Salvo las películas históricas, el Padrino o las de espionaje, mi afición por el cine se reduce a una película muy recomendada de los que saben o a un capricho por recordar actores que ya no viven entre nosotros. Quise ver la semana pasada El Gatopardo de Alain Delon, pero el alquiler me pareció excesivo y eché mano en soledad a la memoria.
Confieso que no me gustan las películas de Almodóvar, aunque reconozco su toque de originalidad y ese punto amargo y provocador que tienen los resentidos. Su tipo de películas gira alrededor de lo mismo sin dejar atrás la acidez de las venganzas acumuladas en las distintas etapas de su vida. Ignoro si aún le queda mucho daño dentro que arrojarnos todavía desde la cara luminosa del arte.
Como a todos nos pasa, espero que a Almodóvar se le ponga blanco también el pelo de dentro y convierta sus últimas películas en otras obras de arte, pero anaranjadas, nacidas desde sus rincones olvidados, donde pueda verse también la magia, su otra capacidad, la inteligencia que Dios le ha regalado.
El León de oro de Venecia no tiene jaula. Felicidades, de verdad.