La culpa de que el viento se alborote la tienen las palmeras , que lo seducen con sus ramas abiertas como si fuesen damas que aguardaran conquistas. El viento, a la orilla del mar, suele ser brisa que conforma sus ansias levantándole las faldas a las olas hasta que se llenan de espuma las orillas.
Pero como en los paseos marítimos contemplan el espectáculo, envidiosas, las palmeras, no se resisten a la suavidad que ven y soliviantan a los vientos dormidos para conseguir abrazos y dátiles con ellos. Más tarde, después de los bramidos, las palmeras quedan sosegadas con el mirar de la luna en las noches y consiguen que cambien de playa las tempestades. Los vientos, entonces, cuando se ven solos, ya no buscan palmeras, sino desiertos que llenan de arena los ojos de los congresistas de la Carrera de San Jerónimo, para que no regresen a sus casas creyendo que son los vientos culpables y no las palmeras, que no se dejan peinar por la finura del aire.
Las palmeras son las convictas del desasosiego, como el señor Vivas es responsable de cuanto en Ceuta es tormenta y abandono. La ciudad estaba orillada en su placidez y tuvo que venir Vivas para que cundiese el alboroto… ¡Ay, Señor!
Pedro Villarejo