«Aló, Presidente» era el saludo que Hugo Chávez lanzaba a sus seguidores en un programa de la televisión de Venezuela desde 1999 hasta 2012. Muy propio hoy en esta España con un gobierno afín, de tú a tú. Creerle o no creerle depende de lo que se reciba, pero si fallan, los abandona a su suerte. Tenemos ejemplos muy recientes.
Aquí tenemos un mandatario más actual y más insensible que recomienda canciones a esos jóvenes a los que pretende ganarse como sea. Después de esas dádivas, ahora con música alternativa, pop, rock, indie y lo que se le ocurra al lince de La Mareta en su lujosa guarida.
Guardado por un ejército de guardaespaldas al no tener su conciencia tranquila, pues sabe bien lo que se está jugando y parece que siente miedo. ¿De sus propios ciudadanos? ¿Por qué?
No tiene ni el más mínimo sentido del ridículo y hace renacer en las personas más pacíficas la hilaridad de muchos con sus alocuciones llenas de falsedades. Él solo se ha erigido como el «gran señor».
Lo hace sin el más mínimo sentimiento de humanidad. Incluso cuando estaba ardiendo España, él se crecía con una falta total de piedad, de empatía y con desprecio —carente de cualquier buen sentimiento— hacia esos ciudadanos que estaban luchando contra el fuego jugándose la vida.
Cada vez menos ciudadanos creen en las mentiras que el representante del Gobierno de España ha pretendido institucionalizar a toda costa, y para muestra, un botón, seguido de muchos más…
Ahora va a saco para ganarse a los jóvenes, esos que viven con las mismas restricciones que padecen sus padres y que saben que es gracias a ese gobierno que él dirige.
Ni siquiera la soberbia que padece este dirigente, con esa expresión en su demacrada cara, con ese gesto de dominio sobre el resto de los mortales, cubriéndose por su engolada voz, puede ocultar su figura cada vez más denostada por la mayoría.
Este representante nos tocó en los cambalaches que montaron entre ellos para nombrarlo. Él sabe que no lo perdonarán jamás, ni a él ni a sus partidarios, esos que jugaron con las mismas cartas marcadas.
Hoy los jóvenes son más inteligentes y están mejor preparados que muchos de los que nos representan. No se dejan engañar fácilmente; son esa generación que busca el porqué de todo.
Ya es imposible tapar la gran mentira de las buenas relaciones que mantenemos con ese país que ha permitido que más de setenta mil personas invadieran esa parte de España querida y admirada por todos los españoles.
Por más que se empeñen en bajar las cifras de los que «entraron a saco», debemos sumarles, por desgracia para todos, los muertos a toda esa insólita invasión.
¿Qué pensará después? ¿Y qué pensará ese déspota rey de sus fronteras, de las que presume y que dejaron pasar a toda esa multitud en plan de estampida? La base fundamental para una convivencia entre países es el respeto a las fronteras, y aquí han demostrado que no significan nada para ellos.
Malos gobernantes por los dos lados fronterizos, además de una insensibilidad total por parte de sus dirigentes y siempre contra el mismo lado: el de Ceuta y Melilla, ciudades españolas desde hace más de cinco siglos.
¿Demostración de fuerza? ¿Pero qué demostramos nosotros? Inmovilismo y abandono a nuestros ciudadanos, a los que les han partido la vida sin piedad alguna.
Mientras, nos invaden sin ninguna oposición ni rechazo, y los recibimos porque no nos queda otra al ser invadidos. Es una auténtica tragedia después de una mortal travesía que su país consiente y arenga, pero ojo, que conste que los muertos son los suyos…
La verdad es que se libran de ellos dejándolos para que otro país los cuide, les dé sanidad, estudios y alimentos. Típico de los gobernantes de ese país; los conocemos muy bien. Son como los cucos: se comen los huevos de otros nidos y dejan los suyos para que se los críen.
España necesita una fuerte seguridad fronteriza para que este horror no vuelva a pasar y los ciudadanos españoles no nos tengamos que ver ante esas desgarradoras escenas, con altercados provocados por unos invasores que se pelean entre ellos, atacando a las propias niñas, esas que nadaron junto a ellos desde su país.
Pensemos en esos ciudadanos españoles que a día de hoy continúan viviendo una situación muy mala para poder continuar con la normalidad de sus vidas.
¿No siente vergüenza Marruecos cuando ve que su gente se escapa de su país para buscarse una vida mejor? ¿Qué clase de gobierno tienen?
Todos sabemos cómo se maneja esa nación y la espada de Damocles que pende sobre nuestras cabezas en España.
El miedo se pierde sintiéndonos seguros y no abandonados. En Melilla y en Ceuta se han visto solos, y ahora, al no existir control alguno, temen que este terrible pasaje se vuelva a repetir.
¿Quiénes pululan por las calles o se esconden en el monte? Han regresado expulsados que salieron de España por pertenecer a facciones islamistas… ¿Qué podemos esperar ahora?
Da verdadero miedo solo pensarlo, pero con un gobierno débil, ¿qué podemos esperar? Cuando se escapan de un país hasta los niños… ¿Qué clase de amparo tienen esas pobres criaturas y dónde viven sus padres?
Esperemos que las aguas regresen a su cauce, aunque sea solo por tener una fe incuestionable en la Divina Providencia, porque lo que es en la humana… ¡vamos listos!
Y no lo olvidéis: España está siendo atacada y el gobierno no hace nada para evitarlo. No es de recibo esta situación que está alterando hasta los cimientos de nuestras vidas. Hoy España no es fiable para el resto de países.
No tenemos fronteras fuertes y firmes para evitar esos envites que matan nuestra paz, vengan de donde vengan, en este caso, de donde siempre.
Estamos abandonados por un gobierno que no gobierna para los españoles; al contrario, nos hacen la vida cada vez más insegura, invivible y con más prohibiciones, impuestos altos y falta de trabajo para nuestros jóvenes, titulados además en dominar varios idiomas.
Ellos sí tienen que salir de su país en condiciones normales para buscarse un porvenir que aquí no lo tienen. Piénselo: en España los nuestros tienen que buscarse la vida fuera, pero en unas condiciones legales.