02 de marzo de 1971. Como cada mañana, los niños del Puerto de Sagunto entraban al colegio con las mochilas colgando de un hombro. Entre ellos, Francisco Calero Navalón. Tenía nueve años. En casa lo llamaban ‘Paquito’.
Su familia vivía con lo justo. El padre, minero, había muerto seis años antes y, desde entonces, todo pesaba más. Paquito ayudaba en lo que podía. También en la parroquia de Nuestra Señora de la Begoña, donde era monaguillo. Le gustaba estar allí, ordenar los bancos, preparar la misa, sentirse útil.
En la iglesia ejercía de sacerdote, de forma provisional, José Prat. Tenía 54 años y había ocupado el puesto tras el fallecimiento del párroco titular. Aquella mañana se presentó en el colegio Ramón Gamón.
Preguntó por un niño en particular.
—Busco a Paquito. Lo necesito para unas tareas de la parroquia.
Había una fiesta religiosa prevista para las siete de la tarde. Preparativos, recados, pequeñas cosas. Nada fuera de lo normal. Le dejaron salir. El niño se fue con él.
Caminaron hasta la iglesia. Entraron. La puerta se cerró detrás. Dentro solo quedaba el eco de los pasos y el olor frío de la sacristía.
Allí, sin testigos, José Prat intentó estrangular al niño. Después, cogió un abrecartas. Lo sostuvo como si fuera un arma y empezó a apuñalarlo. Cuarenta y siete.
Las heridas fueron mortales. Le seccionaron la arteria carótida y tenía la cabeza destrozada por un golpe fuerte. Paquito cayó al suelo, en medio de la gélida sacristía.
La fiesta de las siete nunca llegó a celebrarse.
Después, el sacerdote avisó a otro religioso, Jaime Pons. Le contó lo ocurrido. Le dijo que había matado al monaguillo durante un episodio de enajenación mental y que iba a entregarse a la Guardia Civil.
Pero antes se aseó. Se cambió de ropa. Se perfumó.
Después, el sacerdote se fue al cuartel.
El juicio comenzó el 10 de marzo por la mañana en la Audiencia Provincial de Valencia. La acusación particular pidió la pena de muerte para el sacerdote. Sostenían que había actuado con alevosía y en pleno uso de sus facultades mentales. Pero, la Iglesia Católica defendió lo contrario: era un episodio de locura, una pérdida de razón. Un brote.
La sentencia fue de diecisiete años de cárcel para José. Nunca los cumplió.
Amparado por el concordato de 1953, la Iglesia se hizo cargo de su futuro.
Mientras, a la familia de Paquito le dijeron que el cura había sido excomulgado y expulsado de la Orden de los Paules. Que no volverían a verlo.
Pero no era cierto.
José solo pasó ocho años retirado en Tángel, Alicante. Después regresó al ministerio y fue vicario en Lleida, en el barrio de La Bordeta.
Allí, José siguió oficiando misas. Saludando vecinos. Viviendo con normalidad. Como si nada hubiera ocurrido.
Cuando la familia del niño lo supo, la herida volvió a abrirse. No solo habían perdido a Paquito, también le había mentido la máxima autoridad eclesiástica.
Con el tiempo, el crimen fue borrándose del relato oficial. No hubo homenajes al niño. Ni memoria. Ni una palabra.
En 2004, un libro publicado por la propia Orden no mencionó nada de aquel atroz crimen. Solo una frase breve, casi fría hacia José:
“Trabajando de vicario en Puerto de Sagunto tuvo un problema muy grave que asumió con fortaleza y humildad.”
Eso era todo lo que quedaba de Paquito. El niño tenía nueve años.
El cura, José Prat, murió en 2002, con 85 años. Y en la sacristía de aquella iglesia de Sagunto, nadie volvió a hablar de lo que pasó aquella mañana de 1971.