Igual que las ocas saltan de casillero en casillero, nuestros gobernantes se gastan los dineros en fruslerías para dejar constancia por escrito de quiénes son los periodistas en los que verdaderamente se puede confiar y distinguirlos así de tantos otros como, en tertulias de “desinformados”, se les ofende sin la menor justificación, sin que motivo alguno alumbre sus criterios. Por pura veleidad, vamos.
El señor ministro del interior tiene la cara arrugada como de aceituna que se dejó en árbol por falta de aprovechamiento, y debe estar desamparado de afectos porque, “sin finalidad espuria”, ha mandado elaborar una lista de influyentes escritores que le son afines, es decir de izquierdas bienintencionadas, y los que no han comprendido todavía las bondades incuestionables de este gobierno imparable hacia la reelección, porque España no podría vivir en tan desnudas orfandades.
Los que carecemos de importancia sentimos hoy la tristeza de no estar incluidos en el famoso listado del ministro sin jugo en su cara de aceituna arrugada. Somos, en parte, lo que hemos leído y eso termina siendo insoportable para los clasificadores que, como él, buscan ocas para su reparto.
Pedro Villarejo