El tránsito hacia una convivencia plena exige hoy que la lucha contra el desvío de recursos sea imprescriptible y radical. En este 2026, debemos declarar como máxima prioridad la erradicación de esa secuela que empobrece el alma de nuestras instituciones y asfixia el desarrollo social. Este compromiso nos obliga a todos, sin distinción, a participar activamente en la vigilancia de lo público, asegurando que cada acuerdo y cada decisión se tome bajo la luz de una transparencia absoluta. Solo así, despojados de los vicios del pasado y con la mirada puesta en la rectitud, podremos alcanzar un estadio cultural donde la honestidad sea la norma y no una excepción heroica.
Las ideas centrales de una auténtica reconstrucción nacional deben pasar por la convicción de que es posible reducir la brecha de la desigualdad mediante la derrota sistemática de las prácticas ilícitas. La transparencia no puede ser una promesa de campaña; debe ser una prioridad constitucional blindada para garantizar un manejo pulcro de los recursos estatales. No es aceptable que las carencias sociales o el desempleo sigan siendo alimentados por la distracción de fondos públicos hacia intereses privados. Nos corresponde promover y elevar a derecho interno todos aquellos protocolos internacionales que desarrollan los principios de la conciencia universal contra el fraude y el cohecho.
Es momento de forjar un gran pacto de integridad que integre a todas las fuerzas vivas: desde el sector empresarial y la academia hasta los organismos financieros. Debemos demostrar un deseo firme de gestionar la res pública de manera distinta, distanciándonos radicalmente de las prácticas que hoy se ven cuestionadas por la justicia y por el clamor de la calle. La corrupción no es solo un dilema moral; es un lastre económico que castiga con mayor saña a los más vulnerables. Subvertir el imperio de la ley para beneficio personal es una traición directa al contrato social, y por ello, la respuesta debe ser una política de tolerancia cero que garantice que el tiempo de la impunidad ha terminado.
Estamos ante una oportunidad histórica para dar un cierre definitivo a las sombras que han empañado la gestión institucional. Lo que para la mayoría representaba una esperanza de progreso no puede seguir viéndose empañado por la opacidad y la ineficacia. Es imperativo que la sociedad civil, motor de esta nueva era, impulse la reinstitucionalización del país con un compromiso firme por la rectitud. Solo mediante esta vigilancia constante aseguraremos que las experiencias de abuso de poder queden sepultadas en la historia, evitando que se repitan los ciclos de angustia que han erosionado la fe del ciudadano en el sistema.
«La medida del hombre es lo que hace con el poder.» — Platón
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario