Nadie más perverso que el que sigue órdenes o consignas bajo fraude. La excusa de la lealtad o de la obediencia debida nos define. El superior, con desprecio, nos tasa. Apuntala nuestro valor con la fe ciega del que sigue desde la sombra. Lo que les cuesta es apenas una cifra menor de la que pensamos. El que sirve bajo esos parámetros no es tenido en cuenta. Se le sustituye sin coste alguno y en cualquier momento.
El que sigue la voz sin cuestionarse es un bedel de las ideas, un invitado que no participa, alguien tan prescindible como un envoltorio de naderías. El que cae siempre es el responsable de los actos de otro: el tonto inútil que toda organización precisa. Pensamos que somos imprescindibles porque otros así lo afirman. La realidad, tan tozuda como un grifo grabado en piedra, nos coloca en el lugar exacto de ningún sitio. Y allí donde nadie lo habita, queda todo el hueco disponible para creernos ser sin serlo.