A las 19:45 de la tarde del domingo 18 de enero, la vida de decenas de familias cambió para siempre. Un choque entre dos trenes en la línea de alta velocidad Madrid–Sevilla, a la altura de Adamuz, dejó al menos 42 muertos y más de un centenar de heridos.
Las imágenes de vagones volcados y la cifra de víctimas inundaron informativos y redes sociales, pero detrás de cada número hay un hogar, una calle, nombres y rostros que no aparecen en los titulares.
He aquí algunas de esas historias, contadas con el respeto que merecen. Son retratos de personas que volvieron de un viaje —o iban a empezar uno— y nunca regresaron.
Cristina Álvarez y José ‘Pepe’ Zamorano, vecinos de Aljaraque pero con raíces en Punta Umbría, regresaban de Madrid con parte de su familia. Iban con su hijo José, de 12 años, y con su sobrino Félix, de 25; los cuatro perdieron la vida en el accidente.
Sobrevivió la hija pequeña del matrimonio, de 6 años.
En Punta Umbría, el bar de la esquina, la tienda, el colegio, el instituto: todo recuerda a una pareja conocida por su contagiosa disposición a ayudar.
Sus vecinos, aún perplejos, repiten que eran gente «de las de toda la vida»: la madre regentaba una pequeña tienda de ropa infantil, el padre trabajaba de cara al público.
En apenas 48 horas, el pueblo se volcó en muestras de cariño: ramos de flores frente al Ayuntamiento, mensajes en la iglesia y manos que se tendieron para lo urgente: ropa, cuidados, compañía.
Rafael Millán Albert, de unos 50 años y vecino de Punta Umbría, viajaba con su esposa —que sobrevivió— en el Alvia. Había trabajado en la zona ORA y estaba opositando al Cuerpo de Prisiones.
Cuando se perdió su pista, su sobrino pidió ayuda públicamente. Horas después llegó la peor noticia de todas: la confirmación de su fallecimiento. En su barrio hablan de un hombre constante y perseverante, de los que no se rendían a la primera.
Óscar Toro, de 63 años, y María Clauss, de 62, eran un matrimonio de periodistas onubenses con una larga trayectoria en la comunicación local. Regresaban a Huelva desde Madrid y ocupaban uno de los vagones siniestrados del Alvia.
Eran muy conocidos por su labor educativa y cultural. En el accidente también resultó herida su hija, que esperaba noticias de sus padres en la estación de Huelva. Hoy son otros quienes cuentan su historia.
Varios de los fallecidos eran formadores de opositores a Instituciones Penitenciarias: hombres y mujeres que dedicaban horas a preparar exámenes y a plantarles esperanza a quienes buscaban un futuro más estable.
Entre ellos, Ricardo Chamorro Cáliz, subdirector de un centro penitenciario de Huelva, que en su tiempo libre daba clases para opositores. Su hijo confirmó la peor noticia tras horas de búsqueda. Entre sus alumnos, el agradecimiento es ahora memoria.
Andrés Gallardo Vaz, de Lepe, también volvía de Madrid tras acompañar a sus alumnos a una convocatoria. Su hijo pidió ayuda para localizarlo. Horas después, se confirmó su fallecimiento.
No eran turistas ni viajeros de fin de semana: eran docentes que, por vocación, se hacían cargo de las expectativas de otros. Al conocer la noticia, muchos de sus exalumnos escribieron mensajes en redes: agradecimiento, incredulidad, dolor…
‘Pepi’ Sosa Casado y su hija Ana Martín Sosa volvían a Isla Cristina tras un examen de oposiciones de Instituciones Penitenciarias en Madrid. Tristemente, no lo hicieron. El Ayuntamiento expresó su «profunda consternación y dolor». El cantante Manuel Carrasco, también isleño, resumió el sentir del pueblo: «¡Qué pena más grande!». Las conocía «de siempre».
Pablo, de 28 años y natural de Alcorcón, estaba al mando del Alvia. Cinco años en la profesión le habían valido el respeto de compañeros y vecinos. Aficionado a la fotografía, era de esos conductores que hablaban con calma y que siempre aseguraban que la seguridad era lo primero. En la estación de Alcorcón y en su barrio se le recuerda con cariño: su formación laboral y su carácter afable. Su pérdida abre preguntas sobre la vida que hay detrás de la cabina: grandes responsabilidades, turnos nocturnos, familias que esperan al final del trayecto.
María del Carmen Abril, de 50 años, natural de Bujalance, daba clase en el IES Los Castillos de Alcorcón. Volvía a Córdoba cuando ocurrió el accidente. El Ayuntamiento cordobés confirmó su fallecimiento tras recibir la noticia del propio instituto. Sus alumnos guardan ahora una mesa vacía.
José María Martín y Eduardo Domínguez, de Gibraleón, eran conocidos en su pueblo. El Consistorio onubense confirmó su muerte. José María era costalero de la Hermandad Servita del Santo Entierro, quién pidió una oración por él y subrayó su devoción. Dos nombres que hoy suenan en cada esquina.
Miriam del Rosario Alberico Larios, de 27 años y de Lepe, iba sola en el primer vagón del Alvia con destino Huelva. Al principio su familia creyó que estaba herida por informaciones erróneas en hospitales. Luego llegó la desgarradora noticia. Sus amigas hablan de una chica alegre, de planes que se quedaron en la estación.
Jesús Saldaña, de 30 años y natural de Málaga, trabajaba como cardiólogo en el madrileño Hospital La Paz. Iba en uno de los vagones del Iryo con dirección Madrid. Familiares y amigos difundieron mensajes buscándolo hasta que se confirmó que era una de las víctimas. Tenía toda la vida por delante y una bata colgada en un armario que ya no volverá a usar.
Una tragedia así deja preguntas y urgencias que no caben en un informe oficial. No solo importa saber qué pasó, sino cómo se acompaña a quienes se han quedado sin padre, sin madre, sin hijos, sin compañeros de vida. ¿Quién sostiene a esas familias cuando se apagan los focos y se van las cámaras?
Hoy toca detenerse en las cosas pequeñas pero verdaderamente importantes de la vida: en el relevo de una policía local que pasa por la puerta con la gorra baja; en el párroco que prepara las misas; en la vecina que deja la comida preparada antes de irse a trabajar; en los abrazos que duran horas y no piden explicaciones.
Porque, en tragedias como esta, la vida ya no sigue: se para en seco, y en muchos hogares el silencio ya tiene nombre propio.