En la sociedad contemporánea, la pregunta sobre quién guía los procesos de aprendizaje se vuelve crucial. A menudo, las instituciones se enfocan en la infraestructura o en la burocracia administrativa, olvidando que el núcleo de la formación humana reside en la calidad ética y pedagógica de sus facilitadores. No se trata solo de quién ostenta el cargo, sino de quién posee la verdadera autoridad moral para influir en el espíritu del estudiante.
Resulta preocupante observar cómo, en ocasiones, la gestión educativa cae en manos de intereses que priorizan la estadística sobre la ética, o el adoctrinamiento sobre el pensamiento crítico. El sistema corre el riesgo de convertirse en una maquinaria de repetición donde el docente, lejos de ser un arquitecto del conocimiento, se ve reducido a un operario de planes de estudio que no siempre responden a las necesidades reales de la sociedad ni al desarrollo integral del individuo.
Como bien señaló Albert Einstein: «El arte más importante del maestro es despertar la alegría en la expresión creativa y el conocimiento». Si quienes dirigen o imparten la educación han perdido esa alegría, la educación queda huérfana. Es imperativo que la universidad y la escuela vuelvan a manos de quienes comprenden que educar es, ante todo, un acto de libertad y una responsabilidad sagrada hacia el futuro.
«Cuando la educación se mide solo en títulos y no en valores, el futuro de la nación se escribe con tinta invisible». Crisanto Gregorio León.
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario