Gracias, señora Olona

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Mario Conde
El exbanquero Mario Conde.

Por MARIO CONDE

No conozco a Macarena Olona. Mi primer punto de contacto reside en que, según leo en medios, su sangre proviene de Alicante, magnifica ciudad en la que residí un inolvidable tiempo entre los 8 y los 16 años, momento en el que, por decisión de mi padre, recalé para estudiar Derecho y Economía en la jesuítica -y entonces extraordinaria- Universidad de Deusto.

Y gracias a mi hermana Carmen, casada con estupendo alicantino, hoy tengo sobrinos y sobrinos nietos que portan sangre de esa zona del Levante español.

Pero lo mas trascendente, grupos genéticos aparte, reside en que, según leo, la señora Olona es abogado del Estado y esto es ya harina de diferente costal.

Al margen de si coincido o discrepo de sus opiniones políticas -en algo coincidiré digo yo- lo cierto es que gracias a sus intervenciones -he visto solo algunas- percibí algo que me ha hecho enorme ilusión: he recuperado la fe perdida en la calidad de mi cuerpo de abogados del Estado y eso para mi tiene una dimensión casi espiritual.

Confieso con humildad que la perdí, resultado del que fueron responsables ciertas personas pertenecientes a ese otrora ilustre cuerpo de juristas -qué difícil es ser un verdadero jurista- cuyos nombre decido omitir, no por miedo ni prudencia sino sencillamente porque prefiero obviar los malos recuerdos.

Por ello mismo, por esa trágica pérdida de credibilidad, escuchar a la señora Olona me ha devuelto el orgullo de pertenencia a esas tres palabras que aún hoy al pronunciarlas me provocan una agitación interior impagable: «abogado del Estado».

De nuevo cobra sentido de orgullo que mi nota en las oposiciones no haya sido mejorada todavía, -ni siquiera por ella, según creo, clara candidata a superar el listón- pero para que ese dato disponga de valor real, en términos de legítimo orgullo, es necesario que su referente -el Cuerpo de abogados del Estado- sea merecedor de reconocimiento interior.

Así que gracias a la señora Olona.

Y, al tiempo, lamento su desaparición de la escena política.

No creo ofender a nadie si digo que la calidad que observo en bastantes, no todos, de los dignos integrantes de nuestra clase política no es excepcional.

Por ello, contemplar a una persona que transmite conocimiento de causa, formación juridica, convicción en sus opiniones, capacidad dialéctica de defenderlas y dignidad en no acudir al manoseado expediente del «lo conveniente», aportaba una brizna de esperanza de que algo podía estar variando. Insisto: no hablo de opiniones políticas.

Hablo de algo tan serio y profundo como la calidad humana y profesional.

Creo que es cierto que abandona por enfermedad. No tengo duda.

Conozco su dolencia que consiste en disponer de inteligencia, conocimientos juridicos, profundidad de convicciones, capacidad dialéctica, renuncia a la cofradía de «lo conveniente» y sus correspondientes derivadas en el modelo de conducta que observo. Es una enfermedad muy peligrosa, sin duda.

Este país se integra por demasiados «sanos» que no padecen en absoluto semejante enfermedad y precisamente por ello el sistema de poder se sostiene gracias a esa suerte de «sanidad mental».

Pero, claro, de vez en cuanto alguno se escapa de semejante circulo vicioso y, entonces, por estabilidad política, al sujeto hay que tratarlo de modo conveniente.

El particular «sistema médico» aplica una quimioterapia demoledora: la destrucción personal programada con la ayuda de los asistentes sanitarios pertenecientes al sistema judicial, financiero, mediático y tributario.

Generan un coma inducido del que no resulta sencillo escabullirse, a menos que una retirada a tiempo, antes de ser aplicada la dosis «medicinal», evite el ingreso en hospital del sistema.

Comprendo la retirada por enfermedad. Pero lo lamento.

No es nada fácil enfrentarse al sistema, y, obviamente, no me refiero al métrico decimal.

Alguien me advertía antes de ayer: «los que están ahora no son los mismos; son otros los que mandan».

Sonreí… El Sistema no conoce de personas sino de elementos integrantes al servicio de un modelo de poder.

Se llaman diferente, es cierto, pero no son distintos en lo esencial: su conciencia de pertenencia al Sistema, cada uno en su vector, en sus atributos nominales de «derecha», «izquierda», «centro»… Palabras destinadas a confundir a los «sanos mentales».

Y si existe alguna palabra singularmente manoseada por excelencia para crear confusión es esta: «moderado».

Nada cambia desde Lampedusa.

En todo caso, muchas gracias, señora Olona.

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