La vigilia del Papa León XIV en el Estadi Olímpic Lluís Companys de Barcelona quedó marcada por el testimonio de Desirée, una joven de 20 años cuya historia de vida se convirtió en el eje central de la jornada. Ante una multitud, la estudiante de Derecho expuso la crudeza de su infancia, marcada por un intento de feminicidio. «Durante mi infancia mi padre intentó matar a mi madre. Ella se salvó porque un chico se interpuso para protegerla y este murió. Mi padre entró en prisión y mi madre se refugió en las drogas», confesó ante el pontífice.
Tras el traumático suceso, Desirée fue acogida por los servicios sociales a los 10 años, una etapa que ella describe como el inicio de su acercamiento a la fe. En el centro de menores donde fue trasladada, comenzó a conocer la figura de Jesús, lo que la llevó a bautizarse y, eventualmente, a ser adoptada por una familia creyente. A pesar de este refugio, la joven confesó que durante mucho tiempo se encerró en sí misma para protegerse, cuestionando incluso la presencia divina: «A veces levanto los ojos al cielo y le preguntó a Dios ‘¿dónde estabas cuando era una niña?'».
La pregunta central que Desirée planteó al Santo Padre fue un desafío emocional: «¿Cómo puedo perdonar a mi padre, que estuvo a punto de dejarme sin madre?». La joven admitió que, aunque ha avanzado en su proceso personal, todavía siente un conflicto interno significativo al intentar procesar el daño causado por su progenitor, evidenciando que el perdón es un camino complejo y, a menudo, doloroso.
León XIV respondió al testimonio con una profunda reflexión sobre la violencia sistémica y la necesidad de sanación. El pontífice denunció que «tantas crónicas policiales todavía reflejan un clima envenenado en las relaciones familiares de abusos y opresiones, y en particular de violencia contra las mujeres que a menudo desembocan lamentablemente también en feminicidios». Además, enfatizó que esta problemática requiere una respuesta activa tanto individual como de la sociedad en su conjunto.
Finalmente, el Papa ofreció a Desirée una perspectiva de esperanza, invitándola a reconocerse en su fe: «Somos pecadores perdonados, pacificados y capaces de perdonar, capaces de ser portadores de paz y las hijas estimadas de Dios». Con este mensaje, el líder católico buscó validar el sufrimiento de la joven, acompañándola en su búsqueda de significado y animándola a continuar con su proceso de superación personal a pesar de las cicatrices del pasado.