Es interesante siempre un epílogo firmado por el propio artista genial. Para mí se trata de un gesto bellísimo por parte de un virtuoso en humildad.
En el caso de los versos analizados del poema ”Epílogo” de Las flores del mal, disponibles en algunas traducciones de ediciones en español, se puede apreciar esa amabilidad del autor con su poesía.
En una edición, el escritor califica su vida de taciturna. La taciturnidad es un vocablo latino, heredado a partir del s. XV, por ambas lenguas. Los taciturnos aman el silencio. Por eso, adoran la noche en cualquiera de sus formas. Unos aman la noche cerrada, otros la noche de la apertura, de la madrugada temprana, esa anterior al canto matinal de los pájaros. Hoy lo llaman melancolía. Pero, sin duda, contiene la horrible verdad de una vida turbia.
Tras la primera lectura del Epílogo, impacta bastante la petición de clemencia ante quienes él mismo se cree con potestad para bendecir o maldecir.
Y me resulta muy de agradecer la valentía que nos infunde a los lectores para elevarnos de lo común hacía lo individual.
Baudelaire poseía una fuerza inmensa de sacrificio para el trabajo. Pero, como la mayoría de las almas grandes, su melancolía recorría con desconcierto los cambios de su tiempo.
Algunos artistas, cuyas obras sobrevivieron ese siglo XIX, comenzaron a vivir igual de atormentados por las revoluciones de la modernidad. Se nota que Baudelaire fue maestro de otros que vivieron nuestro ayer, es decir la mitad del XX.
Sé con certeza que Baudelaire fue maestro del Bohumil Rahbal, un escritor checo del siglo pasado a quien le atribuyo una estética maldita. En la novela más hrabaliana titulada “Bodas en casa”, el autor reescribe frases de Charles de Baudelaire. Lo interesante de Bodas en casa es la manera de canalizar esa individualidad absoluta. Es mágica su elección de una heroína muy peculiar que sirve de voz para contar sus vidas en forma de prosa. Se refiere a Pipsi, su propia mujer. Supongo que el dicho popular de la época que decía que “detrás de un gran hombre, siempre hay una gran mujer “ es aplicable a esta autobiográfica.
En este libro reescribe frases célebres de Charles de Baudelaire, como por ejemplo: “Lo grotesco es la comicidad absoluta”.
A Baudelaire también le preocupan esos lectores sensibles a quienes el cambio les asusta. Otra frase mencionada por Hrabal que me viene a la mente es de Martin Heidegger: “La poesía es un aspecto del pensamiento. La belleza es un aspecto de la verdad”.
Nuestro Baudelaire vivió en la capital de la cultura universal a mediados del siglo XIX. Fue un lugar y unos años de intenso cambio social hacia uno más fresco. Ahí comenzó la nueva Era tan marcada, ahora, por Internet. Los desconocedores de las partes positivas y negativas de la nueva revolución llamada Red, a causa de un miedo irrefrenable, a lo mejor forman parte de la clasificación de lectores malditos.
Es posible que Baudelaire fuese un místico a quien le salvó su trabajo, bajo una forma sublime sobre la creencia en el Pecado Original. Pero fuera de lo místico. Su labor nos dejó por escrito unos años intensos. Quizá los de hoy sean más profundos por la velocidad de las herramientas. Es curioso como, según el desarrollo social de cada país, el acceso a la cultura y el trato de sus instituciones para con sus ciudadanos recibe un trato distinto.
La imagen de los tulipanes es porque era la flor favorita de una Persona que murió siendo joven. Me vienen a la mente cuando intento analizar el poema Epílogo y sus Flores del Mal. Y porque es el mes de mayo.