No todo el mundo afronta el verano en igualdad de condiciones. Quienes conviven con enfermedades crónicas deben prestar atención extra a la hidratación, la conservación de sus fármacos y su alimentación fuera de casa.
Un despiste con la medicación o una comida poco adecuada durante las vacaciones pueden derivar en algo más serio: una urgencia médica o incluso un ingreso. Lo explica Covadonga Gómez Cuervo, médica adjunta de Medicina Interna en el Hospital Universitario 12 de Octubre de Madrid. La especialista subraya que el calor complica especialmente a los pacientes crónicos. En muchos casos, ni su organismo ni los fármacos que toman a diario ayudan a regular bien la temperatura corporal, lo que multiplica el riesgo de deshidratación.
A esto se suma que el verano rompe rutinas: se come distinto, con más comidas fuera de casa y productos procesados, y es fácil despistarse con los horarios de las pastillas. Para alguien con el corazón delicado, diabetes o tensión alta, ese cambio de hábitos puede pasar factura. Hay otro riesgo menos evidente, según la doctora: cuando durante las vacaciones cuida del paciente alguien distinto a su cuidador de siempre. Esa persona no siempre domina los mismos detalles sobre la enfermedad o el tratamiento habitual.
No todos los fármacos se comportan igual con el calor. La médica pone el foco en los diuréticos, los antihipertensivos y ciertos tratamientos para la diabetes, por su relación directa con la deshidratación. También pide precaución con los antihistamínicos para alergias, así como con algunos fármacos usados en depresión, ansiedad o insomnio, ya que pueden alterar la capacidad del cuerpo para enfriarse y acabar provocando un golpe de calor.
Quienes tienen los riñones o el corazón afectados, sobre todo si además toman diuréticos o medicación para la tensión, corren un riesgo añadido de deshidratarse. La experta también recuerda a los pacientes respiratorios, más vulnerables al aire seco y contaminado del verano.
Entre los fallos más repetidos, la doctora señala uno muy simple: no beber suficiente agua a lo largo del día, algo crítico si se toman diuréticos o fármacos para la tensión.
Vivir sin aire acondicionado o en espacios mal ventilados —algo frecuente en domicilios y residencias— alarga la exposición al calor y dispara el riesgo de sufrir un golpe de calor. Junto a esto, la mala alimentación veraniega y, sobre todo, olvidar la medicación completan la lista de errores más comunes. Por eso, su recomendación pasa por acudir al médico de familia antes de que llegue el calor fuerte, para repasar hidratación, dieta y un posible ajuste del tratamiento habitual. Pone un ejemplo sencillo: hay diabéticos que pueden tomarse un helado sin problema en verano, y otros que no deberían. Con la hipertensión sucede algo parecido, ya que algunos pacientes necesitan reducir o pausar temporalmente su medicación durante una ola de calor, aunque no es la norma para todos.
Por último, aconseja no salir de viaje sin la medicación necesaria, o asegurarse de poder conseguirla en el destino junto con la tarjeta sanitaria. También recomienda llevar encima un informe médico actualizado, útil si hay que acudir a un centro de salud durante las vacaciones.