[En esta cuarta entrega de su serie sobre las relaciones humanas y la convivencia, analizadas bajo un prisma marcadamente católico, Rubén Martínez (Guadalajara, México] reflexiona sobre la misericordia, ese don que mueve al hombre a sentir compasión y solidaridad ante la miseria y el dolor ajeno). Y cómo impacta esta virtud entre padres e hijos, y estos con terceras personas. Y, además, qué rol deben desempeñar los vástagos para con sus progenitores…]
A continuación, el texto de Martínez, empresario y profesor, de 67 años, y sus consideraciones sobre la misericordia
«La misericordia de Dios es uno de los regalos más grandes que podemos recibir.
Dios conoce nuestras equivocaciones, nuestras debilidades, nuestras caídas y nuestras decisiones equivocadas. Y aun así, nos sigue amando, nos perdona y nos da la oportunidad de comenzar nuevamente.
Pero recibir la misericordia de Dios también nos compromete a aprender y a transmitirla.
La misericordia no debe quedarse en nuestras oraciones. Debe convertirse en una forma de vivir.
Debemos practicarla con nuestra esposa o esposo, con nuestros hijos, con nuestros padres, con nuestros amigos, con nuestros compañeros de trabajo y con todas aquellas personas que forman parte de nuestra vida.
Todos se equivocan.
Y nosotros también.
Como padres queremos enseñarles a nuestros hijos el camino correcto, pero debemos reconocer que nosotros tampoco tenemos todas las respuestas.
No existe una escuela para ser padres.
Aprendemos mientras nuestros hijos crecen y, en ese proceso, también cometemos errores.
Quizá fuimos demasiado estrictos.
Quizá estuvimos ausentes cuando necesitaban nuestra presencia.
Quizá no supimos escuchar.
Quizá dimos un mal ejemplo.
Y cuando eso sucede, también debemos tener la humildad de pedirles perdón.
Decirle a un hijo “me equivoqué” no nos hace menos padres.
Nos hace mejores seres humanos.
Pero también debemos aprender a mirar a nuestros padres con misericordia.
Durante muchos años los juzgamos desde nuestra posición de hijos. Pensábamos que no nos comprendían, que eran demasiado estrictos o que no hacían las cosas como nosotros queríamos.
Hasta que un día tenemos nuestros propios hijos.
Y entonces comenzamos a entender.
Entendemos las preocupaciones que nunca nos contaron.
El miedo de vernos enfermos.
La angustia cuando salíamos de casa.
Las noches sin dormir.
El esfuerzo por darnos una educación.
Las veces que dejaron de comprar algo para ellos para poder dárnoslo a nosotros.
Y entonces descubrimos una verdad:
Nuestros padres tampoco fueron perfectos; simplemente hicieron lo mejor que pudieron con las herramientas que tenían.
Por eso existe una frase que debería hacernos reflexionar:
Porque cuando somos padres comenzamos a comprender lo difícil que fue para nuestros padres guiarnos, cuidarnos y amarnos.
¿Y ahora qué hacemos por ellos?
Hay algo todavía más doloroso.
Muchos padres llegaron a la vejez después de haber entregado prácticamente todo por sus hijos.
Ahora tienen menos fuerza, menos ingresos y menos posibilidades.
Quizá durante toda su vida soñaron con viajar, conocer lugares, salir a comer a un buen restaurante o simplemente disfrutar de algunas cosas que nunca pudieron darse porque primero estuvieron sus hijos.
Y hoy nosotros tenemos nuestras propias responsabilidades.
Tenemos gastos.
Tenemos deudas.
Tenemos hijos.
Tenemos problemas.
Y muchas veces pensamos:
“Después voy a visitarlos.”
“Después los invito a comer.”
“Después hacemos un viaje.”
Pero ese después puede no llegar.
No necesitamos tener una gran fortuna para devolverles un poco del amor que nos dieron.
Tal vez sea una cena.
Una ida al cine.
Un café.
Un paseo.
Una pequeña escapada.
O, simplemente, una tarde sentados junto a ellos escuchando sus historias.
Quizá no necesitan nuestro dinero tanto como necesitan nuestro tiempo.
Y qué hermoso sería que, después de tantos años de haberlo dado todo por nosotros, nuestros padres puedan disfrutar de vez en cuando de algo bueno gracias a nosotros.
No como una deuda. Como un acto de amor y gratitud.
En la vida vamos a ser lastimados.
Y también nosotros vamos a lastimar a otros, algunas veces sin querer.
No todo necesita una confrontación.
Hay errores que pueden dejarse pasar.
Hay palabras que quizá fueron dichas sin intención.
Hay situaciones que no necesitan convertirse en una guerra.
A veces, la mayor muestra de madurez es guardar silencio, comprender y continuar.
Perdonar no significa decir que lo que sucedió estuvo bien.
Tampoco significa olvidar ni permitir que vuelvan a hacernos daño.
Significa decidir que el resentimiento no seguirá ocupando un lugar en nuestro corazón.
Porque cuando no perdonamos, muchas veces creemos que estamos castigando al otro.
Pero somos nosotros quienes seguimos cargando con el dolor.
Perdonar al otro es comenzar a sanar uno mismo.
Aunque duela.
Aunque cueste.
Aunque nunca llegue una disculpa.
También debemos llevarla al trabajo, con nuestros empleados y compañeros.
Podemos corregir sin humillar.
Podemos exigir sin maltratar.
Podemos reconocer un error sin destruir la dignidad de quien lo cometió.
Y con nuestros amigos podemos aprender a valorar una historia antes de perderla por un momento de orgullo.
Porque al final, todos necesitamos comprensión.
Todos necesitamos una segunda oportunidad.
Todos necesitamos perdón.
Y todos necesitamos, alguna vez, que alguien tenga misericordia de nosotros.
La vida nos enseña algo que no siempre queremos aceptar:
el tiempo no regresa.
Nuestros padres no serán eternos.
Nuestros hijos crecerán.
Nuestros amigos cambiarán de camino.
Y las oportunidades que dejamos pasar quizá nunca vuelvan.
Por eso, mientras podamos, debemos amar.
Mientras podamos, debemos perdonar.
Mientras podamos, debemos pedir perdón.
Mientras podamos, debemos visitar a nuestros padres.
Mientras podamos, debemos sentarnos con ellos, invitarlos a comer, llevarlos al cine, hacer un viaje o simplemente regalarles una tarde de nuestra vida.
Porque algún día quizá queramos hacerlo…
y ya no estarán.
La misericordia de Dios nos enseña que nadie es perfecto.
Que todos podemos equivocarnos.
Que todos podemos cambiar.
Que todos merecemos una oportunidad.
Y quizá nuestra misión sea sencilla:
recibir la misericordia de Dios y convertirnos en instrumentos de esa misericordia para los demás.
Perdonar al que nos lastimó.
Pedir perdón a quien nosotros lastimamos.
Comprender a nuestros hijos.
Tener misericordia con nuestros padres.
Acompañar a nuestros amigos.
Respetar a quienes trabajan a nuestro lado.
Y, sobre todo, aprender a no esperar a perder a alguien para reconocer cuánto significaba para nosotros.
Porque al final de la vida quizá no recordemos quién ganó las discusiones.
Pero sí recordaremos a quién abrazamos.
A quién perdonamos.
A quién ayudamos.
Y a quién tuvimos la oportunidad de hacer feliz.
La misericordia es amor cuando más difícil resulta amar.
Y quizá el mejor modo de agradecerle a Dios su misericordia sea aprender a practicarla todos los días.