Aunque este maravilloso estudio contiene muchas más cuestiones sociológicas que afectan a los presos y a las prisiones y sus trabajadores, me voy a centrar en lo que vengo denunciando continuamente y que todos los operadores jurídicos que tenemos contacto con la cárcel sabemos, pero muy pocos lo intentamos sacar a la luz, y es la falta, la ausencia casi absoluta de tratamiento en las prisiones españolas.
Y creo que es el momento de contestar a los que tan amablemente escriben los comentarios a mis artículos. Los que han vivido la cárcel desde dentro saben que lo que denuncio es tan solo la punta del iceberg. Los familiares que van a visitar a sus seres queridos sufren o han sufrido parte de ese abuso de poder que se les permite ejercer a los funcionarios de prisiones. Gracias.
Y a los que escriben diciendo que “si los derechos de las víctimas” o “que si los presos son angelitos y los funcionarios unos corruptos” estos últimos en plan irónico, también les doy las gracias. Y les digo que yo no denuncio que las víctimas no tienen derechos. Por supuesto que los tienen. Y uno de ellos es que el victimario, el agresor se pase una temporada privado de libertad. Y por supuesto que los presos no somos angelitos. Eso lo sé de primera mano. Y que hay funcionarios de prisiones que son personas ante todo, también.
Lo que denuncio, y seguiré denunciando mientras tenga fuerzas es que la ley no se cumple dentro de la cárcel. La Constitución, los Derechos Fundamentales, la LOGP, etc., no se cumplen en la cárcel. Y yo no digo que no se pueda endurecer la vida de los presos, que tengan menos derechos y menos beneficios. Lo que denuncio es que si la ley dice que se deben respetar esos derechos, que se respeten, que se defiendan y que se tenga acceso a ellos. Y si piensa alguien que eso no debe ser así, que abogue por cambiar la ley, pero que no se la salte a la torera, porque en ese caso, no se diferencia mucho de los presos condenados por contravenir las leyes.
Y así continúa el apartado 3 del capítulo 2 de este gran estudio: “Las limitaciones del tratamiento”.
El comienzo del apartado es magnífico:
“Más allá de su función punitiva, si la prisión encuentra alguna justificación plausible debería fundarse en su real o supuesta capacidad para transformar a las personas que ingresan en ella.”
Y el final, antes de entrar de lleno en esas carencias no deja de ser un grito repetido hasta la saciedad:
“No se puede ocultar la enorme distancia que separa las declaraciones pomposas sobre la orientación reformadora y reinsertora de la prisión y la cruda realidad cotidiana en la que han de vivir las personas presas.”
El estudio comienza analizando el problema ideológico del tratamiento ya que: “La etiología del delito no siempre tiene que ver con la persona del delincuente, pues en muchos casos tendrá su explicación en el modelo y estructura de sociedad a la que se le quiere reinsertar. […] No deja, pues, de ser un contrasentido pretender tratar al delincuente sin someter previamente a tratamiento a la misma sociedad que ha generado las causas del delito.”
El estudio comienza a pasar a ser un relato de ciencia ficción. ¿Que la sociedad se someta a tratamiento? Los enfermos, la morralla, los animales son los presos y si no tienen tratamiento, mejor, que se jodan, en la celda a pan y agua, y si puede ser en una mazmorra, mejor.
Y después cuando terminan su condena, salen de la cárcel y vuelven a robar, a violar o/y a matar de nuevo, esa sociedad, enferma también, se lleva las manos a la cabeza preguntándose donde ha fallado el sistema, pidiendo las cabezas de los responsables y que el culpable no vuelva a ver la luz del sol, disfrazando la palabra “venganza”, por la más progresista de “justicia”, como si eso pudiera ocultar la verdadera cara de la horda en la que nos convertimos en esas ocasiones. Hay que leer más, sobre todo a los clásicos, y recordar lo que sucede en Fuenteovejuna en la ficción, o no, o en Puerto Urraco, en la realidad, o no.
Y la ciencia ficción continúa cuando se habla de las condiciones de la vida en prisión, dentro de esas limitaciones del tratamiento. Y no se refieren los autores a la buena o mala vida de la prisión, a las “comodidades y beneficios” que se dan en la cárcel.
“Ya de entrada resulta paradójico que se intente preparar para la vida en libertad privando de libertad. Pero además la prisión genera un mundo separado de la sociedad, una subcultura carcelaria propia, con sus códigos de conducta y su escala de valores que son interiorizados por los internos siguiendo un proceso que viene conociéndose como “prisionización”.
Y empieza a pasar de la ciencia ficción a la realidad pura y dura cuando afirman los autores de este estudio:
“Y si a todo ello unimos además las carencias de todo tipo (personales, afectivas, laborales, educativas, trastornos de la personalidad…) […] y el enorme resentimiento que manifiestan hacia la sociedad, resulta muy ilusorio esperar algún cambio o resultado positivo a corto plazo. La prisión es un mundo completamente artificial del que poco puede esperarse para preparar al condenando a vivir en libertad de modo pacífico y respetuoso con la ley, por lo que la prisión acaba siendo una institución altamente despersonalizadora, desocializadora y estigmatizadora”
(Continuará)