Todo comienza cuando llega la atracción, con el influjo que produce la visión casi celestial de ese ser que hace que tu corazón se desboque y que despierta en ti un deseo irresistible. Ese es el auténtico flechazo: un instante en el que te convences de que quieres tener a esa persona a tu lado, para siempre, formando parte de tu vida.
No es amor a primera vista, como suelen contar, sino una atracción física que te hace vibrar.
Todo resulta muy idílico, dulce y lleno de esperanza. Poco a poco, cuando el amor comienza a surgir entre dos personas gracias a su afinidad y a la atracción recíproca, aparece, sin que ninguna de ellas se lo proponga, una sensación que estalla en tu interior. Entonces, caes rendido ante la evidencia de saber que estás enamorado.
Con esa magnífica sensación, acompañada de un deseo intenso que te quema por dentro, sigues experimentando a su lado una avalancha de emociones que te transportan a un estado casi imposible de expresar con palabras.
Y caes rendido ante ella, ante su cuerpo, tan diferente al tuyo, que te inspira, te fascina e incluso te produce vértigo. Esa sensación te lleva a actuar con más cuidado ante una situación que estás viviendo con enorme intensidad y que te hace, al mismo tiempo, feliz y desgraciado, por el temor a perderla.
Sí, eso es lo primero que se siente y se llama atracción. Después, puede surgir el amor… o puede que no.
Existen múltiples maneras de sentir y vivir ese deseo mutuo. Son dos personas que se aman, que se desean y que comparten una complicidad especial, una conexión que las invita a abandonarse a las caricias que, mientras permanecen vivos el amor y la atracción, acompañan al deseo constante.
Pero si ese deseo, una vez convertido en realidad, no consigue saciar tu sed, por mucho que bebas de esa agua, es posible que termine desapareciendo incluso del recuerdo. Entonces, acudirás a beber a otras fuentes, buscando un caudal mayor, más frescor y más transparencia.
Por eso, después de muchos años de convivencia, puede suceder que uno de los miembros de la pareja caiga, aunque solo sea una vez, en los brazos de otra persona, arrastrado por el deseo y por determinadas circunstancias. Si después reconoce lo ocurrido, se sincera y muestra su arrepentimiento, esperando la comprensión de su pareja, todavía podría existir una posibilidad de reconciliación. Pero, si la otra persona no consigue aceptarlo y lo rechaza, ese puede ser el final de la relación tal como había existido hasta entonces.
Algunas parejas continúan viviendo juntas por sus hijos, aunque poco a poco su convivencia se transforme en un vacío existencial. Otras permanecen unidas gracias al cariño que todavía conservan y a las profundas raíces que fueron creando durante tantos años compartidos.
Si existía un amor sincero, libre de egoísmo, quizá puedan perdonarse. Para ello, será necesario comprender qué falló en la convivencia, qué circunstancias contribuyeron a aquella decisión y qué responsabilidad corresponde a cada uno. Porque una ruptura no solo puede causar sufrimiento a la pareja, sino también a los hijos.
El deseo, tengas la edad que tengas, necesita alimentarse. Sin embargo, el cansancio, las preocupaciones y las obligaciones familiares pueden acabar debilitándolo. Incluso la adolescencia de los hijos puede limitar la intimidad y la libertad de los padres para disfrutar de su relación.
Cuando la llama del deseo comienza a apagarse por esos frenos y esa contención, puede ocurrir que uno de los dos rompa su compromiso y busque fuera del hogar aquello que siente que ha perdido, cometiendo su primera infidelidad.
«Yo quiero a mi mujer. Ha sido solamente una necesidad física incontrolable», dicen algunos para justificar lo sucedido.
Al día siguiente, unos pocos, quizá más de los que imaginamos, se sienten profundamente mal. Han engañado a su mujer, a la madre de sus hijos, y esa realidad los atormenta.
Volver a encender el fuego de la pasión con su pareja puede resultar difícil. Sin embargo, algunos lo consiguen y descubren que el deseo resurge con una fuerza diferente, incluso más hermosa que antes.
Posiblemente, quienes logren reconstruir su relación no vuelvan a caer en la misma situación ni necesiten buscar ese falso «abrazo envolvente», con precio o sin él, que responde únicamente a un deseo carnal o a una necesidad pasajera de evasión.
Otros, en cambio, pierden las fuerzas después de intentar una y otra vez recuperar aquella llama. Finalmente, vencidos por el cansancio, dejan morir el deseo y aprenden a vivir sin sentir la misma necesidad de amar y sentirse amados.
Sustituyen esas emociones por los recuerdos hermosos de lo que fue su relación, dejando paso al cariño, que en algunos casos permanece hasta el final de sus vidas.
Estar enamorado es alcanzar una de las cumbres de la felicidad. Te dejas llevar por sentimientos que surgen sin proponértelo y experimentas una sensación maravillosa que, literalmente, parece hacerte volar, soñar y vivir feliz.
Los reencuentros se vuelven apasionados, incluso después de haber pasado solamente unas horas separados.
No existen palabras suficientes para definir todas las sensaciones que descubrimos cuando conocemos y vivimos el amor.
Por desgracia, como sucede con tantas cosas en la vida, también existe el reverso de la moneda.
Me refiero a esos hombres, jóvenes o mayores, que se dejan arrastrar por el deseo brutal de poseer a otra persona mediante la fuerza, sin respetar su voluntad ni su dignidad. Son violadores que convierten sus impulsos en actos de violencia y causan un daño terrible a sus víctimas.
Son individuos despreciables que se aprovechan de situaciones de vulnerabilidad para satisfacer sus deseos más crueles, destruyendo la tranquilidad, la seguridad y, en muchas ocasiones, el futuro de quienes sufren sus agresiones.
Entre las víctimas se encuentran numerosas mujeres, niñas y niños, personas cuya inocencia, ilusiones y confianza pueden quedar profundamente dañadas por experiencias que jamás deberían haber vivido.
Esas mujeres, esas niñas y esos niños pueden arrastrar durante años las consecuencias de una violencia que nunca buscaron ni merecieron. Son heridas que no siempre se ven, pero que pueden marcar profundamente sus vidas.
También me preocupa lo que pueda estar ocurriendo en determinados asentamientos de Ceuta, donde las situaciones de vulnerabilidad y la falta de protección pueden facilitar que algunas personas sufran abusos o sean víctimas de delincuentes que se aprovechan de sus circunstancias.
Entre quienes llegan a la ciudad hay personas que únicamente desean encontrar una vida mejor y que pueden terminar atrapadas en situaciones de enorme precariedad. Si entre ellas existen individuos que cometen delitos, deben ser identificados y responder ante la justicia.
No debemos olvidar el sufrimiento de las víctimas ni la preocupación que cualquier situación de inseguridad puede provocar entre los habitantes de la ciudad.
La llegada de personas a través de la frontera plantea desafíos humanitarios y de seguridad que deben abordarse con responsabilidad. Es necesario proteger a quienes necesitan ayuda y actuar con firmeza contra quienes cometan agresiones, especialmente delitos sexuales.
También pueden existir sospechas sobre la presencia de personas vinculadas a organizaciones criminales o extremistas, pero acusaciones tan graves deben sustentarse en investigaciones y pruebas, sin atribuir esas conductas al conjunto de quienes llegan buscando refugio o mejores oportunidades.
Los verdaderos responsables de una agresión son quienes la cometen. Son ellos quienes deben responder por sus actos, con independencia de su procedencia.
La falta de educación, la violencia vivida durante la infancia o la ausencia de oportunidades pueden influir en el comportamiento de algunas personas, pero nunca justifican el maltrato ni la violencia sexual. El respeto hacia los demás debe ser una exigencia universal.
Mientras tanto, nosotros podemos elegir cómo queremos vivir y con quién deseamos compartir nuestra existencia, siempre que la persona elegida sea capaz de acompañarnos en nuestras ilusiones, deseos, sueños y principios.
Es maravilloso dejarse llevar en esa barca que navega por un río tranquilo, sin meandros ni turbulencias, remando juntos y al mismo ritmo para alcanzar ese remanso de paz hacia el que ambos decidisteis avanzar libremente.
La atracción, el deseo y la pasión van dando paso al amor, la parte más fuerte y duradera de una relación. Ese sentimiento, que ha ido creciendo poco a poco, crea la estabilidad necesaria para continuar juntos hasta el final de nuestras vidas.
Amar es vivir. Es sentir dentro de ti todas las tonalidades musicales, contemplar todos los colores del arcoíris y degustar los manjares más exquisitos, como si hubieran sido preparados única y exclusivamente para tu paladar.
Sin sentir amor, resulta difícil interpretar correctamente ni siquiera la sencilla escala de do en un piano.
La música es un complemento fundamental, un alimento esencial para disfrutar del amor con toda la intensidad y la fuerza incansable del deseo.
¡Tengas los años que tengas!