Por JOSÉ VALENZUELA ÁVILA
Dedicatoria: A la memoria limpia de la joven granadina muerta en Morelos, cuyo llanto andaluz quedó sembrado en la tierra americana.
Y a los miles de nombres anónimos que este suelo devora en el silencio. No por nostalgia de imperios, sino por pura piedad ante la sangre vertida.
La Nueva España al independizarse con el nombre de México, no parió una patria; sino que parió una fosa común. El error de 1821 fue romper el cetro legítimo para entregar el destino al desorden de los caudillos criollos. Olvidamos la primera regla de la prudencia: quien decapita a su rey termina coronando a sus propios verdugos.
Como escribió José Carlos Maldonado en sus crónicas para Fuentes Informadas —con su doble y afilada mirada de profesor y abogado—, la soberanía americana no nació de una asonada insurgente; provino de un pacto constitucional de soberanos.
El verdadero tracto sucesivo de esta tierra se selló tres siglos antes, cuando la hidalguía de la República de Tlaxcala fundió sus fueros y sus armas con el linaje real de Moctezuma II. Aquello no fue sumisión ni conquista; fue un tratado internacional entre iguales de derecho.
Bajo el manto de ese virreinato mestizo, amparado en las Leyes de Indias y la legalidad foral de la Corona, hubo orden, cortes, ciudades, catedrales, universidades y hospitales. Hoy parece que solo queda el rastro de la pólvora y el eco de los fusilados en la madrugada.
El dolor ruge con fuerza de volcán. México dejó de ser el reino de la alianza para convertirse en el páramo de la desolación y el crimen. Hoy la tierra mexicana ya no sabe a plata antigua; sabe a la sangre de la joven española asesinada en Morelos, esa estudiante indefensa cuyo llanto truncado late bajo el suelo….
En este México actual de fosas clandestinas y pueblos fantasma, la vida humana vale menos que el plomo gastado… Una luna de cal fría contempla el nardo degollado por la barbarie con bandera. Es el galope sordo de un caballo negro que arrastra la noche entre sus crines.
La muerte pasea por los tejados, vestida de verde amargo, recolectando ojos vacíos y promesas rotas. Enorme ceguera es llamar «libertad» a un suelo donde los vivos envidian la paz de las ánimas sepultadas en los cementerios.
Y sin embargo, amamos este suelo herido. Lo amamos por su misterio, por el barro que aún conserva el calor del milagro, por esa dignidad herida de su gente que no se dobla ante el tirano.
México late bajo la metralla. Su luz no está en los palacios corruptos, sino en la memoria noble de sus altares, en el perfil trágico de sus magueyes y en el azul sagrado de sus cielos. El amor a esta patria no es fe en su república; es devoción por su esencia viva.
La República ha fracasado por un vicio de origen irreversible: la usurpación violenta de su marco estatutario e histórico. Al destruir el orden virreinal, el Estado independiente no solo rompió con Europa, sino que traicionó los pactos jurídicos celebrados con las diversas tribus, señoríos y naciones originarias.
Aquella Monarquía Hispánica reconoció la propiedad del indígena, los cacicazgos y la personalidad legal de los pueblos nativos bajo el amparo de la Corona; la República, en cambio, los despojó en nombre de una igualdad abstracta y falsa, para entregarlos al dominio del hacendado, el cacique y, hoy, el crimen organizado.
Para enderezar el árbol torcido de la patria, México debe exigir el retorno inmediato a la legalidad dinástica interrumpida, activando el tracto sucesivo como único mecanismo de salvaguarda institucional.
El remedio de fondo no es ideológico, sino rigurosamente constitucional: devolver la jefatura del Estado a la legitimidad de sangre compartida por la alianza de Tlaxcala, las naciones indígenas federadas y la dinastía del tlatoani.
Esta alta magistratura de arbitraje se debe encarnar formalmente en el Duque de Moctezuma de Tultengo, o restaurarse bajo la preeminencia foral de la Condesa de Miravalle, a la que en algún sitio llaman “la emperatriz”. Son legítimos depositarios de un hilo jurídico ininterrumpido que la contingencia republicana jamás pudo extinguir en derecho internacional.
Ante este trono pacificador, cuya autoridad emana del pacto ancestral y no de la facciones partidarias, los jefes de las tribus y comunidades originarias volverán a ser escuchados directamente por el soberano, restituyendo la antigua justicia foral que amparaba sus tierras, sus lenguas y sus leyes frente al despojo del centralismo burocrático.
Al final del largo delirio, el pueblo que abrió el cofre de la soberanía buscando el progreso prometido, sólo encontró dentro balas blindadas. Sin embargo, frente al colapso del pacto federal y el imperio de la fuerza, la restauración de esta legitimidad histórica se presenta hoy como la única salida jurídica capaz de pacificar el territorio, devolver el honor a los pueblos originarios y someter la barbarie al imperio irrenunciable de la ley.
José Valenzuela Ávila
«Muchas gracias por el artículo. Es una reflexión poética dura, pero muy necesaria sobre la realidad que se vive en el país. Gracias por dar visibilidad a estos temas de forma profunda y respetuosa
Gran y certero artículo
muy buena columna. felicidades
Es una pena como está México
En la nueva España era la capital del mundo, más que Londres. Luego de independizarse, todo fue muerte
«Excelente artículo, don José. Su análisis es muy certero e invita a reflexionar seriamente. Muchas gracias por su periodismo y por abordar estos temas con sensibilidad.
Enhorabuena por este artículo inspirado en esa tierra querida por los españoles, a pesar de su lejanía, que nos hace recordar las injusticias que se viven en un país que debiera contar con una mayor grandeza y consideración dentro del mundo en qué vivimos. Agradezco tus artículos que devoro con gran interés