que sus respectivas minorías aceleraron de mil modos, a un precio personal y generacional muy elevado. El éxito residió en la consecución y consolidación, para toda la sociedad, de una serie anhelada de libertades democráticas arrebatadas por una dictadura perpetuada a sangre y fuego durante cuatro décadas.
Antes, solo algún destello emancipador, de signo liberal, demócrata, progresista o libertario medró efímeramente en la arena interior hispana. El todo fue un continuum de oscuridad, dogma y autoritarismo, con espadones que abandonaron su papel liberador durante una parte del siglo XIX para, mediado ya el siglo, devenir en guardia pretoriana exhalando su aliento sobre la nuca de los gobernantes, surgidos de una burguesía bienintencionada pero incapaz de delinear un proyecto político y social propio, comprometida tan solo en el egoísta propósito de ennoblecerse. Al carecer de aquel propósito, que congéneres suyos de la burguesía europea si tuvieron, dieron paso al poder estamental de siempre, al que se opone secularmente a admitir que la historia cambia de la mano de las fuerzas del trabajo, de la Tecnología y que ambas modifican los valores, los símbolos; estamentos que, de manera tan malsana, interpretan todo cambio en clave de traición. Traición, ¿a qué, a quién? Generalmente, a un pasado legendario y heroico que difícilmente existió.
La España que razona se encuentra hoy con un dilema existencial. ¿Por qué? Porque parece pensar que los problemas de España no tienen ya solución, al contemplar que el consenso formalmente democrático conseguido con la otra España se ha roto y que la España perezosa, se ha desentendido de la democracia, lenguaje común conseguido por las dos generaciones arriba mentadas. Este pensar abdica de la fe en el propio pensamiento que, si se impregna con la persuasión racional enraizada en la realidad y así la expresa, puede llegar a transformarla al reducir drásticamente las aristas problemáticas que toda realidad, áspera como la de España, presenta. Contribuye así a domeñar los problemas, al ponerles nombre y apellido. A avanzar hacia la libertad, verdadero sentido y voluntad de la Historia humana.
Pero el pensamiento razonante encuentra aquí una honda escisión que, pese a su hondura, tiene también su bálsamo y su sanación. Tras el abrumador desgarro producido en el alma de nuestro país por aquella maldita guerra civil y en Europa tras el saldo atroz de vidas e ilusiones consecutivo a la Segunda Guerra Mundial, los pensantes egregios declinaron de su anterior saber y sucumbieron a un desencanto que les llevó a perder la confianza en la Humanidad; en su mayor parte, cayeron en el escepticismo, bajo formas nihilistas y derrotistas enraizadas en la tradición nietzscheana: “en un lugar remoto del Universo, existieron gentes que creyeron haber inventado el conocer, jamás existió una mentira más grande”. Este juicio de valor, paradigma de la inhumanidad, fue formulado por el filósofo de los grandes bigotes y la mirada extraviada que más influyó en crear la atmósfera de desafección que ha sacudido al pensamiento continental desde 1.900. Claro que, luego con Martin Heidegger, la desmoralización llegó a su apogeo. Tras su meritorio, denodado –y corporativo- combate por rescatar a la Filosofía de las garras de la Ciencia, por la que parecía que sería devorada, el pensador “paseante por el bosque” al ser preguntado por sus probadas concomitancias con el nazismo, del que fue fino apologeta, tuvo el cuajo de responder: “el devenir acaece en el extravío…”.
Con estos mimbres, trenzados por dos de los pensadores más loados durante el siglo XX, sepultureros de los verdaderamente grandes Kant y Hegel, poco podía avanzar la perenne lucha de la Humanidad hacia la libertad y el progreso social, como así ha sido. Con el desencante posbélico, el denominado pensamiento en Occidente entró en barrena, luchó con uñas y dientes contra el igualitarismo, la sociabilidad y la empatía, con un discurso basado en una individualidad ególatra y asocial; puso patas arriba lo mejor del pensar ilustrado, proponiéndose matarlo en vez de dejar que falleciera de muerte natural; y acometió la indigna tarea de asaltar la razón en todos sus frentes, como denunciara el húngaro Gyorgy Luckàcs.
La Modernidad había librado sus principales batallas desde tres continentes conceptuales: el de la Historia, mediante el marxismo; el de la psique humana, con Sigmund Freud; y desde el continente del Signo, con la Lingüística como ciencia matriz de tantas ciencias, incluso empíricas. Pero ss tres continentes fueron desmembrados intencionalmente por una serie de pensadores si no frívolos, claramente irresponsables, señaladamente franceses: no fueron capaces de percibir el alcance asocial, apolítico y desmoralizador de su asesinato ideológico.
Hasta poco antes, bajo directrices vinculadas a la Modernidad y a la racionalidad ilustrada, la lucha política se libraba en torno el Poder, en un sentido macro, general y supremo. Sin embargo, con la Posmodernidad subsiguiente, que infestó con sus paradigmas todo el ámbito del pensamiento, proliferó la formulación de una estela de micropoderes, un verdadero archipiélago, no solo en la esfera objetiva de la Política, sino en la del hogar, el género, el sexo, la diversidad, … Y ello llevó a sus adalides a establecer que si no eran erradicados todos esos poderes pequeños, nunca nos libraríamos de las formas de opresión que han estremecido a los humanos de manera sempiterna. Bella intención, craso error.
Erradicar uno por uno cada uno de esos pequeños y fastidiosos poderes, nos llevaría sin lugar a dudas varios siglos hasta eliminarlos del todo, quizá nunca lo conseguiríamos. Eludir el atajo de erradicarlos mediante la conquista del poder político, la única vía eficaz para desmontarlos desde arriba, ha sido el error más grave en el que han incurrido las que han sido consideradas las mejores cabezas pensantes.
Aquellos tres continentes, Historia, Psique y Signo heredados de la Modernidad Ilustrada, que vertebraron las revoluciones que emanciparon –en plata, dieron de comer- a millones de seres humanos hasta que se olvidaron de la razón humanizante o la sacralizaron acríticamente-, dieron paso a un auténtico archipiélago de islas anti-micro-poderosas, alejadas entre sí, como teorizara el maestro de sociólogos y padre hispano de la Sociología cualitativa, Jesús Ibáñez. Lo que también dijo es que, quizá, quizá, la clave sea hoy conectar todas esas luchas aisladas que componen el archipiélago de los fragmentarios combates contra todas las manifestaciones del poder en un solo y único combate plenamente emancipador, palanca natural para eliminarlos uno a uno.
Como cabe ver, hay esperanza, queda esperanza y ganas de luchar. La Política genera los problemas, pero solo a través de ella se logra superarlos. Decidir es un quehacer ineludible. ¡Ea! pues. Alejar la tristeza es la llave para desterrar la angustia. Y la angustia, como forma prematura de la muerte, no permite remontarla si no es a través del tesoro recibido por cada ser humano: volteemos la tópica frase reaccionaria del peor Romanticismo según la cual “el sueño de la razón produce monstruos” y afirmémonos en la convicción de que la principal pesadilla de los monstruos es, precisamente, la razón.
Solo con ella, convenientemente bruñida y desprovista de sus adherencias totalitarias -que las tuvo, desde luego, como algunos posmodernos valientemente denunciaron, no en todo marraron-, la España que piensa, delibera y combate por mejorar las condiciones de existencia propias y ajenas, recuperará el crédito perdido cuando decidió abandonar la convicción que le dio tamaña potencia histórica: la victoria en la batalla del pensamiento contra la indolencia de las emociones erráticas.
El sentido del devenir no es fruto del azar, metro de nuestra ignorancia, sino resultado de la razón, que es la palabra, el acuerdo, el apretón de manos que abre paso al respeto a la otreidad, a lo diverso, a lo distinto. Y el conocer no es una quimera, sino una gran herramienta para hacer retroceder la incertidumbre que nos acosa. Es hora ya de que la Política democrática, el Arte de hacer feliz al mayor número de personas, vuelva a recobrar la dignidad social que tanto irresponsable, por acción u omisión, trató de arrebatarle.