En el paisaje, un hombre mira la lejanía, mientras escucha el canto de un colorín sobre un cerezo en flor. El hombre tiene una pluma de punto itálico en la mano, y medita: «Hay una España que se duele y una España que canta. He aquí el gran dilema. He aquí el duelo de los gigantes».
Los Titanes de la Sombra: El hombre de la pluma piensa primero en los titanes que se movían en la sombra del abismo. Los que en la penumbra cavilaban. Su genio es innegable. Su pluma, afilada como un estilete, es magnífica. Pero su sombra es larga, demasiado larga:
Unamuno se debate en su agonía eterna. Se duele. Protesta. Aquel «que inventen ellos» cayó sobre el progreso español como una losa de granito, frenando el impulso de la modernidad con un gesto de soberbia intelectual.
Baroja camina por las calles sucias; su mirada es ácida, descreída. No ve la luz, solo ve la miseria, la inacción, la abulia. Su España es un hospital de almas enfermas que se regodean en su propia parálisis.
Y Machado… ¡Ay, don Antonio, con su «charanga y pandereta»! grabó a fuego en la mente del mundo la imagen de una España condenada al atraso y a la envidia. La suya es una crítica que hiere, que desmoraliza, que convierte la identidad en un peso insoportable, a pesar de que lo hizo con la mejor intención, en versos sencillos, melancólicos, bellos y profundos.
Más, frente a “El mañana efímero”, hay otro Machado superior que deja de señalar culpables, el universal y esencial de los “Proverbios y cantares.” Mientras la crítica a la pandereta nos ancla, el caminante que hace camino nos libera: nos dice que el futuro es un rastro que dejar. Es la transición del resentimiento a la acción creadora.
Finalmente, Cernuda. El exiliado del alma. Su desprecio por la «realidad» frente a su «deseo» creó una imagen de patria invivible, de tierra baldía que solo merece el desdén del poeta.
Son los profetas del «no». Son los que, amando a España, la amaron con un amor tan amargo que terminaron por envenenar su confianza.
Los Titanes de la Luz: Más, miremos ahora al otro lado del abismo. Hablemos de los que trajeron el alba:
Lorca es la luna sobre el olivar; es el ritmo que no cesa, el duende que levanta a un pueblo desde sus raíces de cristal. Su figura no resta, suma.
Juan Ramón Jiménez se encierra en su torre de plata, sí, pero lo hace para destilar la belleza pura, para elevar el idioma a una altura universal que el mundo entero admira. Es el prestigio de la inteligencia y el Premio Nobel que escribió el libro más hermoso del mundo sobre un animal, “Platero y yo.”
Alberti es el mar, el azul infinito de una España que se abre al horizonte, que no se queda mirando sus propias cicatrices.
Junto a ellos, Aleixandre, otro Premio Nobel. Vedlo en su jardín de Velintonia. Sus manos son nudos de fraternidad. No busca el error del prójimo; busca la unidad del cosmos. Aleixandre es el maestro que, en el silencio de la posguerra, mantuvo encendida la lámpara del espíritu.
Y Miguel Hernández, ¡ah, Miguel! Él es la fuerza de la tierra, el rayo que no cesa. Su poesía es un himno vital, un compromiso de sangre y esperanza que empuja al país hacia adelante, con los pies en el barro, pero los ojos en las estrellas.
Ellos son el «sí». Son la construcción. Son la España que respira y late.
DIÁLOGO DE SOMBRAS Y FUEGOS. El café está en penumbra. Las tazas de porcelana brillan bajo la luz mortecina. El humo de un cigarro dibuja espirales en el aire estancado. De pronto, la paz se quiebra:
–Unamuno, golpeando la mesa con un puño seco: «¡España es un dolor! ¡Me duele España en el costado! Que inventen otros su luz eléctrica; nosotros tenemos la mística y tenemos la muerte. Lo demás es vanidad.»
–Lorca, levantándose con un brillo de plata en los ojos: «¡No, Don Miguel! España es un chorro de sangre que busca la salida. Es música, es flamenca, es un caballo que corre hacia el horizonte. ¡No nos encierre usted en su sacristía de dudas y agonías!»
–Baroja, desde el rincón más oscuro, con voz agria: «Tonterías. Todo es abulia. España es una calle mal barrida donde los hombres se mueren de asco y de envidia. No hay nada que hacer, solo mirar cómo se pudre todo.»
–Aleixandre, poniendo una mano serena sobre el mármol: «Hay mucho que hacer, Pío. Hay que amar la luz que nos une. Somos una unidad universal. No busquen la herida abierta, busquen la sangre que circula y crea vida.»
–Machado, suspirando, con la mirada perdida en un rincón: «Es una España de charanga y pandereta, devota de Frascuelo y de María… Un país que bosteza ante el mañana.»
–Miguel Hernández, con la voz tronando como un martillo: «¡Calle, Don Antonio! Mi España no es de pandereta, es de manos que cavan, de pechos que resisten. Mi España es un rayo de sol que no se deja apagar por su pesimismo de tintero.»
–Cernuda, con elegancia fría: «Yo solo deseo el olvido. Esta tierra no merece mi palabra. Es una realidad que ensucia mi deseo. Me voy a mi Sánsueña particular.»
-Alberti, exclamando con espuma de mar en la voz: «¡Pues váyase usted! Nosotros nos quedamos aquí, pintando de azul los barcos, abriendo las ventanas al siglo que viene. ¡La alegría es nuestra mayor victoria sobre su oscuridad!
El Veredicto en este Duelo de Gigantes de las Letras es que unos dieron alas al país; otros, quizás atrapados en su propio genio torturado, le pusieron plomo en los pies. El duelo continúa en cada página de nuestra literatura.
Pero hoy, entre la charanga y la luz, muchos elegimos el brillo de los que se atrevieron a decir «sí». Porque un país no se construye con quejas de café, sino con la voluntad inquebrantable de los que, como Lorca o Aleixandre, vieron en España un manantial y no un desierto.
Y en este lienzo de sombras, aparecen los pinceles: Picasso y Dalí que se alzan como faros de una España que no pide permiso para ser genial; ellos no se duelen, ellos crean mundos. Son otro contrapunto necesario a la desidia, mientras unos pintaban el futuro, otros seguían rimando la inercia.
En la pared del café, los cuadros parecen cobrar vida. Los colores vibran. Las sombras se alargan:
–Picasso, estallando con fuerza malagueña, rompiendo un lienzo en mil pedazos geométricos: «¡Basta de folclore muerto! España no es una mujer llorando en un rincón; es un toro bravo, es una explosión de color, es el cubismo que rompe el siglo. ¡Yo he sacado a España del museo y la he tirado a la calle para que el mundo se asuste de nuestra fuerza!»
-Dalí, con los bigotes apuntando al cielo y una risa histriónica: «¡Picasso tiene razón, aunque sea un comunista aburrido! España es el surrealismo puro, es el sueño, es la hormiga devorando el tiempo. ¡Somos tan geniales que el mundo se arrodilla!
Para finalizar el diálogo de las dos eras, toman la palabra los dos Premios Nobel:
Vicente Aleixandre, (Con voz telúrica, como un rumor de mar y tierra): «Os he escuchado, hombres de la pesadumbre, y siento el peso de vuestra piedra sobre el pecho de España. Pero miradnos bien: nosotros no somos vuestro luto, somos vuestro mediodía. Habéis pasado la vida diseccionando una herida; nosotros hemos preferido incendiarla con la vida.
Tomamos esa pandereta de Machado —que vosotros arrastrabais como un estigma de polvo y atraso— y la entregamos al milagro de Federico.
Él no vio en ella un juguete rancio, sino un parche de luna; la golpeó con sus dedos de duende y obró la transmutación: la pandereta dejó de sonar a plaza de pueblo para resonar en el mundo entero como un eco universal de sangre, mito y jazmín.
Federico tomó vuestro «atraso» y lo convirtió en la vanguardia más pura que el mundo ha conocido. Frente a vuestra parálisis, nosotros fuimos la invención misma. Habéis amado a España con un veneno que la detiene; nosotros la amamos con una libertad que la desborda. Bajad los ojos, porque el horizonte, por fin, ha aprendido a respirar.»
Juan Ramón Jiménez, (Con frialdad aristocrática, desde la cumbre de la Inteligencia): «Deja que respire, Vicente, pero que respire con orden. A ti, Antonio, te perdono la pandereta porque sé que tu alma buscaba lo esencial tras el ruido de la plaza; pero al resto de vosotros, realistas del espíritu, os compadezco. Habéis querido salvar la patria con hombros encorvados, sin entender que la salvación no es geografía, sino Belleza y exactitud.
Yo preparé el camino para que el grito de Federico no fuera solo un ruido popular, sino música sideral; yo le enseñé a esa pandereta la disciplina del diamante para que pudiera sonar a eternidad.
Mientras os hundíais en el lodo de vuestro «que inventen ellos», yo inventaba la luz. Vuestro 98 es el recuerdo de un entierro; mi 27 es la conciencia de una aurora. Y no discutamos más… que así es la rosa.»
José-Carlos Maldonado