Paseos

12 de agosto de 2026
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Cuando salgo a pasear en solitario algunas tardes, no sé cómo empezar conversación con la playa de enfrente, con los naranjos vivos que esconden su risa blanca en los inviernos. O con la luz, que en Andalucía es casi siempre cegadora. Las acacias duermen. Los olmos hacen gimnasia las mañanas de frío y de todos ellos he aprendido a respetar su soledad sonora no preguntándoles nada, sólo al caudal del río, y de vez en cuando,  le solicito que me explique el cansancio musical del agua.

Las muchas veces que paseé con el padre Antonio José  por los campos de Baeza, llegué a creer con el poeta que también mi corazón iba con ellos y que los olivos eran alamares sembrados en las anchuras del alma, esperando los aguaceros de enero, como soldados impacientes.

Paseando se aprende a descifrar el bisbiseo del tiempo sobre las cosas hasta que quedan los sueños prendidos  en la rama inconcebible.

Antonio José de Torres fue mi maestro de risas y silencios. Nos gustaba asomarnos al  Guadalquivir de Baeza, recién nacido, camino de Córdoba y Sevilla con una risa loca.

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