La policía del WhatsApp

10 de febrero de 2026
6 minutos de lectura

El síndrome del sensor

«Hay gente que confunde el ser importante con ser impertinente, y termina fiscalizando la vida ajena solo porque no soporta el silencio de la propia.» Doctor Crisanto Gregorio León

El tribunal personal

En la micro-sociedad que representan los grupos de WhatsApp, ha emergido con fuerza el síndrome del sensor. Es esa figura que, bajo el velo de una supuesta rectitud o «autoridad», convierte un espacio de interacción social en un tribunal personal. El sensor metiche se eleva como una autoridad absoluta sobre los demás, sin importarle a quién se dirige ni las formas que emplea, asumiendo una potestad autoproclamada para regañar y fiscalizar cada interacción, creyéndose la jerarquía máxima del entorno virtual.

Al acecho del error

Este individuo no se limita a observar; su presencia es una vigilancia activa que busca el error ajeno para justificar su intervención. Su mirada no es de compañerismo, sino de escrutinio inquisidor. Mientras el resto de los participantes fluye en una conversación natural, compartiendo ideas o simples saludos, el sensor metiche aguarda en las sombras del chat el momento exacto de un desliz gramatical, una repetición de información o un comentario que, a su juicio subjetivo, esté «fuera de lugar». En ese instante, interviene con una vehemencia desproporcionada, transformando la distensión del grupo en un ambiente de tensión y reproche.

«El que nada tiene que hacer en su casa, sale al chat a buscar errores ajenos para convencerse de que su mediocridad todavía tiene algún mando.» Doctor Crisanto Gregorio León

La obsesión por la pendejada

La actividad del sensor se caracteriza por una fijación enfermiza en lo intrascendente. Se entromete en cuestiones fútiles, en vainas que no vienen al caso y que a nadie más importan, con el único fin de interrumpir el flujo de ideas y marcar su territorio. Esta cuota de censura de lo minúsculo es el síntoma inequívoco de quien, en la absoluta vacuidad de su hogar, no tiene un coño más que hacer. Al carecer de una vida propia con significado o de alguien que le escuche en la realidad física, vuelca su frustración en el chat, fiscalizando lo que es irrelevante para sentirse, por un minuto, el dueño de una verdad que a nadie le interesa.

El veneno de las puyitas

El sensor metiche no siempre recurre al discurso extenso; a veces le basta la brevedad del sarcasmo para intentar ridiculizar al prójimo a través de puyitas constantes. La puyita es el arma predilecta de este sujeto para romper la armonía del grupo; es ese dardo pequeño pero cargado de la mala intención de quien busca sabotear la paz ajena para sentirse relevante. Con estas intervenciones quirúrgicas y ponzoñosas, busca dejar en claro que nada escapa a su vigilancia: «fíjense que yo sí estoy pendiente», parece decir entre líneas. Es el desprecio por la espontaneidad ajena, a la que califica de falta de rigor, para justificar su intromisión en cualquier nimiedad.

La soledad del fiscalizador

Desde una perspectiva psicológica y filosófica, este comportamiento revela una profunda soledad en el hogar y una voluntad de poder degradada. La persona se nutre de la actividad del chat para validar que aún existe y respira; ante el vacío de su vida privada, el grupo se convierte en su único escenario de reconocimiento. Esta necesidad de fiscalización es una proyección de sus propias carencias: al no poder controlar su entorno real, busca el dominio absoluto de un espacio intangible donde cada corrección le devuelve una sensación efímera de poder. Al actuar así, el sensor metiche se está delatando a sí mismo: un comportamiento de este calibre solo demuestra que no tiene con quién hablar en su casa. Su soledad extrema es la que le empuja a joderle la vida a los demás para llenar un silencio doméstico que le resulta insoportable. No comprende que, al señalar una minucia ajena, solo expone la magnitud del vacío de su propia vida, creyendo erróneamente que fiscalizar pequeñeces le otorga una estatura que su realidad cotidiana le niega.

«La crítica constante en los grupos no es señal de sabiduría, sino el grito desesperado de quien se muere de soledad entre cuatro paredes.» Doctor Crisanto Gregorio León

Refugio en el odio

Esa fiscalización obsesiva termina por degenerar en una manifestación de odio, incluso dentro de los estrechos márgenes de un chat. El sensor metiche se entrega a esta hostilidad porque en la realidad física de su hogar nadie le escucha ni desea saber de su existencia. Es una soledad extrema la que le empuja a migrar a los grupos virtuales, buscando desesperadamente un oído que, aunque sea por la fuerza del conflicto, valide que aún ocupa un lugar en el mundo. Al carecer de afecto y de voz en su entorno íntimo, el sujeto utiliza el chat como una balsa de náufrago, pero en lugar de pedir auxilio, agrede a quienes están a bordo, confundiendo el ser oído con el ser respetado.

Grito de irrelevancia

Cuando el sensor metiche percibe que el grupo comienza a restarle importancia, surge una reacción casi instintiva de supervivencia social: «Si no me toman en cuenta, me impongo». Es entonces cuando se ensaña con los demás integrantes, arremetiendo contra cualquier comentario por inocuo que sea, solo para forzar una respuesta. No busca ser amada ni respetada, busca ser notada su existencia. Prefiere el conflicto al vacío, pues en su lógica distorsionada, ser el centro de una disputa es la única prueba de que su presencia todavía tiene peso. Es el sabotaje de la paz colectiva como último recurso para gritar que sigue ahí, detrás de la pantalla, combatiendo la irrelevancia de su propia soledad.

El exilio silencioso

Uno de los efectos más devastadores de este comportamiento es el empobrecimiento intelectual del grupo. Integrantes que realizan aportes significativos y cuya labor dota de riqueza y prestigio al foro, optan por el retiro voluntario para evitar el desgaste que produce la interacción con el sensor metiche. Este «exilio silencioso» de los miembros valiosos se produce por higiene mental y para evitar el agotamiento ante la impertinencia de quien pretende fiscalizar lo ajeno. Ante este escenario, estas mentes valiosas prefieren la salida definitiva, dejando al sensor metiche reinando en un desierto de mediocridad. La fuga de pensamiento crítico es la consecuencia directa de permitir que la policía del chat dicte las normas.

La figura del rompe grupos

En última instancia, el sensor metiche se revela como el auténtico rompe grupos. Su presencia no es constructiva, sino erosiva; es ese elemento que, con una sola intervención cargada de desatino o una puyita fuera de lugar, logra quebrar la armonía y dispersar a los integrantes. El término rompe grupos define a la perfección a quien, por su incapacidad de adaptarse a la convivencia horizontal y su afán de figurar a toda costa, termina por dinamitar la cohesión del espacio. Donde antes había intercambio de saberes y cordialidad, el sujeto deja un rastro de silencios incómodos y deserciones, demostrando que su paso por el chat no ha sido para aportar, sino para desintegrar lo que otros con tanto esfuerzo han construido.

El condicionamiento de Skinner

El daño más silencioso que inflige el sensor metiche es la aniquilación de la espontaneidad colectiva. Al actuar bajo la lógica del condicionamiento operante de B.F. Skinner, este sujeto utiliza el regaño y la crítica como un castigo positivo para debilitar la conducta de participación de los demás. Los integrantes, al verse sometidos a esta fiscalización punitiva, terminan por limitarse; dejan de compartir, de opinar y de fluir, permaneciendo en el grupo por mera inercia o compromiso, pero con el deseo latente de que esa figura censora desaparezca. El chat deja de ser un espacio de libertad para convertirse en un entorno condicionado por el miedo al ataque, donde la voluntad de los miembros se extingue ante la constante amenaza de ser «corregidos» por quien ha hecho del castigo social su única forma de interacción.

El sensor consuetudinario

Es fundamental distinguir entre el comentario crítico ocasional y la patología del sensor metiche. No es un sensor aquel que, de manera esporádica o accidental, expresa una discrepancia o señala un error en el grupo; la naturaleza humana permite el disenso no sistemático. El verdadero sensor metiche mediocre se identifica por su conducta consuetudinaria y permanente: ha hecho de la fiscalización su cargo ad honorem y su razón de ser. Su insistencia en joder la vida no es un evento aislado, sino una labor de resistencia sistemática donde se ha autoasignado el rol de «conciencia del grupo». Para este sujeto, la paz ajena es un desafío personal y la armonía colectiva un terreno que debe ser intervenido obligatoriamente. Se delata porque su presencia no aporta contenido, sino que solo aparece para «corregir», demostrando que su compromiso no es con el grupo, sino con su propia necesidad de ejercer un dominio mezquino y repetitivo sobre los demás. Al final, el silencio del grupo es la respuesta defensiva ante quien ha hecho de la crítica su único lenguaje, dejando a quien busca figurar en la más absoluta irreancia social.

«La autoridad que necesita del regaño constante para ser sentida, es en realidad la forma más triste de la importancia social.» Friedrich Nietzsche

Doctor Crisanto Gregorio León

Profesor Universitario

1 Comment Responder

  1. Otro acertado artículo de este profesor. Describe a la perfección a estos personajes que todos hemos sufrido en alguna ocasión. Nos hacen abandonar los grupos como forma de librarnos de ellos.

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