El calor reduce el apetito por un mecanismo de supervivencia

16 de agosto de 2026
2 minutos de lectura

Dos expertos de la Universidad Europea explican por qué el cuerpo prioriza refrescarse frente al hambre en verano

El organismo humano prioriza mantener su temperatura interna frente al hambre durante los meses más calurosos. Así lo explican dos expertos de la Universidad Europea de Andalucía: la doctora Cristina López y el profesor Fernando Mata. Ambos coinciden en que la pérdida de apetito veraniega responde a un mecanismo de supervivencia térmica.

El cuerpo prioriza refrescarse antes que digerir

Cristina López, directora del Departamento de Biomedicina y Odontología de la Universidad Europea de Andalucía, explica el fenómeno. Al ser humanos animales homeotermos, el cuerpo lucha por mantener una temperatura interna de entre 36,5 y 37 grados. Para lograrlo, el hipotálamo activa la vasodilatación y la sudoración, incluso a costa de reducir la sensación de hambre. «La necesidad de enfriar el cuerpo prevalece sobre el hambre», resume López.

Digerir comidas pesadas deja además de ser una prioridad, ya que procesar alimentos genera calor interno. Ese calor extra es, según la experta, el que reduce el apetito ante los platos más copiosos. El calor, explica, «modifica los circuitos hormonales relacionados con la leptina y la insulina». Esto reduce la señal de hambre y ralentiza la digestión para priorizar el riego sanguíneo en la piel.

Por qué apetecen tanto los platos fríos

El profesor de Fisiología y Nutrición Fernando Mata añade que existe también un fuerte componente sensorial. La temperatura de la comida cambia de inmediato la percepción del cerebro a través de los receptores TRPM8, sensibles al frío. Esa estimulación genera un alivio térmico instantáneo en los circuitos de recompensa del cerebro. Se trata, según Mata, del mismo mecanismo que provoca el dolor de cabeza conocido como «cerebro congelado».

El mal descanso también cambia lo que comemos

La alimentación veraniega está además muy influida por la cronobiología y por el calor nocturno, que altera el descanso. Dormir mal modifica hormonas clave como el cortisol, la melatonina, la grelina y la leptina. Esos cambios hormonales influyen directamente en las decisiones que tomamos a la hora de comer. «Una mala noche de sueño altera nuestras preferencias al día siguiente», explica Mata. Según el experto, esa mala noche incrementa la búsqueda de alimentos rápidos y azucarados, aunque el calor reduzca el apetito global.

Beber agua, la clave frente al calor

Ante las olas de calor, los expertos señalan el agua como el pilar fundamental para evitar la fatiga. Mata desmonta además la teoría de que beber agua pura deshidrata al aumentar la diuresis. «Este fenómeno solo se produce al consumir grandes volúmenes de agua sin alimentos», precisa el experto. El organismo, según explica, cuenta con un sistema de regulación extremadamente preciso.

Por eso, recomienda priorizar líquidos a través de sopas frías, frutas como la sandía o el gazpacho. El sodio y los minerales de estos alimentos mejoran notablemente la absorción del agua en las células.

Azúcar, sed y fatiga: qué hay detrás del bajón veraniego

López atribuye la fatiga típica del verano al esfuerzo extra que realiza el sistema cardiovascular para mantenernos frescos. Ese bajón, aclara, no responde a una falta de azúcar en sangre. Suele deberse, más bien, a la vasodilatación y a una ligera bajada de tensión.

«Las bebidas muy azucaradas pueden empeorar la hidratación al aumentar la carga en el estómago», advierte. El verdadero problema ante el calor extremo, insiste, no es de glucosa, sino de equilibrio hídrico.

López aconseja además no guiarse únicamente por la sensación de sed para saber cuándo beber. «Esta aparece cuando ya existe cierto grado de deshidratación», advierte, un mecanismo más atenuado en las personas mayores.

Por todo ello, las pautas frente a las olas de calor combinan medidas nutricionales y cronobiológicas. Entre ellas, cenar ligero y evitar el ejercicio físico en las horas centrales del día para proteger el descanso.

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