Con su adulterio, ella maldijo su hogar, a sus hijos y a su esposo, erigiendo una arquitectura de la infamia cimentada en la ninfomanía y la traición; esta es la necropsia de un hogar bajo la voluntad del vicio.
Existen trayectorias de vida donde la degradación no constituye un accidente, sino un anhelo y la concreción de fantasías sexuales, que dejan de ser fantasías para convertirse en aberraciones, pecado y condenación. Que se manifiesta como la obra persistente de hombres e inmorales mujeres, caracterizadas por el libertinaje demoníaco y una depravación infernal.
La deshonra mayor habita en el acto mismo del adulterio, ejecutándose bajo una concupiscencia compartida con legiones como Belcebú y Belfegor, quienes sirven directamente a los designios de la voluntad humana corrompida. Asmodeo, como arquitecto de la lujuria, despliega su malignidad sobre el matrimonio encontrando en esta mujer a una aliada perfecta que no opone la más mínima resistencia; por el contrario, ella se entrega de forma voluntaria, espontánea y colaborativa al demonio, a Satanás, entregándole el alma con plena conciencia espiritual de su proceder. Se trata de una actuación conjunta donde la influencia del maligno y la voluntad deliberada de ella se funden para aniquilar su propio hogar. Su ninfomanía, ese hambre insaciable que la empuja a buscar el ardor sexual en brazos ajenos, actúa como el vehículo que permite a las fuerzas oscuras instalarse definitivamente en su lecho y en su alma.
Esta ninfomanía no es solo un vicio del espíritu, sino una eterna cangrejera —esa disposición de calor devorador en sus entrañas— que la mantiene en un estado de urgencia carnal permanente. Esta condición ha sido diseccionada por los grandes maestros de la lengua: tal como lo describía Gabriel García Márquez en obras como El amor en los tiempos del cólera y Memoria de mis putas tristes, donde retrata esa «ardentía de las vísceras» y ese «fogaje» que consume la razón; o como lo calificaba Mario Vargas Llosa en Pantaleón y las visitadoras y Los cuadernos de don Rigoberto, refiriéndose a esa «arrechera animal» y a la «excitación de perra» que despoja al ser humano de toda dignidad.
La gravedad del hecho se agiganta en el abandono sistemático y absoluto de su marido, de su propio hogar y de sus hijos. Esta conducta no es reciente; desde el inicio mismo del matrimonio ella ya manifestaba esa inmoralidad con José, una semilla de traición que terminó por cobrar una fuerza infernal al cruzarse en su camino Lilia. Es imperativo señalar que el nombre Lilia no es una coincidencia gramatical, sino una derivación directa de Lilith, la entidad nocturna, primigenia figura satánica y madre de las aberraciones que vaga buscando destruir la armonía familiar.
Lilia se disfraza bajo la apariencia de una anciana inofensiva e indefensa, emulando a la bruja que ofrece la manzana envenenada bajo una máscara de falsa bondad. La adúltera, en su extravío, trasladó la figura materna hacia esta mujer demoníaca, viendo en ella a una madre que le consentía, motivaba e incentivaba cada perversión. Esta «viejita» inofensiva era, en realidad, la depravada sexual que la inducía al consumo de pornografía y celebraba con hurras su conducta adúltera. La adúltera buscó en esta Lilith moderna el respaldo para sumar a Jorge a su galope de cascos ligeros, sintiéndose respaldada en su deshonra por una guía cuya meta era la aniquilación de toda santidad familiar. Ella no buscaba aliadas que la sacaran de sus vicios, sino que la respaldaran y le hicieran vítores y aplausos en su caída.
«Era una mujer de cascos ligeros, de esas que no pueden estar solas porque el cuerpo les pide guerra y la conciencia no les alcanza para el remordimiento.» Mario Vargas Llosa
Esta mujer, entregada por propia decisión a satisfacer su perversión con José y Jorge —tan inmorales, licenciosos y envilecidos como ella misma—, sacrifica la paz de su familia por el placer furtivo. El abandono a su marido es total y humillante; ella deja de atenderlo por completo, ya no le prepara la comida, no le lava la ropa, desatiende sus necesidades básicas y termina por abandonar físicamente el lecho conyugal. Por su cangrejera desafió al Altísimo y se negó a ser la esposa diseñada por Dios.
En el lecho legítimo, ella ejecutaba la comedia de la mujer pacata, fingiéndose mojigata, excesivamente reservada, tímida e incluso asustadiza frente al acto sexual; actuaba con la mansedumbre de quien «no mata una mosca» ante su esposo. Pero esa no era más que la máscara perfecta, un ejercicio de gaslighting emocional diseñado para ocultar la voracidad de súcubo que desplegaba fuera de casa.
Mientras a su marido le negaba el cuerpo bajo el pretexto de una falsa decencia, en los brazos de sus cómplices se transformaba en la encarnación de Semíramis, aquella que Dante Alighieri situó en el infierno por hacer lícita la lascivia en su propia ley. En lugar de la rectitud, ella prefiere la compañía de cónclaves de ángeles infernales que la escoltan en cada acto sexual furtivo y perverso. Mientras finge ante el mundo ser una esposa abnegada en sus supuestos viajes a los Andes, en realidad ejecuta un sexo duro y desalmado con sus amantes, despojando a su marido de su lugar legítimo.
La desfachatez de su engaño alcanza niveles cinematográficos de crueldad. Queda para la historia de la infamia aquel diálogo telefónico donde, mientras se encontraba en pleno acto de traición entregada a otro hombre, le respondía a su marido con una frialdad calculada: «¿Qué crees, que te estoy engañando? ¡Qué inseguro eres!». Era el uso perverso del gaslighting para invalidar la intuición del hombre traicionado, mientras ella, con los celulares que gestionaba a su harén de amantes, profería insultos contra el esposo, llamándolo inseguro con las mismas palabras que José y Jorge ponían en su boca para humillarlo.
Ella no figura como una espectadora, sino como la ejecutora de su propia deshonra. Con una mano sostiene la faja para agradar a sus amantes y con la otra desprecia y humilla al hombre al que ya ni siquiera concede intimidad alguna, gritándole mentiras con tono de superioridad moral para encubrir que su mente y su cuerpo pertenecen a la entrega carnal ilícita. En su laberinto de vicio, desprecia a su marido legítimo para serle «fiel» a José y Jorge; pero ni siquiera a ellos les guarda lealtad, pues a Jorge lo engaña con José, a José con Jorge, y a ambos con cuantos otros ella quiera poseer carnalmente, pues es una ninfomanía voraz oculta tras una cara de «yo no fui».
Nada permanece oculto ante la justicia divina, como esta mujer que escupe hacia arriba y su propia saliva le cae en la cara; una ‘cara e’ tabla’ que pretende pasar por impoluta mientras deja de atender a su marido por completo, negándole la intimidad, el respeto espiritual y la consideración del día a día, todo por saciar ella con otros hombres su propia lujuria de mujer de cascos ligeros, terminando así por recibir el impacto de su propia podredumbre.
Se trata de la intención manifiesta de cometer lujuria, pecado y adulterio, lo que constituye la entrega total de su voluntad a la destrucción de su alma; una reverencia satánica mediante la cual ella se encarga de destruir su propio hogar con una provocación constante y premeditada al sexo oscuro e infernal, entregada y custodiada entre ángeles demoníacos que celebran su caída.
Ella no se limita a esperar el pecado; lo busca activamente mediante mensajes sexuales explícitos que, por su propia carga de perversión, ejercen un influjo irresistible sobre José y Jorge, arrastrándolos hacia ella para convertirlos en herramientas de su propia condenación y así consumirse mutuamente en un sexo endemoniado, insinuándose y provocándolos con una persistencia diabólica.
La degradación de quien abandona su casa, su cama y a su marido por el sexo clandestino con sus amantes ocultos —hombres carentes de toda moral y ética que fingen una falsa virtud—, no halla perdón en el tribunal del Creador; así le es revelado en sueños al esposo engañado, quien en una visión de espanto la ve a ella ardiendo en las llamas del infierno por toda la eternidad. Pero no arde sola: en ese abismo de fuego la acompañan José y Jorge, quienes se comportan como machos cabríos y toros sementales de la deshonra, junto a todas aquellas otras mujeres que participan en la demolición de sus propios hogares y que hoy comparten el mismo suplicio eterno por haber servido a la misma causa de la depravación.
«El adulterio es el dibujo de la traición sobre el lienzo de la confianza.» Miguel de Unamuno
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario