In memoriam, por José y Dolores y por las ausencias y los vacíos

31 de octubre de 2023
2 minutos de lectura
José y Dolores. /F.I.
José y Dolores. /F.I.

Llega el momento del reencuentro con la memoria de quienes he amado y querido.

Visito el recuerdo que perdura y el dolor me atraviesa otra vez -si es que alguna vez dejó de hacerlo- por los gestos y las caricias que jamás volverán, por las palabras que se alejaron entre las nubes y los rostros que intento arrebatar al olvido.

Me quedan las lágrimas, sí, por las ausencias, y una sonrisa con la que imagino las suyas. El vacío es enorme y el consuelo es imposible. Dicen que el tiempo los cura. No es verdad. Ellos no están y nada basta, nada es suficiente para aplacar la tristeza.

No están las manos firmes y seguras a las que agarrarme cuando todo flaquea y te asustan los monstruos de la noche y del día. Ni las palabras que te curen y te orienten. Ni los besos emocionados ni los abrazos que te reconfortan en los días de cielo gris.

No están ya aunque los busque entre la gente, en los bancos del parque durante las cálidas tardes de verano, o entre la flores. Sus pasos lentos y su huella eterna. Ya no me llaman ni abrazan. El pecho se retuerce de rabia al verlos sin poder tocarlos ni sentir sus dedos envejecidos entre las ondas de mi pelo rebelde.   

Ha sido tan cruel, tan doloroso e injusto comprobar cómo se apagaban sus vidas, tan plenas e intensas hace apenas un suspiro, que al permitir su despedida parecía evitar su sufrimiento, aunque sabía que el mío no tendría remedio desde ese instante en el que que sus ojos se cerraron a la luz y las manos se quedaron tendidas y vencidas junto a las mías.

Soy parte de ellos. El resultado de su legado, de sus consejos y remedios.

Recorro los espacios del tiempo buscando las huellas de sus pasos en habitaciones ahora vacías y en casas cerradas; en ropas colgadas que vistieron momentos irrepetibles en los que crecí hasta hacerme mayor y me encontré con la estúpida ironía de lo que creía importante, sin saber muchas veces que vosotros erais el alma que llenaba los días y las noches.

Fui dichoso por tenerlos, por amarlos con locura y, quizás, me quede el lamento de no haberme entregado más a sus vidas por la distancia y lo pasajero.

Siempre me llegó su comprensión con los errores y su entrega incondicional para quitarme temores y miedos. Me empujaron a la esperanza, a creer en lo imposible, a la bondad y al cariño y me alejaron del odio inútil y las palabras muertas.

He tratado de acostumbrarme y vencer la soledad, pero no he podido seguir adelante sin perder la mirada cada día en un cielo estrellado buscando vuestros ojos pequeños y dulces dando sentido a mi vida.

Siempre los tuve cerca y siempre los sentí cerca, incluso ahora que me falta su aliento y el perfume a nardos, jazmín y agua de rosas.

¡Cómo os echo de menos!

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