Por experiencia considero que cualquier obligatoriedad es un fracaso. Es cierto que sin leyes convivir sería una locura interminable, pero antes de toda exigencia jurídica debe procurarse con empeño que la legalidad parta del sentido común y de la conveniencia colectiva. Y, además, mientras más leyes más incumplimientos. Santa Teresa de Jesús en la cláusulas de su Reforma se limitó a lo indispensable… para que sus monjas pecaran lo menos posible. No así ocurre con el judaísmo que, al tener tantas normas como granos caben en una granada, están todo el día desaforando inútilmente.
Con Franco se exigía menos. O de otra manera que parecía más blanda la imposición: apenas unos encajes en el escote de las damas, cortes y recortes en artículos contra el Régimen… y así. Ahora, sin embargo, los independentistas, para hacer deporte en Mallorca reclaman saber catalán; y los más fanáticos, cuando van al médico, son capaces de morirse con tal de no hablar de su enfermedad en castellano. Terminarán colocando radares de palabras en las calles que multen a los desobedientes.
De aquí en adelante, refería un cura con sorna, para comulgar exigirán en las iglesias un nivel del idioma