Decepcionados ante su propia incertidumbre, los acampados de Sol reconocen “el desgaste” de su inútil decisión y levantan las lonas y los sueños de una plaza histórica que a nadie pertenece, salvo al derecho de pasear por ella y escuchar en el reloj de la Casa de Correos el sonido del tiempo.
En memoria de Maricarmen, que resultó ser una desaprensiva inquilina que abusó de una fragilidad aparente, decidieron los jóvenes de toda España reivindicar un legítimo derecho a la vivienda, cuyos precios rozan lo esperpéntico (tampoco los jóvenes de hoy son especialmente esforzados y ahorrativos). Aplaudo la consideración de cualquier lucha noble y sosegada por causas que merezcan la pena defender. La Constitución respalda el derecho a la huelga, pero no define los sitios donde debe producirse.
En lugar de instalarse en la Puerta del Sol, que debiera estar prohibido porque también pertenece a los que no acampamos, sugiero la Casa de Campo, en donde tiene su raíz etimológica “las acampadas”, con más espacio y menos molestias. Y que nadie se aproveche de que el Pisuerga pasa por Valladolid. La justicia política debe ponerse de manifiesto, sobre todo, en las preferencias del próximo 29 de noviembre.
Pedro Villarejo