Juan de Justo, ex alto cargo del PSOE, de la ‘vieja guardia’ y ante el Comité Federal: «Sánchez debe presentar su dimisión irrevocable ya»

27 de junio de 2026
6 minutos de lectura
Juan de Justo, ex alto cargo de Interior del PSOE en la época de Felipe González | Fuente: FI

El ciclo del presidente «ha terminado, y prolongarlo artificialmente solo agrava la vía de agua que sufre la nave socialista»

Felipe González, Alfonso Guerra, Page, Corcuera, Tomás Gómez… Son algunos miembros de la llamada vieja guardia del PSOE que se han manifestado públicamente en favor de la dimisión inmediata de Pedro Sánchez. hoy atrincherado en La Moncloa para sujetarse a cualquier precio al poder. O, al menos, que convoque sin dilación elecciones ante el colapso corrupto que atenaza al Gobierno sanchista.

Sánchez, quien acumula la mayor tasa de lodo corrupta de la reciente historia del PSOE, dice cínicamente que no se va porque quiere cumplir los cuatro años de legislatura que establece la Constitución. Sánchez ha pateado la Constitución sin descanso, empezando, por ejemplo, con la concesión de la amnistía a los involucrados en el procés,

Juan de Justo es todo un histórico del PSOE de Felipe González. Fue la mano derecha del ex secretario de Estado de Seguridad con Felipe González Rafael Vera.

De Justo, abogado y escritor, se muestra muy crítico con la gestión y modos de Sánchez, al igual que sus compañeros de la vieja guardia socialista. Y, de cara al Comité Federal socialista del sábado, exige la «dimisión irrevocable» del actual secretario general para no dañar más al partido y que no pueda presentarse a ninguna elección que suponga su permanencia en el partido.

Por su interés, Fuentes Informadas reproduce a continuación un escrito elaborado por Juan de Justo que no tiene desperdicio. Y en el que hace un llamamiento a sus miembros para que consensuen la inevitable salida de Sánchez.

Este es el texto de Juan de Justo

La celebración del próximo Comité Federal del PSOE se produce en uno de los momentos más delicados, convulsos y determinantes de nuestra historia reciente.

No estamos ante un cónclave orgánico ordinario de gestión de calendarios ni ante un mero trámite sectorial; nos encontramos ante una auténtica encrucijada ética y política que apela directamente a las esencias de nuestra educación socialdemócrata.

Ser socialista y defender un proyecto de progreso, de justicia social y de solidez institucional nunca ha consistido en la mera resistencia numantina ni en el aferramiento al poder institucional a cualquier precio.

Ambiciones individuales

Al contrario, la tradición que nos define exige anteponer siempre el interés general, la dignidad inquebrantable de nuestras siglas y la ejemplaridad pública a las coyunturas personales, las ambiciones individuales o las estrategias de supervivencia de un liderazgo concreto.

Los últimos acontecimientos políticos y, de manera muy acusada, el horizonte judicial que se dibuja para diversos militantes que ocupan u ocuparon cargos clave tanto en la estructura de la organización como en el propio Gobierno de la nación, han generado un panorama profundamente desalentador y sombrío.

La inquietud en las bases es innegable y el desasosiego extramuros del partido, en la ciudadanía que nos otorgó su confianza, es ya clamoroso.

La socialdemocracia se sostiene, por definición, sobre la confianza ciudadana en sus instituciones, en la limpieza absoluta de su gestión pública y en el respeto escrupuloso a la separación de poderes.

«Confianza cuarteada»

Cuando esa confianza se cuartea de forma sistémica por la presión asfixiante de los tribunales y el goteo constante de informaciones comprometedoras, la parálisis política y el descrédito amenazan con devorarlo todo, deslegitimando el legado histórico que tantas generaciones de militantes construyeron con sacrificio.

En este punto de no retorno, es imperativo denunciar una deriva personalista que choca frontalmente con la historia del socialismo democrático: el progresivo endiosamiento del actual líder.

Hemos asistido a una peligrosa asimilación donde las estructuras del partido parecen subordinadas a la voluntad y el destino de una sola persona, transformando los órganos de debate colegiado en meras cajas de resonancia de decisiones individuales.

Este mesianismo político, que confunde la audacia con la temeridad, pretende hacer creer que la supervivencia del proyecto colectivo está indisolublemente unida a su permanencia en el cargo.

Hay que decirlo con total claridad: nadie, absolutamente nadie, y menos quien hoy ostenta la Secretaría General, puede ligar su negro futuro judicial o político, ni el de su entorno, a los destinos sagrados del partido.

Dada la calidad del personaje y para ilustrar hasta qué punto el olvido de la humildad democrática deforma la realidad de quienes gobiernan, conviene recordar una esclarecedora anécdota.

En tiempos de la II República, Melquíades Álvarez acudió a Oviedo a dar un mitin. Era la primera vez que el político subía a una tribuna tras haber abandonado las tesis republicanas y sumarse a la causa monárquica.

Sus antiguos correligionarios ovetenses decidieron impedir el discurso. Cuando al orador le tocaba su turno, comenzó un vocerío y una pitada tremendos.

Tras un cuarto de hora de alboroto, y como los ruidosos empezaban a flaquear, alguien les alentó desde las gradas: «No le dejéis hablar, que nos convence».

No dejando hablar; así actúan hoy los voceros de la corrección política o ideológica dentro y fuera de nuestras estructuras.

Correctores que persiguen cerrar bocas, silenciar la autocrítica legítima y acallar libertades porque la verdad les suena a reproche, ocasionándoles un problema en su relato de infalibilidad.

Aldous Huxley y George Orwell advirtieron a Occidente del totalitarismo del futuro: un totalitarismo no violento, de seda o terciopelo, a cargo de tiranos que no parecerían tiranos.

Advirtieron de una dominación que sería la peor de todas porque, en nombre de la propia libertad y de la supuesta protección colectiva, los ciudadanos serían sometidos a una forma perfecta de esclavitud y sumisión intelectual.

Esta escena y estas advertencias evidencian que la soberbia política y el asfixio del pensamiento crítico son los peores consejeros cuando se gestiona el patrimonio común de millones de votantes.

El futuro y la historia de un partido con cerca de siglo y medio de existencia, que ha sobrevivido a dictaduras, guerras, exilios y clandestinidades, no pueden ni deben quedar ligados a la suerte judicial o política de un grupo de dirigentes, por muy alta que sea su responsabilidad actual.

El PSOE debe quedar al margen de defensas corporativas y salvaguardado de cualquier sospecha; las siglas no son, ni serán nunca, el escudo jurídico de nadie.

Dentro de la cultura política que nos es propia —aquella que entiende el servicio público como un ejercicio de máxima exigencia moral y rendición de cuentas—, lo que procede en este momento de máxima vulnerabilidad es un ejercicio de desprendimiento, generosidad y auténtico patriotismo de partido.

Para intentar salvar los restos del barco que van quedando y permitir que las siglas respiren liberadas de cargas penales y éticas ajenas, el mejor servicio que el actual Secretario General y la Comisión Ejecutiva Federal pueden prestar a la organización es la presentación inmediata de su dimisión irrevocable, renunciando de manera explícita y estatutaria a la intención siquiera de presentarse a una nueva elección interna o congresual.

Su ciclo ha terminado y prolongarlo artificialmente solo agrava la vía de agua que sufre la nave.

Esta misma fórmula de asunción de responsabilidades debe trasladarse de inmediato, por higiene democrática, al Gobierno de la nación.

La estabilidad de España no puede ser un ejercicio de funambulismo diario, sumido en el chantaje parlamentario y la parálisis legislativa, mientras los cimientos institucionales del Estado se desgastan y se instrumentalizan en favor de una defensa personal.

Ante el colapso ético de la legislatura, la única salida institucionalmente limpia, democrática y honesta con la ciudadanía es la devolución de la palabra al pueblo soberano mediante la convocatoria inmediata de elecciones generales.

Que sea la voluntad de los ciudadanos la que determine el nuevo rumbo del país, permitiendo al PSOE iniciar un proceso de profunda y necesaria renovación interna —desde la refundación ideológica y moral, ya sea desde la oposición o desde donde decidan las urnas—, pero compareciendo ante la sociedad con las manos libres, el balance limpio y la dignidad recuperada.

Mantener el enrocamiento actual y la estrategia de resistencia artificial solo contribuye a difuminar deliberadamente la frontera entre el proyecto histórico de la socialdemocracia y las urgencias de defensa jurídica o personal del líder.

El Comité Federal de este sábado tiene ante sí la altísima e inaplazable responsabilidad de recordar a toda la organización que los líderes pasan, a menudo de forma efímera, pero el partido, sus valores y su compromiso innegociable con la honestidad permanecen.

Es hora de actuar con la valentía, la rectitud moral y la fidelidad a nuestras raíces que nuestros militantes, nuestra historia y nuestros votantes merecen».

Juan de Justo

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