¿Cómo los padres han de repartir entre los hijos la herencia; esto es, el patrimonio que han acumulado con el esfuerzo de una vida…? ¿Tal cómo establece la ley, que se nutre de principios inspirados en la igualdad/equidad y en conceptos como la legítima o la potestad de mejora, incluso se baraja la desheredación? ¿O hay que dejar al testador valorar a su arbitrio a quién debe premiar?
El profesor Rubén Martínez, desde su Guadalajara azteca de adopción, cuestiona y matillea en este artículo los cánones tradicionales de la distribución de la herencia, y expone, a base de autopreguntas, alternativas rupturistas.
Y, subrepticiamente, aboga por cambios normativos que garantice la plena libertad del ordenante de la herencia en aras, además, de la justicia social. Enterrando toda traba que cercene total o parcialmente el deseo (real) del dador de su patrimonio.
El de Martínez, pues, es un texto que mueve las sillas tradicionales. Sostiene que deben otorgarse más facilidades para donar la cantidad que se desee a quien se quiera. Por ejemplo, para agradecer a un tercero ajeno al clan familiar la desinteresada ayuda prestada en vida al ordenante de la herencia
Martínez, 67 años, reflexiona también sobre los condicionantes legales y morales que rodean el reparto de la sucesión
¿Lo mismo para todos? El profesor Martínez ve la entrega de la herencia como un acto de reconocimiento, sin exclusiones, bañado por la generosidad universal y bajo un sutil tick que escudriña el mundo como una hermandad católica y solidaria, donde la finalidad última de la herencia es el cumplimiento del deseo divino y la justicia social.
TEXTO LITERAL DEL AUTOR
«Hay temas en la vida que tarde o temprano todos tenemos que enfrentar, aunque muchas veces preferimos no hablar de ellos. Uno de esos temas es la herencia.
Cuando una persona ha trabajado durante muchos años, ha construido un patrimonio y llega el momento de pensar qué sucederá con él cuando ya no esté, generalmente surge una pregunta aparentemente sencilla:
¿Cómo repartirlo entre los hijos para que sea justo?
Y aquí aparece una diferencia que considero fundamental:
Repartir exactamente lo mismo entre todos puede parecer, a primera vista, la manera más correcta de actuar. Si tengo cuatro hijos, puedo pensar que debo dividir mi patrimonio en cuatro partes iguales.
Pero la vida no siempre es igual para todos.
Cada hijo tiene una historia diferente. Uno puede haber tenido más oportunidades que otro; uno puede haber recibido ayuda económica durante muchos años; otro puede haber construido por sí mismo un patrimonio importante; otro quizá tenga necesidades especiales; otro puede estar atravesando una situación económica complicada.
Entonces surge una pregunta que vale la pena hacerse:
¿Es realmente justo dar exactamente lo mismo a todos, cuando las circunstancias de cada uno son diferentes?
La herencia también puede ser una enseñanza
Existe otra razón por la que considero importante pensar cuidadosamente cómo dejar una herencia.
El patrimonio no debería convertirse en una recompensa automática por el simple hecho de ser hijo.
Una herencia también puede ser la última enseñanza de los padres.
Puede transmitir valores.
Puede enseñar responsabilidad, solidaridad, generosidad y gratitud.
Si hemos pasado toda nuestra vida trabajando para construir un patrimonio, quizá también deberíamos preguntarnos ¿qué queremos enseñar con aquello que dejamos? ¿que nuestros hijos simplemente reciban? ¿O queremos que aprendan a utilizar lo recibido para construir, crecer, ayudar a otros y continuar haciendo el bien?
Una herencia mal planeada puede convertirse en motivo de enfrentamientos, resentimientos y divisiones familiares.
Una herencia bien pensada puede convertirse en una herramienta para que cada hijo tenga mejores oportunidades y, al mismo tiempo, para mantener unidos los valores que la familia construyó durante generaciones.
Debemos aceptar algo que puede resultar incómodo:
Porque el valor de una persona en nuestra historia no siempre se mide por los lazos de sangre.
A lo largo de nuestra vida existen personas que, sin formar parte de nuestra familia, estuvieron muchos años trabajando a nuestro lado y contribuyeron a que pudiéramos construir nuestro patrimonio y forma de vida.
Empleados domésticos, chóferes, jardineros, personas que cuidaron de nuestros hijos, que atendieron a nuestros padres o aquellas personas que durante décadas estuvieron pendientes de nuestra casa y de necesidades.
Ellos trabajaron en paralelo para que nuestra vida funcionara.
Algunas de esas personas nos acompañaron durante veinte, treinta o incluso más años.
Han sido parte de nuestra historia.
Por eso, cuando pensamos en una herencia, también deberíamos preguntarnos:
¿Empero, dónde radica la equidistancia?
¿Qué es lo justo?
No veo justo que todos los hijos se lleven necesariamente lo mismo. Opino como este señor, que los padres puedan elegir para quien va la herencia, sin prejuicio de unos mínimos para los hijos.
Lo que dice este señor necesita nuevas leyes
Me parecen buenas reflexiones. Hay hijos que no merecen ni la legítima.
Lo justo es que el dueño del patrimonio lo distribuya como quiera. Pero habría que sustituir la legítima, digo yo¡
Un artículo valiente y original. Hemos tratado patrimonios hereditarios con profundas disputas entre herederos, sin que en ningún momento se hubiera mencionado o recordado al artífice del mismo. El causante no existe. Lo obtenido sin esfuerzo desaparece pronto. Un enfoque brillante del profesor Rubén lleno de convicciones morales y justicia social.