El Festival de San Sebastián suma este miércoles una propuesta que aborda un tema históricamente silenciado. ‘Chicas tristes’, primer largometraje de la cineasta Fernanda Tovar, llega a la sección Horizontes Latinos.
La película nace de una experiencia personal de la propia directora. El guion se fue transformando a lo largo de casi una década de escritura y reflexión.
Durante ese proceso, Tovar reconoce la influencia del movimiento ‘Me Too’ en México. La cineasta explica que ese contexto la empujó a seguir formándose y cuestionándose distintos aspectos de la violencia de género.
En una entrevista, la directora reflexiona sobre la dificultad de nombrar un abuso mientras ocurre. Explica que el malestar aparece antes que cualquier definición técnica del hecho.
A lo largo de la escritura, la historia experimentó un giro sustancial. El foco pasó de Paula, la joven agredida, hacia su mejor amiga, apodada La Maestra.
Tovar explica que quería alejarse del enfrentamiento directo entre agresor y víctima, habitual en este tipo de relatos. Prefirió poner el acento en cómo responde el entorno cercano ante una agresión.
En la película, las dos amigas afrontan el abuso de forma opuesta. Mientras una opta por no denunciar, la otra intenta actuar, lo que termina fracturando su amistad.
La directora también quiso matizar la figura del joven que comete la agresión. Sostiene que su comportamiento responde, en parte, a presiones sociales que también recaen sobre los hombres.
Según explica, el personaje forma parte de un grupo marcado por el acoso entre compañeros. Ese entorno ejerce una presión constante vinculada a expectativas sobre la masculinidad y la sexualidad juvenil.
Para Tovar, este tipo de violencia no se limita a un enfrentamiento entre géneros. La vincula con mandatos sociales más amplios sobre cómo deben comportarse chicos y chicas al llegar a cierta edad.
Uno de los momentos más delicados del filme muestra a las protagonistas recurriendo a una herramienta de inteligencia artificial. Buscan que esta les confirme si lo vivido constituye una agresión sexual.
La directora admite que esta escena fue una de las más complejas de escribir. Quería reflejar el proceso mediante el cual las jóvenes empiezan a comprender lo ocurrido.
Para Tovar, la secuencia funciona como una crítica a la falta de diálogo humano entre los más jóvenes. Le preocupa que, ante la ausencia de alguien a quien recurrir, cada vez más personas trasladen preguntas cruciales a sistemas automatizados que no pueden comprender su verdadero alcance.
Finalmente, la cineasta recuerda un dato que atraviesa toda la película: en México, más del 90% de las agresiones sexuales nunca llegan a denunciarse. Antes que exigir nada a las víctimas, plantea repensar qué papel deben asumir los adultos para construir entornos más empáticos y protectores.