Cinco hipótesis para explicar la ambigüedad de Panamá frente a la agresión rusa contra Ucrania

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Ya se sabe, el mundo luego de que estalló la guerra de Ucrania, ha perdido la inocencia que lo hacía creer en un supuesto multilateralismo dominado por el orden liberal consolidado en 1989. Fue una buena aspiración. Quizás era el camino correcto, pero simplemente no es real. Algunas instancias de ese limitado orden liberal internacional seguirán siendo útiles, pero no serán dominantes. Al menos por un buen tiempo.

La realidad cruda es que la Guerra Fría (y no tan fría como en Ucrania, los Balcanes o Siria), siempre estuvo entre nosotros, solamente que transformada, con el mismo poder nuclear en juego, pero ahora con más tecnología digital, Internet e Inteligencia Artificial incluidos. Seguirá habiendo material para las películas de espías.

Pero no se trata solamente de una guerra por el control de territorios estratégicos y mercados o por acceso a tierras raras, minerales y agua dulce. También es una guerra ideológica sobre diferentes esquemas de coexistencia, de economía y de organización del poder. 

Aunque, como es obvio, en ninguno de los dos bandos estamos hablando de modelos quimicamente puros, es un hecho que, visto a grandes rasgos, por un lado tenemos al Occidente ideológico, que incluye a Estados Unidos, Canadá, Europa, gran parte de América Latina, Israel, Australia, Taiwán, Japón y Corea del Sur y, por el otro, el bloque autoritario de China, Rusia, Bieolorusia, Irán y Corea del Norte.  Aunque también navegan en ese mar global enormes buques un tanto impredecibles como la autocracia turca, la satrapía saudita y otros como Nigeria, Sudáfrica y la India.

El Occidente ideológico aboga primordialmente por sociedades abiertas, con democracias liberales, Estado de Derecho, con libertad de expresión y relevo periódico del poder, atención al problema de la desigualdad en armonía con la economía de mercado, respeto a las minorías y a la oposición. 

El otro polo es fundamentalmente autoritario, poca o ninguna tolerancia a la disidencia y a las minorías, con autocracias personalistas o de partido y utilización del mercado capitalista en la medida que sirva al poder dictatorial. Este polo se siente amenazado por las democracias occidentales, principalmente por cuanto representan un mal ejemplo de alternancia en el poder y libertad de expresión, que ponen en duda la supuesta necesidad de las autocracias que son el esquema de poder en China y Rusia. Si las poblaciones de Rusia o China observan que se puede tener bienestar y mercado sin autoritarismo, se pueden “contagiar” y eso no es bueno para Putin, Xi Jinping o Lucashenko.

En ese escenario, por su Historia, idiosincracia, valores y conveniencia, Panamá es indiscutiblemente parte del Occidente ideológico, sin embargo, en los meses posteriores al inicio de la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania, hasta ahora la política exterior de Panamá ha tomado una posición ambigua.

¿De dónde sale el devaneo “multilateral” de Panamá? Tengo cinco hipótesis que podrían ayudar a explicar el asunto. No creo que ninguna de ellas sea suficiente, por sí sola, para dar sentido al curso de ambigüedad seguido. Estimo, más bien, que una mezcla de todas ellas, en proporciones diversas, dependiendo del momento, podría ser la razón del equivocado rumbo. A continuación las describo y comento.

Primera hipótesis

Confusión sobre la neutralidad del Canal: Con los Tratados del Canal de 1977, Panamá y Estados Unidos también firmaron un Tratado de Neutralidad, el cual tiene un Protocolo al que se pueden adherir y se han adherido muchos países, entre ellos Rusia y muchos otros. China no lo ha hecho. Según ese tratado, el Canal de Panamá debe ser neutral, en tiempo de paz y de guerra. Todos los bandos lo pueden usar. Hay una discusión jurídica en Panamá sobre si son válidas o no, unas enmiendas unilaterales que introdujo el Senado de Estados Unidos, que podrían justificar aún un poder colonial del gigante americano sobre el Canal y sobre el país.

En lo que tiene que ver con la actualidad, el punto  es que hay algunos sectores confundidos en Panamá que piensan que, debido a ese tratado, Panamá está obligada a ser neutral como país en todo conflicto internacional. Es una realidad que esa idea incorrecta está bastante extendida en nuestro imaginario colectivo.

No obstante, ese enfoque no es jurídicamente cierto. Según ese tratado, Panamá tiene que respetar el tráfico de todos los contendientes por la ruta y por cualquier otro canal interoceánico que se construya en Panamá. Hasta allí llega el compromiso. Eso no ata nuestra política exterior, que debe estar a favor de sus propios intereses y que, en mi opinión, significa estar de parte de Occidente sin titubeos.

Por otra parte, aunque Panamá tomara una posición neutral, supuestamente basada en el tratado, eso no es garantía de que estaría libre de ataques. Si hay algo de la esencia en la presente conflagración mundial, es que el sector antioccidental no se siente vinculado con ese orden jurídico internacional hecho por Occidente, basado en instituciones como la Corte Internacional de Justicia de La Haya o los organismos de Derechos Humanos.

En Ucrania ya Rusia ha demostrado que le importan muy poco los tratados internacionales, empezando por la Carta de las Naciones Unidas, el respeto a las fronteras y el catálogo entero del Derecho Humanitario en caso de guerra. En la provincia de Sinkiang, China mantiene en campos de concentración y en constante persecución étnica a los Uigures, minoría musulmana, sin respeto alguno por los pronunciamientos de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Tampoco ha respetado China el compromiso de “Un país, dos sistemas” y está aplastando con furia la vocación democrática y occidental de Hong Kong.

Si Rusia quiere atacar el Canal de Panamá, por cuanto su enemigo declarado, Estados Unidos, es el principal usuario por flujo de carga de la ruta, con un 73% del total, no habrá tratado ni tribunal de La Haya que la detenga. Y en el caso de China, como se trata del segundo usuario por flujo de carga del canal, con 21%, no parece lógico que China se haga daño a sí misma, exista o no tratado. Estos son temas geoestratégicos y no jurídicos.

Peor aún: tampoco es cierto que los países neutrales deben callar ante la flagrante violación de fronteras en que ha incurrido Rusia contra Ucrania. Por ejemplo: Suiza, Costa Rica, Malta y Japón, países oficialmente neutrales, han condenado expresamente la anexión ilegal de territorios de Ucrania por parte de Rusia.

Segunda hipótesis

Nostalgia por la internacionalización de la negociación del Canal.

El destacado Historiador panameño Omar Jaén Suárez, entre tantas obras relevantes, escribió en dos tomos lo que se reconoce como la Historia definitiva de Las negociaciones de los tratados Torrijos-Carter 1970-1979 (Autoridad del Canal de Panamá, 2005).  

En esa obra, el autor describe cómo en el año 1973 las negociaciones entre Estados Unidos y el gobierno militar de Omar Torrijos habían llegado a un punto muerto. Jaén Suarez explica con todo lujo de detalles la estrategia diseñada por la Cancillería de Panamá que Torrijos tuvo el buen tino de seguir para internacionalizar la causa por la recuperación del Canal y la plena soberanía, transformándolo de un conflicto bilateral a un proyecto latinoamericano y del Tercer Mundo en general.

Panamá se hizo “amigo” de todos: los comunistas, los no alineados, los latinoamericanos, los africanos… Desde Fidel Castro, pasando por Ted Kennedy y Arafat, hasta Tito, el de Yugoslavia. El asunto produjo una reunión del Consejo de Seguridad de la ONU en Panamá en 1973, la primera en el continente americano fuera de Nueva York. Como consecuencia de ello se generó la Declaración Tack-Kissinger de 1974, se reorientaron las negociaciones que concluyeron con el Tratado de 1977, en base al cual, finalmente, al día de hoy, Panamá recuperó su plena soberanía.

Desde entonces ese talante “multilateralista” y ese rol de Panamá “en la palestra internacional”, es un estilo diplomático que ronda nuestra política exterior. Quizás sea eso a lo que se refieren los que hoy hablan de “hub político”. Lo cierto es que Panamá se ofreció como foro para buscar la paz de Cetroamérica, como destino final de asilo para políticos excluidos del poder como el Sha de Irán o el ex presidente de Guatemala Serrano Elías. Más recientemente, en la pasada administración, Panamá fue el foro donde se encontraron Barack Obama y Raúl Castro, en el fallido intento de Obama por cambiar la política exterior hacia Cuba.

La estrategia de internacionalización de la causa del Canal fue un éxito diplomático y cumplió un objetivo concreto en los años 70 del siglo pasado.  Todavía quedan panameños nostálgicos de aquellos tiempos de “protagonismo internacional” de Panamá. Según la visión de este sector, Panamá puede seguir, en los tiempos presentes, sacando provecho de ese doble juego. 

Yo pienso que se equivocan. El escenario y los tiempos son muy diferentes. Ahora Panamá es un régimen democrático y debe tener como uno de sus principios de política exterior la defensa de la democracia. No hay ventaja económica futura o puesto en el Consejo de Seguridad que puedan justificar que Panamá no tome partido directo por el mundo Occidental, cuyos valores democráticos, Historia compartida y sólidos lazos económicos son intrínsecos a nuestra existencia como Nación.

Tercera hipótesis

Antiamericanismo de izquierda: La política exterior de Estados Unidos frente a América Latina en la Guerra Fría fue un desastre. Pese a algunas iniciativas sin duda positivas como la Alianza para el Progreso del Presidente Kennedy, durante las décadas desde los años 50 a los años 80 del siglo pasado, lo que dominó fue una ceguera anticomunista que hizo que Estados Unidos se convirtiera en el aliado natural de las oligarquías y satrapías militares tradicionales que históricamente han provocado que, todavía hoy, esta región sea la más desigual del mundo.

Todo el que aspiraba a una sociedad más justa y una apertura política era visto como comunista y enemigo de Occidente. Gracias a esa visión errónea, la política exterior de Estados Unidos dio oxígeno a los movimientos de izquierda y de liberación de las dictaduras, muchos de ellos reclutados por Fidel Castro y utilizados por los soviéticos para desestabilizar la región. 

En Panamá no fuimos ajenos a esa incapacidad de Estados Unidos para entender a la región. El 9 de enero de 1964 el ejército de Estados Unidos disparó contra estudiantes y civiles desarmados que solamente pedían que se cumpliera la palabra del presidente Kennedy, en cuanto a que se podía izar la bandera de Panamá en la colonia americana llamada “Zona del Canal”. Hubo un par de decenas de muertos.

De aquellos años queda un resabio de antiamericanismo de izquierda en algunos sectores muy minoritarios de la sociedad panameña. Esos sectores tienen la tendencia automática de tomar posiciones contrarias a cualquier cosa que apoye los Estados Unidos. No es un secreto que en Panamá se han escuchado voces que piensan que apoyar al “compañero” Putin es un acto “revolucionario”. Evidentemente están equivocados, ni los Estados Unidos de hoy son los mismos de la década de 1960, ni la Rusia de Putin con su corte de oligarcas multimillonarios precisamente es el modelo de igualdad socialista. 

Estacionarse en el pasado para siempre es un error de política exterior infantil. Nuestra afinidad con Occidente nace de nuestra propia realidad y escala de valores democráticos y de respeto a las diferencias. Si Estados Unidos representa también esos valores, estaremos en el mismo equipo. El día que los abandone, tomaremos caminos separados.

Cuarta hipótesis

Antiamericanismo de derecha: En 2008 se dio la gran recesión o crisis financiera mundial. Sus efectos fueron devastadores (en Panamá no se sintió tanto). Ante la gravedad del asunto, la ONU se ve desplazada como foro de soluciones. En su lugar tomó el rol de “gobernanza económica” el G-20, grupo de las economías más poderosas (incluyendo, entre otras, a Europa, Estados Unidos, India, Rusia y China), representativas del 90% del PIB mundial, 80% del comercio global y 2/3 de la población del mundo. 

El G-20 inició como un grupo de coordinación de Ministros de Economía y Finanzas y Gobernadores de Bancos Centrales que se reunían una vez al año, pero a partir de la crisis de 2008 se agregó una reunión anual de jefes de Estado.

En el seno de esta especie de “gobierno económico del mundo”, tuvo impacto la queja militante que venía desde los sectores medios y bajos de las poblaciones de Occidente, en el sentido de que los costos de la crisis no debían ser pagados solamente por las clases medias y bajas, a quienes se les recargaría de impuestos y recortaría el gasto social, mientras los banqueros, grandes millonarios y corporaciones, políticos, artistas y deportistas, se las arreglaban para no pagar impuestos, mediante estructuras de evasión en paraísos fiscales, tal como reveleban las primeras filtraciones de datos como la Lista Falciani en 2009. 

La consecuencia fue que el G-20 le dio un mandato al Foro Global de la OCDE para que generara un más efectivo mecanismo de coordinación de todos los países y jurisdicciones del mundo, para acelerar la aplicación de estándares internacionales de transparencia e intercambio de información financiera con fines fiscales. 

El Foro Global de la OCDE convocó a una reunión el 2009 en Los Cabos, México, donde 100 países y jurisdicciones dialogaron sobre una nueva estructura de gobierno y método de trabajo. La versión actual de ese foro inició operación en 2010 y Panamá es parte integrante desde el principio, para lo cual paga una membresía anual.

Bien, lo cierto es que desde el inicio todas las medidas que tomaba ese foro resultaron en una propuesta mundial que apuntaba a desarticular el Negocio de la Opacidad Corporativa (NOC), actividad multimillonaria desarrollada en Panamá desde 1927, principalmente por grandes firmas de abogados, integradas a la élite política y económica desde siempre. Más que firmas, se trata de grandes consorcios internacionales con casa matriz en Panamá y “sucursales” en todos los paraísos fiscales del mundo, incluyendo varios estados de los Estados Unidos. 

Los poderosos Defensores de los NOC en Panamá han puesto presidentes, ministros, magistrados, hacen y cambian leyes y han tenido acceso a las decisiones de Estado toda la vida. Esa facción de la élite nunca entendió el cambio mundial abrumador que se había dado en 2008 e interpretaron que todo ataque a su negocio era un ataque hipócrita de Estados Unidos y la Unión Europea “contra Panamá”. Claro, porque ellos se visualizan como los dueños del país. 

En todo caso, algo de razón siempre han tenido, porque el Foro Global al inicio trataba con guantes de seda a paraísos fiscales controlados por los países poderosos, tales como Luxemburgo, Nevada, Andorra, Delaware, Irlanda, Liechtenstein, Montana, la City de Londres y otros.

Lo cierto es que nuestra élite panameña Defensora de los NOC, a diferencia de otras élites más educadas como la de Uruguay, decidió declararle la guerra a los poderes del mundo. En vez de negociar, los panameños pensaron que tenían margen de maniobra o el poder suficiente para evitar lo peor. Se equivocaron.

Desde 2010, con mayor o menor éxito, los defensores de los NOC han tenido secuestrada la política exterior de Panamá y parte de la política fiscal, para dilatar y no colaborar con el Foro Global. Por 15 años se mantuvo la “guerra fría”. En 2016 calló en la ciudad de Panamá un misil nuclear enviado desde Europa llamado: Panama Papers y después han llegado otros. Desde esa fecha la guerra es abierta entre, en una esquina, los defensores de los NOC de Panamá y, en la otra, la Unión Europea y los Estados Unidos.

Nuestra élite defensora de los NOC es de derecha. Muchas veces de extrema derecha y admiradora de Trump. Es poco ilustrada. Olvidan datos como que, según cifras oficiales, su negocio no llega a ser ni siquiera el 1% del PIB de Panamá, salvo que auditorías de Precios de Transferencia que nunca se han hecho, revelen otra realidad. 

En su desesperación esta gente está mirando al Oriente. Buscan padrinos poderosos que les permitan seguir sus negocios, ante el hecho de que la Unión Europea y Estados Unidos han continuado su operación de desmonte de su actividad millonaria. Y ahora más, por cuanto la transparencia es vital para combatir las violaciones al embargo que hay sobre Rusia.

En esa mirada hacia Oriente, figuras destacadas de los defensores de los NOC fueron entusiastas promotores del rompimiento de relaciones de Panamá con Taiwán y del establecimiento de relaciones con la China autocrática de Xi Jimping. Incluso me consta que algún alto representante de esa corriente de opinión albergaba la idea de que en Panamá, además del dólar de Estados Unidos, se debía establecer la libre circulación del yuan, la moneda de China.

Esa visión egoísta, patrimonialista de los defensores de los NOC, tiene mucho peso en Panamá y probablemente está influyendo en el sentido de adoptar el discurso de China en el tema de Ucrania. En mi opinión se equivocan, porque los NOC no representan todo el sector servicios de Panamá, por cuanto el turismo y la logística son más importantes, además de que no me parece justo que la visión mayoritaria de los panameños, a favor del Occidente ideológico, sea puesta de lado por golpes de palacio de unos exaltados y exaltadas, con evidentes conflictos de interés.

Quinta hipótesis

Lobby de China en Panamá: Todas las potencias desarrollan amigos en los países que les interesan. Eso no es nuevo. En el contexto reciente de conflicto geopolítico, ha quedado más que en evidencia. 

Solamente hay que repasar los medios europeos de este año y encontraremos múltiples ejemplos. Se habla de la gran influencia de los oligarcas rusos en Londres y del reclutamiento del exprimer ministro inglés, David Cameron, en un fondo de inversión vinculado al proyecto chino de la Ruta de la Seda. Se ha denunciado en Alemania la cercanía a Putin y las gestiones pro rusas del excanciller Gerhard Shrõeder y en Francia el lobby abierta y entusiastamente a favor de China por parte Jean-Pierre Raffarin, exprimer ministro francés. Esto solamente por mencionar a algunos pesos pesados.

En el caso de China estamos hablando de una política renovada y sistemática que va de la mano de la agresividad expansionista que se ha potenciado bajo la visión más ideológica de su autócrata actual Xi Jinping.  Es interesante analizar cómo describió el asunto el Politólogo Jean-Pierre Cabestan de la Universidad Bautista de Hong Kong, en una entrevista ante la DW el pasado julio, cuando el entrevistado dijo:

“La estrategia del frente unido de la internacional comunista consiste en atraer para sus fines y neutralizar a las fuerzas no comunistas. Estas son compradas. Y se convierten así en aliadas de la causa comunista. China mueve todas las palancas para influir en las políticas internas de sus socios extranjeros”.

Eso está pasando en muchas partes del mundo. Obviamente también podría pasar en América Latina. Como resulta evidente, no se puede afirmar que las actuaciones de todos los promotores de la causa China en América Latina sean producto de una contraprestación. Eso no está demostrado. En principio debemos presumir la buena fe de esos actores. 

Ahora bien, ante la evidencia del agresivo expansionismo chino, tenemos derecho a mirar con lupa el probablemente excesivo entusiasmo de personajes como el chileno Jorge Heine, de la Universidad de Boston y ex Embajador de Chile en China. Tan simple como revisar su cuenta de Twitter para darse cuenta que este señor ha hecho una causa de vida, la promoción de que Chile se acerque cada vez más a China. Y desde Panamá esa mirada precavida sobre su planteamiento debe ser doblemente suspicaz, dado que ya es conocido que el citado caballero tiene amistades en Panamá, pertenecientes a la élite y con un nivel de respeto en el mundillo diplomático y social.

En Panamá estamos orgullosos de nuestra relación ya histórica con la cultura china. Se dice que un 30% de nuestra población tiene ascendencia directa o indirecta de personas de origen chino. China es la segunda potencia económica del mundo. Además es uno de los usuarios más importantes del Canal de Panamá. Solamente con esos datos parece una idea correcta que Panamá haya entablado relaciones diplomáticas con China en 2017. De hecho, no sería la primera autocracia con la cual tenemos relaciones diplomáticas.

Dicho lo anterior, hay dos elementos de juicio que siempre me han preocupado sobre la forma en que Panamá actuó durante la pasada administración, al momento de tomar la decisión de romper relaciones diplomáticas con Taiwán y establecerlas con China. 

El primer elemento es la polémica que se dio sobre el sitio de la Embajada para China, lo cual puso en evidencia pública que el manejo diplomático con los Estados Unidos sobre esa decisión soberana de Panamá, no fue el más apropiado, pese a que no hay duda que nuestro vínculo histórico con los Estados Unidos ha sido más fuerte.

El segundo elemento es que cortamos todo lazo diplomático con Taiwán, pudiendo negociar el establecimiento en Panamá, por parte de Taiwán, de una Oficina Económica y Cultural de Taipei (TECO, por sus siglas en inglés), también llamada Oficina de Representación de Taipei (TRO, por sus siglas en inglés). 

En los países que existe esa oficina, esta funciona como una embajada de hecho y es la vía que se ha utilizado en muchos países del mundo, entre ellos varios de América Latina, para mantener vínculos con Taiwán, cuando ya se ha optado por entablar relaciones diplomáticas con China. Panamá no tiene esa opción.

Panamá dio un giro pro China demasiado brusco en la pasada administración. No hay que ser excesivamente malicioso para pensar que el lobby expansionista de la China de Xi Jimping pudo tener un rol protagónico. 

Y las dudas siguen apareciendo con mayor razón, si vemos situaciones llamativas como el papel que está jugando hoy, la exdirectora de Política Exterior de la Cancillería de Panamá de la pasada administración, quien tuvo un rol relevante en el establecimiento de las relaciones diplomáticas con China en 2017 y que ahora se muestra abiertamente en las redes sociales como promotora entusiasta de China. 

Su cuenta de Twitter desborda en entusiasmo pro China, compitiendo fuertemente con la del chileno Jorge Heine. Para muestra un botón: el pasado 30 de octubre publicó orgullosa una foto con Qin Gang, nuevo miembro del Comité Central del Partido Comunista Chino. Hay que tener mucho acceso para tomarse una foto con semejante personalidad, precisamente en una fecha donde solamente habían pasado ocho días después de que hubiera concluido en Beijing el flamante XX Congreso del Partido Comunista, que consolidó el poder vitalicio del emperador Xi Jimping.

Si el lobby del autócrata Xi Jimping está muy activo en Panamá, su papel neutralizador puede estar detrás de las posiciones tibias de Panamá frente al tema de Ucrania y de aquel discurso aéreo que defiende la multipolaridad geopolítica que, casualmente, también es el discurso de China.

Allí les dejo mis cinco hipótesis. No pretendo tener la palabra final. Si al menos se genera un sano debate, me doy por servido.

El autor es Abogado Independiente en Panamá. Fue viceministro de Finanzas y jefe de la Administración Tributaria de su país.

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